Entre la prédica de Francisco y la magia de Diego

Más allá del necesario y conveniente entrenamiento el genio surge de la voluntad divina

El exfutbolista argentino Diego Armando Maradona (c) es saludado por el papa Francisco (d) durante un encuentro en el Vaticano en 2014. EFE/Donatella Giagnori/Archivo

Del potrero a los grandes estadios

Dijo el Papa Francisco: “Todos conocemos el entusiasmo de los niños que juegan con un balón desinflado o hecho de pedazos en los suburbios de algunas grandes ciudades o en las calles de pequeños municipios” (Conferencia a los representantes del deporte, el 5/10/2016).

“Les animo a trabajar juntos -agregó dirigiéndose también al secretario general de la ONU y al presidente del Comité Olímpico Internacional -con el fin de que estos niños puedan acceder al deporte en condiciones dignas, especialmente aquellos excluidos a causa de la pobreza”.

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Francisco agradeció a los asistentes “cada esfuerzo para erradicar cada forma de corrupción y manipulación en el ámbito deportivo”.

Los genios y el fútbol como juego

Dentro de los más prodigiosos jugadores de fútbol uno de los máximos exponentes se llamó Diego Armando Maradona que esta semana falleció.

Creemos -y nos parece oportuno recordarlo -que un ser humano con el talento de Distéfano, Pelé, Maradona o Messi no se produce en las escuelas de fútbol ni tan solo con la educación física. Más allá del necesario y conveniente entrenamiento el genio surge de la voluntad divina, de su inexplicable naturaleza y del amor maternal, de la urdimbre afectiva donde echa sus raíces. Son dones con los que el Creador del universo nutre el mundo para que éste encuentre su dimensión lúdica y sin otro sentido que el propio sentido humano de la vida: la libertad.

Claro que, al aspirar a seguir el camino del genio, no hay que olvidar aquella frase de Rabindranath Tagore que estoy seguro el Papa celebraría según la cual “El bosque sería muy triste si sólo cantaran los pájaros que mejor lo hacen”.

Lo bueno del fútbol: “somos todos, somos uno”

El fenómeno de multitudes y de unidad popular que genera el fútbol en su dimensión social, la interacción comunitaria entre camisetas, la reunión tras los equipos y las selecciones nacionales llegando a la catarsis colectiva del “somos todos, somos uno”, contribuye a la construcción de la hermandad humana y el espíritu colectivo que hoy ha cobrado dimensión mundial.

Diego Maradona le entrega la camiseta de la Selección Argentina al Papa Francisco<br> @bettapique 162

El negocio del fútbol y el jugador como mercancía

Los negocios del fútbol actual, que van desde la venta de entradas hasta la compra-venta de jugadores pasando por la publicidad -por citar sólo algunos de los negocios legales-, creció exponencialmente en el último siglo al ingresar como un bien transable más al “mercado de consumo”.

La economía y el espíritu de lucro se encargó de “profesionalizar”, es decir, “mercantilizar” los dones y encontrar un destino “útil” a lo que debió haber sido la práctica lúdica, creativa y libre. La contratación de jugadores para conseguir títulos, los negocios, la compra-venta y los incentivos millonarios transformaron a los jóvenes virtuosos en máquinas de fabricar dinero, excluyendo del negocio a la gran mayoría que desentona.

Diego, el amor de la multitud y su reconciliación con la Iglesia

Tenemos la seguridad de que la descollante acción de Diego Maradona fue truncada prematuramente. Los deportólogos afirmaron siempre su naturaleza privilegiada. Este gladiador del deporte argentino como tantos otros grandes deportistas perdió la libertad cuando pasó a revestir la condición de instrumento y utensilio de representantes y empresarios y cuando su potencia y sus posibilidades dejaron de pertenecerle para ser una mercancía de los clubes. Entonces, en el Barcelona o en el Nápoles pudo ganar y repartir mucho dinero, pero su libertad quedó reducida al espacio del césped de los estadios donde con una vitalidad fuera de lo común volcaba en cada partido su acción mágica y donde recibía el amor y el clamor de las multitudes. Detrás de la multitud, la droga, llevada por quienes lo acompañaban. La enfermedad adquirida hizo crisis y lo rodeó de muros existenciales que lo condujeron a un largo final inmerecido. No obstante ello, tuvo oportunidad de reconciliarse con la Iglesia católica y tener tres encuentros dilectos con el Papa Francisco en Roma. Ojalá los jóvenes puedan seguir sin más su destreza en la cancha y aprender a no incurrir en el uso de la inteligencia contra sí mismos fuera de ella. Que Dios lo tenga -como suele decir el Santo Padre -en la palma de su mano.

El deporte al servicio de la humanidad

Para que el deporte esté -como pide Su Santidad -al servicio de la humanidad, es preciso desterrar la corrupción y el lucro que rodea los mal llamados “profesionalismos” del fútbol, erradicar los estupefacientes y los otros negocios ilegales y restaurar el sentido lúdico del juego.

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