La evaluación no es un a tortura medieval

Las buenas prácticas evaluativas están en estrecha relación con las buenas prácticas de enseñanza

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Evaluar es fundamental para medir el aprendizaje. Foto: Pixabay
Evaluar es fundamental para medir el aprendizaje. Foto: Pixabay

La semana pasada se dio a conocer la noticia acerca del reclamo de un grupo de estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario, quienes solicitan el derecho a suspender un examen si hay abuso de poder de los docentes o reclaman contenidos que no figuran en el programa. En ese sentido, el Consejo Directivo de la casa de estudios dio el visto bueno al proyecto “Mesas Más Justas”, iniciativa estudiantil que será puesta a prueba entre noviembre y febrero en la Facultad de Ciencias Médicas.

Nadie podría poner en dudas que, en algunas Facultades, se naturaliza el maltrato y el abuso en los exámenes. Materias “filtro” que -a veces- ni siquiera son troncales, pero, dirigidas por ciertos docentes, hacen que lo sean. Decenas de anécdotas al respecto cuentan los estudiantes una vez pasado el “mal trago”: un profesor quien, desde un lugar asimétrico y unilateral, decide quien aprueba y quién no, según su parecer.

La evaluación no es una tortura medieval sentencia Perrenoud, un especialista en el tema. Creo no exagerar al creer que muchos de los lectores (y yo también) hemos estado en escenarios educativos autoritarios donde, en instancias de evaluación, preferíamos morir antes de padecerlas.

Entonces, ante la noticia periodística señalada anteriormente, es necesario volver a preguntarnos, una vez más: qué es evaluar, para qué y cómo evaluamos en las aulas.

Las buenas prácticas evaluativas están en estrecha relación con las buenas prácticas de enseñanza; esto quiere decir que, para evaluar bien, primero hay que enseñar bien; en otros términos, tener variadas y muy buenas estrategias metodológicas - explicaciones, buenas preguntas, ejemplificaciones, clases invertidas, entre otras tantas- para promover la evaluación como aprendizaje. Con esto me refiero a que el estudiante pueda ir tomando conciencia qué y cómo aprendió, identificando las debilidades y las fortalezas de su recorrido académico.

Es necesario promover la autonomía para que el estudiante siga aprendiendo, para que pueda integrar conceptos y aplicarlos ágilmente en otras situaciones, que jerarquice lo que sabe y que pueda actuar con creatividad en otras circunstancias; fomentar el pensamiento crítico, es decir, que pueda reflexionar sobre los propios pensamientos y sus procesos de aprendizaje, pero para lograrlo se requiere de un docente que promueva la comprensión en sus clases, que propicie espacios de participación activa y que entienda a la evaluación como un proceso complejo y permanente -sin interrupciones- donde hay constantes esfuerzos de aprendizaje y donde cada alumno identifique sus dificultades.

La existencia de prácticas evaluativas muy arraigadas merece ser revisadas porque, en definitiva, evaluar no es vigilar ni castigar, es identificar qué itinerarios hizo cada estudiante a lo largo de un tiempo determinado. Para ello, es también necesario reconocer cómo se enseñó, qué estrategias se usaron y si fueron útiles o si hay revisar la enseñanza a futuro. Evaluar para que el alumno aprenda y para que el docente monitoree su enseñanza.

Si queremos formar profesionales competentes para los tiempos que corren, es fundamental discutir posturas y enfoques evaluativos para lograr una evaluación genuina, auténtica y legítima y el respeto para con el estudiante.