La guerra contra la inflación y los verdaderos especuladores

Lo único en común que los anuncios tienen con la guerra es la cantidad de humo desparramada

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El presidente, Alberto Fernández (EFE/ Alberto Valdes/Archivo)
El presidente, Alberto Fernández (EFE/ Alberto Valdes/Archivo)

El martes 15 de marzo, el presidente Alberto Fernández, que asumió el gobierno hace más de 830 días, anunció que a fin de la semana comenzaría una “guerra contra la inflación”.

Los dichos del Presidente casi se superpusieron con la divulgación, por parte del Imec, de los datos de la inflación de febrero. Los precios en el segundo mes del año subieron 4,7% (74,5% anualizado) y el conjunto de alimentos y bebidas trepó 7,5% (138,2% si se anualiza dicha cifra).

Tres días después llegó el esperado anuncio. En un mensaje grabado, y casi como si fuera una cadena nacional, Fernández explicó de qué se trataría la llamada guerra.

La evolución de IPC
La evolución de IPC

A continuación, analizaremos algo del discurso en detalle, pero en resumen podemos decir que presenciamos un enorme desperdicio, no solo de tiempo, sino de la propia imagen presidencial. Ni los propios deben haber entendido cuál era la estrategia.

Primero reconozcamos lo bueno. El Presidente afirmó que el acuerdo con el FMI, que le exige al gobierno cumplir con la reducción del déficit, de la emisión monetaria y subir la tasa de interés, “nos permite comenzar a ordenar las variables macroeconómicas centrales en la lucha contra la inflación”. Es bueno que lo admita, la inflación es un fenómeno monetario con origen fiscal. Punto.

Otro punto cierto de los dichos de Fernández es que el contexto global, si bien no explica los desaforados niveles de inflación de Argentina, contribuye a dificultar su reducción. El 7,5% de alimentos tiene que ver con factores internos, pero está, también afectado por un boom de commodities, impulsado por la inflación global y la invasión rusa a Ucrania.

Es bueno que el Presidente lo admita, la inflación es un fenómeno monetario con origen fiscal. Punto

Ahora el mismo presidente que sostiene que algunos precios suben por la guerra, luego no duda en atacar a “especuladores y codiciosos”. ¿Pero cómo es la cosa? ¿Es culpa de la guerra o es culpa de los avivados? Si los comerciantes pueden hacer lo que quieren con los precios: ¿por qué esperaron a la guerra para subir el trigo? La teoría tiene pies de barro.

Por otro lado, el mismo presidente que sostiene que se han visto fracasar numerosos “paquetes, planes, grandes anuncios” y que “llevamos diez años consecutivos con una inflación de dos dígitos” luego anuncia su medida más original contra este problema: un fideicomiso del trigo. Es decir, un fondo de dinero que se destinará a comprar trigo a precios de mercado y venderlo a precios rebajados.

No sé si se logra dimensionar el poco sentido que tiene la medida: la inflación, un fenómeno macroeconómico que lleva -en palabras del presidente- 10 años en Argentina, se va a combatir vendiendo trigo (un producto de la economía) a precios de remate con cargo a pérdidas del erario público.

Si los comerciantes pueden hacer lo que quieren con los precios: ¿por qué esperaron a la guerra para subir el trigo

De acuerdo con la economista Milagros Gismondi, como el trigo “pesa 13% en el precio del pan, la suba del 40% en el trigo implicaría +5% en el pan”, y como “los panificados pesan 4% en el IPC, toda la movida “ahorra” 0,2% de inflación”.

¿Por qué el presidente desperdició minutos de su tiempo y del de sus oyentes a anunciar una medida que -al margen de su eficacia o no- podría haber sido anunciada por un funcionario de tercera línea? Políticamente no se entiende. Económicamente, tampoco.

Es que no se trata de tener trigo más barato, sino de que el país por primera vez en décadas tenga un horizonte de menor inflación.

Por si esto fuera poco, si la medida no llegara a funcionar, el presidente instruyó a sus “ministros y ministras” para que apliquen “todas las herramientas del estado para fijar” precios. Amenazó incluso con aplicar la “ley de abastecimiento si es necesario”.

El ministro de Economía, Martín Guzmán (REUTERS/Agustin Marcarian)
El ministro de Economía, Martín Guzmán (REUTERS/Agustin Marcarian)

Nótese el contrasentido, si a los precios abaratados ordenados por decreto presidencial le siguiera un faltante de productos, entonces la ley de abastecimiento (que viene fracasando desde 1974, cuando fue sancionada), procurará aumentar las cantidades producidas.

Ahora bien, si fuese tan fácil: ¿por qué el Gobierno no decreta que sea todo gratis, con controles que lleven los precios a cero, y luego con la ley de abastecimiento impone que todas las cantidades sean infinitas? Jauja es posible, solo si hay voluntad política y nos “sentamos en una mesa”.

Para concluir, el presidente sostiene que “nuestra batalla hoy es contra los especuladores. Contra los codiciosos”. Ahora bien, dado que especular puede aplicarse a cualquier acción humana que busque un beneficio, tendríamos que nuevamente coincidir con el mandatario. La diferencia, no obstante, es que quienes han especulado de forma más marcada han sido los políticos argentinos, desde Kirchner hasta Fernández, ya que llevaron el gasto público del 20% del PBI al 40%, sin aumentar igualmente la presión tributaria.

¿Por qué el Gobierno no decreta que sea todo gratis, con controles que lleven los precios a cero, y luego con la ley de abastecimiento impone que todas las cantidades sean infinitas?

Esta acción fue pura especulación y codicia política, porque lo que se busca es comprar votos y redistribuir el ingreso de forma de permanecer en el poder. El problema es que ese gasto deficitario fue financiado cada vez en mayor medida por la emisión monetaria del Banco Central.

La inflación, entonces, sí es culpa de los especuladores y codiciosos. Pero los políticos peronistas deberían estar primeros en dicha lista. Aumentaron el gasto y el déficit, después la emisión monetaria, y destruyeron la moneda “en desmedro de la sociedad argentina.”

La declaración de “guerra contra la inflación” del viernes tomó 1.948 palabras. Palabras que podrían haber sido directamente ahorradas. Parafraseando el dicho popular, “a veces es mejor callar y parecer desinformado, que hablar y confirmarlo.”

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