Oposición no es impedimento, es proyecto

Ante el mega DNU y la Ley Ómnibus, el radicalismo y buena parte de la llamada “oposición” han tomado el peor de los caminos: no situarse ni saber qué es y qué representa

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El debate de la Ley Ómnibus en el plenario de comisiones de la Cámara de Diputados (Foto: Franco Fafasuli)
El debate de la Ley Ómnibus en el plenario de comisiones de la Cámara de Diputados (Foto: Franco Fafasuli)

Estados Unidos ha subido recientemente sus aranceles; Europa está intentando poner freno a las empresas chinas y muchos de sus Estados entran a participar accionariamente en empresas estratégicas y/o a poner dinero para producir chips y baterías en el viejo continente aunque salga más caro que traerlas de Asia; ni hablar de China con el desarrollo de una estrategia de economía mixta y particular, emparentada más que al socialismo clásico a un éxito económico inteligente –basado no solo en el sector privado, sino en una fuerte participación pública en sectores fundamentales–, como en su momento lo fueron Corea y Japón. Mientras esto está pasando, la pandemia dejó en evidencia que los Estados –lejos de las teorías que pronosticaban el fin de su centralidad frente al avance del mercado– han sido fundamentales como reguladores de la vida social y respecto de las ayudas (vg. en lo sanitario, en lo educativo, en la defensa y seguridad) brindadas a los individuos, imposibles si se hubieran dejado libradas a la “mano invisible” del mercado.

El mundo empezó a revisar lo que significa un mejor gobierno y a revalorizar al viejo esquema de lo “público”, es decir, el de todos, en un proceso de desglobalización donde el Estado, sin renunciar a una estrategia de inserción e integración internacional (que es casi ineludible), vuelve a tener un papel creciente e importante sobre la economía. Solo en la lista Global 2000 de Forbes, el número de empresas estatales de propiedad pública ha aumentado: en las 100 primeras empresas hay 30 públicas, y entre las 10 principales hay 3, observándose la paradoja de que cuanto más grande resulta la empresa, más probabilidad de que sea pública. Mientras todo esto pasa, el proyecto principal del nuevo gobierno de nuestro país –amparado por la imposición de mensajes culturales, mediáticos y políticos de justificación bastante infantil– se basa en desprenderse de todo lo público (aun lo que dé ganancia, aun lo que es indispensable para nuestro desarrollo) y rápido.

Hablamos de justificación infantil porque representa no ya un neoliberalismo tradicional donde el Estado debe retirarse pero al mismo tiempo actuar, administrar, controlar y regular el mercado, sino lo que es peor, se ampara en un analfabetismo económico y cultural que quiere volver a las formas paleolíticas de la economía antes de que existieran las sociedades y los Estados (por eso algunos autores los han llamado “paleolibertarios”), olvidándose de que el capitalismo y los mercados fueron creados por los Estados. En definitiva, ¿cómo se podría hacer capitalismo sin Estado? Sería en todo caso otra (y preocupante) cosa.

Sumado a esto, el desprestigio de la actividad política, hija de su propia inoperancia acumulada en estos años de faltas de respuestas ciudadanas en la Argentina y de un gobierno/proyecto que se fue que recuperó la amnesia de los formalismos y las reglas que incumplía, y habla de lo que hay que hacer y nunca hizo, abona lo que parece ser una renuncia a la política y a un nuevo contrato social que todos los habitantes esperamos. El dar respuestas a las (indeterminadas) peticiones de cambio depositadas en las únicas dos opciones del último noviembre, de un muy diverso tipo de complejas demandas que exceden la visión simplista oficial/opositora que se observa en el debate público, parecería ser la única tarea por hacer. Ahora bien, ¿Cuáles demandas? ¿Qué cambios? ¿Eso es lo único por hacer?

Las dos nuevas naves insignias de esta estrategia gubernamental, el DNU Nº 70/23 y la llamada Ley Ómnibus, que nada parecen hacer contra la “casta”, la lucha contra la inflación, el despilfarro o el desarrollo autónomo del país, empezaron a ser analizadas en el Parlamento argentino. Hay cientos de fundamentos de forma y de fondo para rechazar ambas normas (no voy a recordarlos aquí), incluso si aceptáramos mejorar este último proyecto de Ley con diálogos, datos, estudios, negociaciones, interpelaciones que contrapongan el fracaso del proyecto populista K y al mismo tiempo el proyecto anacrónicamente libertario de Milei que no tiene otra idea que dejar todo librado al dios mercado. De esos y otros fundamentos, el radicalismo y buena parte de la llamada “oposición” han tomado el peor de los caminos: no situarse ni saber qué es y qué representa. Qué hay detrás de ambas regulaciones. Iluminarse e iluminar el camino.

Desenredar en todo caso una madeja de ilusión de cambio y una enorme demagogia en el nuevo gobierno (otra cara de la misma moneda kirchnerista), para situarnos en un proyecto que (para mí) debe centrarse en la defensa de las clases medias y populares, que puede no tener réditos políticos hoy, sino mañana. Por supuesto que nada de esto es fácil hablando de radicalismo, aunque puede hablarse también de la actual oposición. Pero en todo caso, la duda debe primar como principio negativo, como decía Leandro Alem: si no sabemos qué hacer y lo que podríamos hacer no es bueno, no hay que hacer nada. Pero una “nada” activa, programática, de defensa, rechazo y explicación de los porqués, no una nada pasiva como esta que se observa estos días. Oposición no es impedimento, es tener posiciones para tener proyecto. Es hacer (también) una pedagogía cívica para entender que es falso que haya una contraposición Estado/Mercado (otro “todo o nada”), hay ambos y hay que ayudar al mercado a cumplir con la legitima lógica de la ganancia, pero con la necesaria y también legitima lógica del bien común.

Hace tiempo que el radicalismo y la situada por ella misma “oposición” vienen renunciando a muchas cosas. A dar su voz con claridad, saliendo de las autoimpuestas comodidades. A analizar lo que pasa en (todo) el mundo, para tener proyecto, coraje e imaginación. A entender que la alternativa primero se construye con la negación a lo que está y estaba. A la paradoja de conformarse con hacer política sin hacer política, o lo que es igual, a desistir representar intereses colectivos ciudadanos como proceso que indefectiblemente necesita explicaciones de los problemas del hoy pero que se sitúa en el rechazo a lo instantáneo, lo mágico o lo milagroso que ofrecen los demagogos. Hacer posible lo necesario, que no es simplemente hacer lo posible, sino que es tener una práctica de coherencia. El radicalismo y esa oposición deben salir de la instantaneidad del permanente hoy que vienen teniendo los últimos tiempos, y ser también guardianes del largo plazo, cuyos frutos hoy no vemos. Por eso, la tibieza no es no tomar postura, es dejar de tomar postura, lo que conduce a dejar de lado actitudes dogmáticas, del “todo o nada”, de lo irreductible de los credos, para alcanzar lo que es necesario realizar, cediendo en lo individual para ganar en lo colectivo.

Esperemos que las nuevas autoridades partidarias salgan de los silencios y tomen cartas en el asunto, para que la oposición (como dijimos) empiece a ser proyecto. Para que el entorno inmediato no nos confunda y para no tomar un Ómnibus en Ley que está llegando, pero que no sabemos a dónde va o directamente se encamina al precipicio, y esperar al que tengamos que construir. Ojala entonces que nuestro bloque y los demás bloques de Diputados/Senadores Nacionales recuerden más a Yrigoyen y Alfonsín, en aquello que no hay libertad sin igualdad, y menos a los Milei, Sturzenegger o Caputos de la vida.