
“La verdadera historia de los 70 es la historia de todas sus víctimas”. Con esta frase, termina mi libro Masacre en el comedor, que, según se dice, ha permitido la reapertura de una causa judicial que debería haber investigado hace mucho tiempo ya el atentado más sangriento de los 70, protagonizado por Montoneros.
Escribí este libro no para que tuviera consecuencias judiciales sino para que se conociera la verdad sobre la bomba vietnamita que el 2 de julio de 1976 explotó en el comedor policial, mató a veintitrés personas e hirió a otras ciento diez.
Una verdad que había sido ocultada por la dictadura militar, por los sucesivos gobiernos democráticos, por la Justicia y por el periodismo.
Una verdad que había invisibilizado a las víctimas y a sus parientes, amigos y camaradas.
Resuenan en mis oídos en este momento las palabras de Liliana Tejedo, hija de una de las víctimas, quien era la primera vez que hablaba de cómo murió su mamá con una persona que no era de su círculo íntimo, acostumbrada como estaba a llorar en silencio un episodio atroz.
También las palabras de Gloria Paulik y Alejandra Cepeda.
El primer objetivo de un periodista es la verdad, la verdad como meta sabiendo que será muy difícil obtener un conocimiento pleno a ella, pero haciendo un esfuerzo honesto, sin partidismos, sin prejuicios, para acercarse lo que más pueda.

Este ha sido mi objetivo en todos mis libros, desde Operación Traviata hasta el último.
Sin embargo, me siento satisfecho por esta decisión de la Justicia, que tiene otros métodos y otros recursos —mucho más efectivos si los usa bien— para completar esa verdad a la que me he acercado.
Sin pretender igualarlos, pienso que, como otros protagonistas de los 70, Mario Firmenich, Roberto Perdía y Horacio Verbitsky, entre otros, no pueden morirse sin contarnos todo lo que hicieron y todo lo que saben, al menos sobre este atentado.
La bomba que el agente de policía José María Salgado dejó en el comedor siete minutos antes de que explotara es un hecho terrorista. No es que Montoneros quería matar específicamente a los parientes de Cepeda, Paulik y Tejedo. No, usó sus muertes para enviar varios mensajes: a la dictadura, a la policía, a la sociedad. Y eso lo convierte en un acto terrorista.
Se trata de un fallo que favorece a las víctimas; ya era hora de dejar de pensar solo en si los victimarios pertenecían a tal o cuál bando.
Me alegro por esas víctimas y las honro. “¡Justicia, Justicia, perseguirás!”, así nos grita nuestra esencia humana desde el principio de los tiempos.
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