Sísifo era argentino: el castigo de no poder pensar la agenda del futuro del país

El futuro está a la vuelta de la esquina y depende de nosotros, de nuestra dirigencia, estar preparados para prosperar y crear un país mejor para todos. ¿La grieta? Es una ficción que inhibe que podamos mirar hacia adelante

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El presidente Alberto Fernández, lee su discurso en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, en 1 de marzo pasado (Natacha Pisarenko/Pool via REUTERS)
El presidente Alberto Fernández, lee su discurso en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, en 1 de marzo pasado (Natacha Pisarenko/Pool via REUTERS)

Algo habremos hecho los argentinos para merecer nuestro presente. Como enseña el mito de Sísifo, repetir siempre la misma historia es una forma de castigo. Parece que, a nivel social, nos tocó la misma condena: volver a vivir exactamente las mismas cosas, una y otra vez… El discurso de inauguración de las sesiones legislativas del presidente Alberto Fernández nos anticipó un nuevo ciclo de repetición histórica. Una pena.

Estamos atascados. Quizás por eso tengamos un PBI per cápita muy cercano al de mediados de los 70, hace ya 50 años. Nuestro “día de la marmota” es más desesperante porque no aprendemos y, mientras los demás avanzan, nosotros estamos atrapados en el pasado. Y no avanzar es retroceder: ¡en estos 50 años la pobreza pasó alrededor del 6% a más del 44% actual!

Mientras la agenda del mundo pasa por otro lado, en el país hay revivals de discusiones que empezaron y terminaron hace cuatro, cinco o seis décadas. Y por mirar para atrás, no tenemos la mirada puesta en el mundo ni en el futuro. Sin entender el contexto no podemos elaborar un plan estratégico de desarrollo. Usamos la grieta para evadir la tarea de pensar el futuro del país. El mundo cambia muy rápido y acá no acusamos recibo de nada.

Estamos atascados. Quizás por eso tengamos un PBI per cápita muy cercano al de mediados de los 70, hace ya 50 años

¿Qué es mirar al pasado? Discutir soluciones viejas para problemas viejos. Un ejemplo: el país vuelve a apostar por el control de precios para controlar la inflación. Una solución paleolítica para un problema paleolítico. El problema no es sólo la solución, que demostró ser inefectiva cientos de veces, sino seguir teniendo este problema. En Latinoamérica, la inflación sólo es un tema relevante para Venezuela y para Argentina. El resto de los países del continente no se preocupan seriamente del asunto hace casi dos décadas. Salvo a un puñado de países pobres ubicados mayoritariamente en África, la inflación no le interesa a nadie. Es un problema del mundo de hace 20 o 30 años. Para nosotros, en cambio, es el drama de cada día. Y mientras seguimos perdiendo tiempo y energía en este tema, el mundo va por otro lado, adelantándose a los problemas del futuro, que nosotros ni siquiera imaginamos. Como consecuencia, las empresas no invierten y estamos en mínimos históricos de creación de capital sobre el PBI.

¿Qué es mirar al futuro? Es entender el mundo que se viene. La industria cárnica del país, por ejemplo, emplea a más de 70.000 personas y fue un importante y creciente sector generador de divisas en los últimos años. ¿Quién podría dudar de su potencia? Sin embargo, de menos a más, la carne sintética va logrando posicionarse en nichos de mercado de jóvenes preocupados por el trato animal y por el medioambiente. Hasta hoy son segmentos marginales… sin embargo, los innovadores que dirigen las compañías en esta industria prospectan que en menos de cinco años van a producir carne de laboratorio con el mismo sabor que la de vaca (ya lo hacen), más saludable y, lo más preocupante, más barata. ¿Cómo va a afectar esto a nuestra industria? Estas hamburguesas de carne sintética (100% vegetales) ya se encuentran en muchísimas dietéticas de la Ciudad de Buenos Aires. ¿Qué va a pasar cuando bajen los precios?

Usamos la grieta para evadir la tarea de pensar el futuro del país. El mundo cambia muy rápido y acá no acusamos recibo de nada

La carne sintética es un avance tecnológico más entre una miríada de innovaciones que se vienen: Internet de las cosas; inteligencia artificial; realidad virtual y aumentada; vehículos autónomos; robótica (incluyendo drones); computación cuántica, blockchain, impresión 3D (de ropa, comida, casas y hasta de órganos humanos); big data; edición genética (CRISPR); etc. Cada una de estas palabras representa enormes oportunidades de desarrollo para el país, a la vez que amenaza el statu quo de sectores concentrados y poderosos. La tecnología es un medio, ni bueno ni malo, que depende del uso que le demos. Lo que es innegable es que va a llegar. El crecimiento del comercio mundial de servicios tecnológicos ha duplicado al de bienes en la década pre-pandemia, con los países emergentes de Asia llevándose mucho de ese crecimiento. ¿Estamos preparados para abordar los cambios que supone el uso de cada una de estas cosas? Las implicancias de estas tecnologías –y de sus combinaciones– van a subvertir principios que considerábamos obvios. ¿Quién está debatiendo sobre esto en Argentina?

El futuro del trabajo no es el desempleo, sino la pauperización del empleo. Eso equivale a más desigualdad, en un contexto global donde la inequidad es un problema creciente: el mundo habla de esto. Mientras tanto, el índice de Gini es cada vez peor en Argentina, al punto de igualar al chileno el año pasado. Si nos midiéramos hoy, seguramente descubriríamos que el Chile arrasado por protestas sociales es más igualitario que la Argentina populista (no es novedad que la pobreza e indigencia chilenas hace mucho tiempo que son menores que las de Argentina). ¿Cómo vamos a enfrentar este tema? ¿Cuáles son las nuevas dinámicas laborales que se ajustan a las industrias emergentes y a la volatilidad del cambio tecnológico? ¿Nuestros sindicatos están a la altura del desafío? Mientras la OIT viene abogando por el concepto de “flexiseguridad” hace diez años (cuidar al trabajador más que a la fuente de trabajo, dándole seguridad a la persona y flexibilidad al sistema, garantizando la formación continua y un ingreso durante los tiempos de transición entre empleos), en nuestro país el término es mala palabra. Somos un país crecientemente desigual, con sindicatos rígidos y contrarios al cambio, que representan intereses facciosos en vez de a trabajadores, en un contexto donde casi la mitad de los trabajadores económicamente activos están en la informalidad. ¿Estamos listos para las dinámicas laborales del siglo XXI? ¿Nuestra fuerza de trabajo (el capital humano) es competitivo regionalmente?

El futuro del trabajo no es el desempleo, sino la pauperización del empleo. Eso equivale a más desigualdad, en un contexto global donde la inequidad es un problema creciente: el mundo habla de esto

La agenda del futuro es apasionante. Bien encarada, es una mina de oro (o de Bitcoins) de oportunidades para el desarrollo de Argentina. Pero si se mantiene negada y anulada, representa una amenaza para la cual nunca vamos a estar suficientemente preparados. Abandonemos nuestra maldición y dejemos de usar terminología vieja para problemas de otra época. El ridículo llega a tal punto que se cita al economista tucumano Raúl Prebisch para hablar de sustitución de importaciones en un contexto donde vamos a poder imprimir nuestra ropa, de manera personalizada y a un precio bajísimo. El futuro está a la vuelta de la esquina y depende de nosotros, de nuestra dirigencia, estar preparados para prosperar y crear un país mejor para todos. ¿La grieta? Es una ficción que inhibe que podamos mirar hacia adelante. Levantemos la mirada porque hay mucho por hacer y el riesgo es volver a tropezarnos con la(s) misma(s) piedra(s).

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