
Suelo preguntar a mis estudiantes qué necesitan para sobrevivir en este planeta y todos saben muy bien las respuestas: aire puro, agua no contaminada, alimento, refugio y algo para abrigarse. Rápidamente nos damos cuenta que todo lo que necesitamos para vivir nos lo entrega desinteresadamente la naturaleza, quien lo produce gracias a un sinnúmero de procesos e interacciones entre todos sus componentes bióticos y abióticos, que resultan claves para la vida en este planeta.
Y digamos que el ser humano vivió aprovechando los recursos naturales sin causar mayores impactos hasta hace unos 300 años. Pero es una realidad que, especialmente en el último siglo, el impacto sobre la naturaleza ha sido vertiginoso. Nuestro estilo de vida actual, directa o indirectamente, en mayor o menor medida, deja una huella negativa tanto en el ambiente en el que vivimos (para la gran mayoría de nosotros las ciudades), como en la naturaleza silvestre, poniendo en riesgo la vida de todo el planeta.
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Ante este panorama es entonces que aparece en escena la Educación Ambiental, una disciplina que no debe escapar a ningún ser humano y que atraviesa numerosos aspectos de la formación de las personas. Desde el conocimiento biológico de la naturaleza, hasta otros aspectos que analizan nuestra relación con ella como las formas de producción y elaboración de nuestros alimentos, la elección de los envases, la disposición de nuestros residuos, el análisis de las problemáticas que dañan nuestro ambiente y potencialmente nuestra salud, nuestros hábitos de consumo, estos y muchos otros temas, son los que aborda la educación ambiental.
Como todo proceso educativo, debe ser “permanente” y esto significa “toda la vida”, ya que del ambiente no solo se aprende en el marco de la educación formal (escuelas, universidades, institutos) sino que también se asimila en el marco de la educación no formal como es el caso de la educación ambiental en áreas naturales, clubes o asociaciones. En estos dos casos la educación es planificada pero hay otro tipo de educación ambiental no menos importante, una que suele ser muy potente, es la que se da en el marco de lo que llamamos la “educación ambiental informal”, ésta no está planificada, surge espontáneamente y generalmente se transmite de generación en generación, mediante actos y ejemplos cotidianos, entre familia, amigos o compañeros de trabajo y que además hoy se puede ejercer por numerosos medios de comunicación.
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En este marco es clave entonces formar ciudadanos comprometidos en la conservación del ambiente y para ello necesitamos que la educación ambiental sea efectiva. Tener conocimientos sobre la naturaleza, entender sus procesos, ciclos e interacciones, detectar problemas ambientales y buscar soluciones es importantísimo.
Pero con esto no alcanza, necesitamos mucho más. Para lograr cambios profundos en nuestra relación con la naturaleza, es indispensable que todos esos conocimientos se materialicen y atraviesen nuestros corazones.
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Y aquí la clave está en algo personal e irremplazable “la vivencia en la naturaleza”. Para esto son importantísimas las áreas naturales, esas que aún albergan los ambientes originarios, con todos sus protagonistas; flora y fauna jugando ese maravilloso juego de adaptaciones, interrelaciones y procesos naturales.
Lugares donde poder ver un picaflor polinizando, oler el perfume de esas flores que tanto atraen a las mariposas, escuchar a las ranas croar en una laguna, sentir la brisa fluir entre las hojas de los árboles y nuestros cabellos, emocionarse observando los pichones de cisnes sobre el lomo de sus padres, descubrir esa araña camuflada, maravillarse al saber cómo las plantas palustres purifican y oxigenan el agua de las lagunas entre tantas otras experiencias.
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Disfrutar de todas y cada una de las cosas que podemos vivenciar en la naturaleza y que se acumularán en recuerdos imborrables, allí radica el secreto de la efectividad de esta disciplina.
Será entonces cuando haremos el “click”, no importa nuestra edad, se generará esa chispa que nos hará fusionar los conceptos teóricos con nuestros sentimientos.
Será esa chispa, con una mezcla de conocimiento y amor, la que finalmente nos mueva a ponernos en acción, a modificar nuestras conductas, a plantar ese árbol nativo, a valorar una oruga, a entender el rol clave que cada uno de nosotros juega en este planeta maravilloso, tan diverso, tan mágico. Todos podemos y debemos educar ambientalmente. Los pasos son sencillos: ayudar a conocer, disfrutar, amar y conservar este, nuestro único planeta.
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