
La economía premoderna estaba imbricada con valores. Como destacan Karl Polanyi y Conrad Arensberg (“Les Systemes Economiques”, Larousse Université, París, 1975, pág. 105) para Aristóteles la noción de economía es más rica y profunda cuando se la considera como la disciplina que estudia la satisfacción de las necesidades vinculadas con los recursos materiales, tanto de las familias, como de las comunidades (hoy diríamos su carácter “social”) y la polis (de allí su relación con la ciudadanía y la política).
Esto se presenta en un contexto de “buena voluntad” (philia) que se expresa en un comportamiento de “reciprocidad” (antipeponthos) como una disposición para asumir las cargas que tiene un rol y para un compartir mutuo. Todo lo que es necesario a la continuidad y al mantenimiento de la comunidad, incluida su autosuficiencia (autarkeia) es “natural” e intrínsecamente justo.
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El filósofo también distingue la crematística vinculada al “arte de aprovisionarse” -en la negociación que se da en el intercambio-, del “arte de ganar dinero” derivada del afán de lucro (para más detalles véase también el texto de Horacio Fazio, «Economía, Ética y Ambiente (en un mundo finito)», Ed. Eudeba, Buenos Aires, 2012). Esta última versión de la crematística (y no la noción de economía en el sentido aristotélico) sería la predominante en el mercantilismo y en el capitalismo.
En la modernidad predominará el enfoque de “ciencia”, donde lo que se considera objetivo no es compatible con su relación a incorporar valores en su análisis. Ello estará presente desde 1768 en un escrito del fisiócrata Pierre Samuel du Pont de Nemours, pero es recién a partir de Adam Smith (1776), donde la teoría económica finalmente cobra una entidad e independencia que la enmarca como una disciplina aparte.
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Con su obra sobre la Investigación acerca de la naturaleza y causa de la Riqueza las Naciones, y la repercusión que esta generó, es que la economía deja de ser un apéndice de la filosofía y el derecho natural para emerger como una ciencia teórica expuesta sistemática y coherentemente. Más adelante muchos otros autores (como el caso de Alfred Marshall) buscarán de reforzar esta caracterización de “científica”.
Posteriormente, las denominadas economía normativa, economía del comportamiento y el institucionalismo, entre los principales, harán aportes donde los valores se reintroducen en las perspectivas analíticas.
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En realidad, para el enfoque clásico la economía sólo se podía dar con eficiencia en un contexto institucional preciso constituido por mercados competitivos en los que se encuentran productores y consumidores movidos por su solo interés personal. Para ello la sociedad, a través del accionar del Estado, debe garantizar el accionar competitivo del mercado, incorporándose posteriormente la necesaria cooperación, desarrollo sustentable y equidad, potenciando virtuosamente -y no dañando- el accionar privado.
Relación con el debate económico y político argentino
Dirigentes de la oposición han instalado la postura de que si no hay coincidencia de valores no es posible un acuerdo con sectores del oficialismo y de otras fuerzas políticas. Ahora bien, ¿de qué valores se habla?
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Un sector de la oposición dirá que no hay posibilidad de acuerdo con el enfoque duro del kirchnerismo en cuanto al valor de la institucionalidad republicana basada en la división y respeto de los tres poderes del Estado, ni en lo que ellos consideran la concepción populista, patrimonialista y prebendaria del estado que los lleva a la corrupción. En eso no hay posibilidad alguna de diálogo ni establecer acuerdos de ningún tipo.
En una visión más extrema de liberalismo antisistema, algunos dirán que con “la casta” (donde se incorpora a amplios sectores de la dirigencia política) es imposible.
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Otros sectores de la oposición expresarán su confianza de que con “el valor del orden macroeconómico” (incluida la no existencia del déficit fiscal), hay posibilidad de coincidencias con sectores del oficialismo, del peronismo, así como con el liberalismo antisistema. El problema entonces no es la no coincidencia con este valor, sino es en “el cómo” y en “qué plazos”.
Las razones por las cuales el gobierno no lo efectivice con la simultaneidad y la secuencia profesional requerida, sería que no quieren hacer un ajuste “a la Shimon Peres” por distintos motivos, desde los ideológicos del sector más duro del Frente de Todos, pasando por una recesión inicial resultante hasta para no agravar el desempeño electoral de esta fuerza política. Ello implica que, en la práctica, no se logre alcanzar el valor proclamado del orden macroeconómico.
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Si lo anterior fuera cierto, tal vez el debate público debería focalizarse en esto último y en las consecuencias que tiene su no abordaje o implementación. En este caso algunas preguntas que se podrían realizar son las siguientes: ¿Es progresista seguir conviviendo con una inflación del orden del cien por ciento anual? ¿No agrava la pobreza y la desigualdad? ¿No genera una alta imprevisibilidad para encarar una agenda de desarrollo que conllevan inversiones de mediano y largo plazo?
Sería muy fructífero que, desde la ciudadanía y sus múltiples expresiones, se impulsara a la dirigencia política a que se concentrara sobre estas cuestiones, y no en un debate abstracto más general sobre valores. Ello sería -eventualmente- un aporte a ir cerrando una de las grietas que tanto daño nos hace.
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