
Buscar consensos no equivale a ser gradualista y el oponerse a la grieta no es contrario a promover reformas profundas. De hecho, oponerse a la grieta es la forma más efectiva de llevarlas adelante. Ser un “halcón” no implica ser más reformista que una “paloma”, porque estas categorías se refieren más a la forma de llevar adelante las reformas que al contenido de las mismas.
¿Cuál es el riesgo de imponer reformas (de ser un halcón)? Pensemos en Brasil. Ni bien asumió, Bolsonaro incorporó dos cambios en su gestión: la reforma laboral y la mayor independencia del Banco Central. Sin embargo, a pocos días de haber asumido, Lula intenta abolirlas y aunque es probable que no lo pueda hacer porque no tiene los números en el congreso, el sólo hecho de que el presidente ataque las reformas genera un nivel de incertidumbre económica brutal. Más aún, cabe aclarar que hoy no tenga los números suficientes no significa que no los tenga mañana. El no consensuar algunos lineamientos comunes sobre el país que queremos ser, nos arroja a un estado de alta volatilidad e incertidumbre. Las reformas durarán lo que dure la capacidad para imponerlas. Y en una democracia, modelo que supone alternancia, eso es problemático.
La decisión de imponer reformas puede estar fundada en distintos motivos. Desde la percepción de ser los únicos poseedores de una determinada verdad social, de ser “la solución”, lo que supone una mirada maniquea de la realidad, a la intención de huir de un dialogismo inefectivo que congele toda posibilidad de cambio y que se pierda en el barro de una negociación quid pro quo que desnaturalice toda reforma. Los motivos, si bien comprensibles, no alcanzan a justificar la intención de imponerle un modelo de país a los demás.
Esta forma de resolver es inefectiva, y he aquí su mayor problema, ya que la política, entre muchas cosas, tiene que ser pragmática, necesitamos reformas que se mantengan en el tiempo. Argentina no puede seguir oscilando entre los extremos de un péndulo que impide el desarrollo y generando cambios en las reglas de juego cada 4 u 8 años.
Indudablemente, dada la envergadura de la crisis, el próximo gobierno no tendrá mucho tiempo para hacer reformas de emergencia. ¿Cuándo piensan discutirlas? ¿Una vez que hayan asumido? El momento de debatir es ahora. La fragilidad de la macroeconomía llevará a un desgaste muy rápido de cualquier gestión. Si las reformas se llevan adelante sin apoyo, en el hipotético caso de que puedan llevarse adelante, no serán sustentables en el tiempo. La única manera de garantizar la continuidad de las políticas es consensuar acuerdos y hay que hacerlo ahora. Sin embargo, todas las fuerzas políticas, guiadas por la dinámica electoral, buscan diferenciarse y atacar al resto. Estamos mal y vamos peor.
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