Hacer antiestatismo es ser antipueblo

La política existe si se ocupa de los intereses colectivos y especialmente de las necesidades de los más débiles

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Javier Milei
Javier Milei

El pasado político está muerto, ni siquiera es capaz de asumir un pálido rol de oposición. El presente agoniza en su incapacidad de establecer normas que salgan de la provocación e ingresen en el espacio de la cordura. Sólo nos proponen el desquicio, el fuera de cauce, el improperio, la descalificación, la intolerancia extrema a cualquier observación que desagrade a la autoridad. A veces, ni siquiera se trata de la réplica injuriosa a una objeción. Es suficiente que la respuesta de un diputado, como Bertie Benegas Lynch, al ensalzar una ideología previa a la Ley 1420, genere una reacción adversa del arco opositor para que el Presidente la emprenda contra Romina Manguel, la periodista que formuló la pregunta, sin respetar el debido equilibrio de fuerzas. Y no se trata más que de un ejemplo. Sus ataques a la prensa parecen especialmente dirigidos a periodistas democráticos, opuestos a toda forma de autoritarismo, como es el caso de Fernández Díaz, a quien insulta reiteradamente.

Milei transita mundos desconocidos, sectas, minorías con códigos y leyes propios suscitando asombro cotidiano. Pero, en rigor, él y los suyos están motivados fundamentalmente por la codicia y su proyecto consiste en llevarnos a una economía si no de dolarización -ese es el verdadero deseo, que no tengamos ni moneda- de semi convertibilidad. Y de pingües ganancias para la patria financiera, que pasa un momento de esplendor nuevamente, como cada vez que gobierna cualquier forma de liberalismo. El tema central es que la muerte de la política no puede ser definitiva ni suplantada por esta deformación del economicismo.

Mi generación encontró en lo social una razón para vivir. La violencia dañó sus sueños de reflexión, de trascendencia, pero era el desafío de la generosidad, del humanismo, con la conciencia del valor del otro. La política terminó usurpando al Estado y lo convirtió en un enorme refugio donde se justificaba la falta de responsabilidad productiva de asumir que el esfuerzo era, es y sigue siendo la única forma del logro de una nación. Así, la viveza se impuso al talento, y la sobrevivencia terminó hiriendo al que quedaba fuera de una burocracia que se cayó encima del pequeño espacio productivo restante.

La izquierda no era auténtica, pero en su provocación engendró una derecha absolutamente genuina, una derecha que le ofreció al humilde una esperanza de rebote, parecida a esa mentira del derrame, ese espejismo semejante a un Esperando a Godot, un cruce de caminos en el que la nada era la única expectativa de los necesitados.

El sacrificio de quien considera que se debe esperar, ayudar, esforzarse carece de sentido, lo sabemos, y es dolorosa esa voluntad de confiar a toda costa. Los poderosos han sabido construir un gigantesco y ficticio aparato donde a los humildes se les parasita la esperanza.

En medio de esto, aparecen políticos de vieja estirpe que han renunciado a sus estructuras y se han pasado a la defensa de los grandes grupos concentrados. Son muchos, provienen de todos los partidos y constituyen un claro ejemplo de que el dinero, en los momentos de crisis de representatividad, está por encima de las ideas.

En esta agonía actual, del sinsentido del triunfo del egoísmo sobre la política, no llega todavía a asomar lo nuevo, a aparecer una opción esperanzadora, que no haga que el esfuerzo de los humildes sea tan sólo un gesto de inocencia. Se impone, además, como pregunta central si la democracia tiene derecho a sobrevivir más allá de la dignidad de los esforzados miembros de la sociedad. En otras palabras: ¿qué sentido tiene una democracia si los ciudadanos observan la concentración económica sin límite y la distancia social llevada al infinito, si el estado de bienestar ha desaparecido, si lo que se pretende es lisa y llanamente la disolución del Estado reduciéndolo al ejercicio de las fuerzas represivas? Porque ni hablar de salud pública, de educación, de fomento a la cultura cuando el dios Mercado impera con sus leyes nefastas generando el empobrecimiento de nuestra sociedad en todos los ámbitos.

La palabra “casta” hoy define esencialmente al sector minoritario enriquecido que dirige el rumbo del país. Nunca el poder económico había tenido tanta influencia en la estructura de la política, no hay siquiera una pulseada, una confrontación, no quedan partidos, sólo quedan “periodistas” que ejercen su rol de sostén ideológico del poder concentrado.

La política como arte, como pasión y vocación fue desapareciendo de las distintas fuerzas y coaliciones, para dejar paso a una forma de vida, de enriquecimiento económico, de ascenso en la escala social. Los partidos nacionales, el radicalismo y el peronismo, tuvieron una fractura conservadora o prebendaría, que en el caso de las fuerzas que representaban a las clases populares terminaron de la misma manera: con demasiados viejos militantes defendiendo los intereses de los grandes grupos, como ya señalamos.

Somos una sociedad que parece haber descubierto de golpe el disfrute del vencedor sobre el vencido. En todos y cada uno de los gestos del gobierno actual y sus seguidores, se advierte esa imagen cruelmente triunfalista. La centralidad de lo colectivo, del destino de la inserción de la patria en el mundo, todo eso se ha ido perdiendo detrás de los intereses particulares. La política existe si se ocupa de los intereses colectivos y especialmente, de las necesidades de los más débiles. Ese sería el rol del Estado. Hacer antiestatismo es una forma perversa de hacer antipueblo.

Los errores del Estado cometidos por diferentes gobiernos no justifican su destrucción, porque sin él y sin el rol que debe cumplir, habitamos en la ley de la selva, espacio donde el más fuerte tiene la libertad de oprimir al débil. Cuando el Ministro hace explícita la libertad de los precios pero no de los salarios está mostrando la perversión de su pensamiento. Si la ganancia es libre y la jubilación y los sueldos son limitados, nos hallamos ante un enfermo que sólo incrementa la deuda y la dependencia.

En suma, habitamos una sociedad que convive con asombro cotidiano los incalificables avances del deterioro.