Después de la última guerra, la eterna Europa entendió que solo había un camino y era la unidad del mercado común. Ese camino les permitió una recuperación admirable, ese acuerdo termina con la frivolidad de Inglaterra, quien pasa de ser el sabio para ocupar el lugar del extraviado.
La cercanía de Donald Trump con la demencia desnuda la debilidad del rumbo que lastima a occidente. Angela Merkel fue el último ejemplo de un líder con dimensión universal. Brasil, por suerte y por poco, superó la demencia de Jair Bolsonaro, y solo resta Israel, con un personaje menor que complica la vida de un pueblo al que le sobra historia para ser sabio, pero no todos asumen con responsabilidad esa herencia.
Entre nosotros los intereses privados han destruido las necesidades colectivas, imitadores de políticos, empresarios disfrazados de sindicalistas y asociación de importadores y coimeros, todos juntos, se llevan más de lo que la misma sociedad genera. Augusto Pinochet no vendió el cobre, ni la dictadura de Brasil a Petrobras, aquí se robaron todo, los militares asesinando y los democráticos denunciando a los represores. A veces tengo ganas de gritarle a este gobierno de pensamiento limitado que la integración de verdad es la social y si les sobra tiempo sigan con las otras sutilezas.
Que dejen vivir la memoria del peronismo con el cual no tienen ni el más remoto parentesco, la distancia entre un movimiento de obreros industriales y una competencia de empleados públicos es infinita. Que paren con la muletilla de “la maldita derecha” dado que en ese nivel de franqueza ellos sólo serían “oportunistas de dudosa moral disfrazados de izquierda”.
Lo cierto es que no existe el patriotismo ni su consecuente voluntad de trascender. Las denuncias abundan en ambos bandos, la complicidad es la esencia que impone la voluntad colonial sobre la patriótica. Se disuelve la idea del gobierno culpable y surge la verdad, el modelo financiero instalado por la dictadura y continuado con las privatizaciones, es inviable. Los fracasos se suceden, con inútiles como los actuales o mediocres voluntariosos como los anteriores. Lo que se llevan las empresas privatizadas, léase usurpadas o regaladas o robadas, esas no invirtieron un peso y se llevan fortunas. Se llevan más de lo que nuestra generosa geografía nos regala, ahora vienen por el litio y el gas, ¿dejarán algo para la patria o lo imaginan todo para ellos? El cuento de que deberían hacer duras reformas es grotesco, el Estado fue deformado para que ingresen los supuestos izquierdistas del kirchnerismo, lo privado fue endeudado para poder huir con las ganancias mal habidas de los anteriores, de los humildes y el destino común, de eso hasta ahora hablan todos y no se ocupa nadie. Es perverso haber convertido la política en el lugar donde personajes sin moral prometen ayuda a los oprimidos para poder ingresar ellos al paraíso de los opresores. Hay un grado de concentración de la riqueza y extensión de la pobreza donde la democracia se convierte en un lugar sin sentido ni razón de ser, estamos a punto de transitarlo.
Las privatizaciones fueron el eje de la corrupción dirigencial, compartida por políticos, empresarios y sindicalistas. Privatizar empresas que dan pérdida implica negociar un retorno sobre el subsidio otorgado. Se subsidia hasta quienes pueden pagar, una manera de sostener la dimensión del retorno y las ganancias. En manos del Estado, eran propiedad de todos y podían existir funcionarios corruptos o decentes. Privatizadas, sólo generan ganancias y cambian de mano, no todas, según el gobierno de turno. Privatizar las que dan ganancia, el juego es uno de los principales ejemplos, asegura una participación privada compartida con el poder de turno que nunca se altera. Un capitalismo improductivo que habla y promete inversiones cuando se dedica a la fuga de capitales. Los bancos no dan crédito, asociados al gobierno de turno juegan con las tasas y reparten ganancias y se hacen cargo de deudas inexistentes. Se comercia con lo de todos al servicio de los vivos, hoy propietarios de partidos y medios de comunicación.
El cuento de “la grieta” sostiene la complicidad entre ambos supuestos contrincantes. Cinco décadas en caída libre, desde la última dictadura, quienes estaban en aptitud de convertirse en dirigentes políticos decidieron utilizar su talento y su pertenencia partidaria para asumirse como operadores de negocios y terminar siendo dueños de un poder oscuro, casi ninguno de ellos podría explicar el origen de sus fortunas. Los vivos enriquecidos no son ni sirven para dirigencia política. La codicia personal no puede ni debe ocupar el espacio del proyecto común que nos permite ser nación. Y esto no es para docentes de moralinas sino para que un poder político nos devuelva el destino extraviado. El futuro de unos pocos enriquecidos no se arregla con una nueva moneda ajena, exige un talento y una coherencia propia. El pragmatismo imperante no es una ideología, es tan solo la justificación del delito. Intentan construir una filosofía del egoísmo, les molesta toda dignidad y coherencia, la espiritualidad de los dignos se ha convertido en su principal enemigo. Destruyeron a las fuerzas armadas en nombre de los derechos humanos, a las empresas productivas en nombre de la asociación de importadores, a los ferrocarriles en nombre de las coimas de autopistas, y ahora proponen destruir la moneda en nombre de facilitar la fuga de capitales robados. Guardan en sus cuentas bancarias los dineros que ganaron en esta tierra y esconden en cuentas anónimas en países distantes. Utilizan a sus pueblos para saquearlos y juntar riquezas que les permitan aparentar talento empresario en países donde no hubieran llegado ni a custodios de sus honrados ciudadanos. Los bancos son las catedrales de los ricos, los economistas de turno sus pastores, la sociedad se va tornando en sus esclavos.
Hace cincuenta años no había ni subsidiados, ni deuda externa ni caídos en las calles. Han empobrecido casi a la mitad de la población, ellos son los nuevos ricos que engendraron a esa masa de pobres a la que todavía les parece que no terminaron de “ajustar”. Un sindicalismo empresarial propone candidatos tan pragmáticos como ineficientes. Hoy la política, toda ella, está al servicio de los nuevos ricos cuya codicia no tiene límites. Queda el patriotismo y la dignidad para imponerle un límite a la corrupción de los codiciosos. Ya es tiempo de intentarlo.
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