La historia recuerda, enseña y demuestra que cuando las sociedades en su conducta son decadentes, tanto en lo intelectual como en su comportamiento, inexorablemente conducen a sus naciones al colapso económico, social y el más disolvente e irreparable en el tiempo por sus consecuencias el deterioro de la educación de su juventud. Pues bien, la Argentina está en este punto de inflexión, ahora potenciado y acelerado por la pandemia en el que se bifurcan los caminos a recorrer.
Hoy estamos en la disyuntiva en que debemos resolver que camino tomamos, los mismos son contrapuestos: uno es continuar por el mismo que hace décadas transitamos, el otro el del conocimiento, la inteligencia, la integración y la universalidad de propósitos, objetivos y conductas.
¿Quiénes nos advierten de esta realidad? Algunos jóvenes libres de espíritu y pensamiento con actitudes positivas, de diferentes lugares y orígenes, a quienes los iguala un común denominador: su hastío por las viejas prácticas, discursos y procederes de una dirigencia obsoleta y corrupta.
Son estos jóvenes adelantados, desestructurados en su manera de pensar y actuar con una actitud concordante con el mundo desarrollado y que viene, optimistas e integracionistas, que comprenden y se adaptan al aluvión de cambios que la inteligencia y la tecnología hoy dominan e imponen la conducta de los hombres en este comienzo del siglo XXI.
Acordemos que debemos desechar a muchos dirigentes jóvenes que son obsoletos en sus ideas y proceder y que todavía pretenden continuar por caminos vetustos y fracasados. Las enseñanzas que nos dan los muchos años vividos debe imponernos renunciar al pasado sin olvidarlo, porque olvidar sería renunciar a la experiencia, pongamos la vista y nuestro apoyo en esta nueva generación, ellos son el futuro que nosotros deseamos y no supimos lograr.
No quiero caer en las individualizaciones para no motivar discrepancias que a nada nos conducirían o resultar injustos por omisión, pero está claro que en los últimos tiempos han aparecido jóvenes científicos, investigadores y emprendedores que han pasado a integrar el selecto grupo de “unicornios” que se han nutrido de la educación en el país y perfeccionado en el resto del mundo, y que por tanto, en diferentes actividades y profesiones, son representativos que merecen todo el reconocimiento para que continúen y perseveren por este virtuoso camino y resulten ejemplos a seguir.
Ellos a no dudar son los ejemplos que nuestra juventud debe conocer, tener como ejemplos y tratar de imitar ya que son la bisagra que modificarán y cambiarán el rumbo y destino futuro de la Argentina.
Ahora bien ¿Cuál es la conducta que debemos asumir y efectivizar para que este rumboso derrotero que llevamos pueda transformarse en virtuoso? Es aquí donde debemos acudir nuevamente a la historia desde donde Domingo Faustino Sarmiento fijó de manera indeleble el camino a seguir “La Educación” algo que hace años venimos desatendiendo y politizando y que desde comienzos de la pandemia se la ignoró y abandonó y cuyas consecuencias pesarán honrosamente sobre el futuro de nuestros niños y jóvenes y en toda la sociedad en su conjunto, por ello debemos declarar la emergencia nacional de la educación, desechar a políticos y sindicalistas que solo trajeron caos y destrucción y con los profesionales de la educación y los Colegios de Graduados, encarar un plan integral de modernización y reconstrucción de todo el sistema educativo argentino, tomando como ejemplos a los varios países más exitosos en la educación del mundo como lo son Finlandia, Canadá, Corea del Sur, Japón y Estonia.
Podríamos sintetizar la situación que atravesamos y dónde está su solución, solo bastan las palabras del Gran Sarmiento: “Hombre, pueblo, Nación, Estado, todo: todo está en los humildes bancos de la escuela”.
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