La insoportable levedad del ser ministro de Alberto

A menos de un año de gestión del Presidente Fernández, la endeblez, en algunos casos, y la insustancialidad en su gabinete resulta patente

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¿Alguien puede decir con seguridad cuántos ministros tiene el gobierno nacional? Si puede, ¿se anima a mencionar sus nombres? ¿Al menos de la mitad del elenco ministerial?

A menos de un año de gestión del Presidente Fernández, la endeblez, en algunos casos, y la insustancialidad en su gabinete resulta patente. Quizá sea por eso que todas las líneas de fuego abiertas desde y hacia el gobierno las atiende el propio primer magistrado. No hay “fusible” entre el titular del Ejecutivo y los hechos. Poco importa a esta altura discutir si esto ocurre porque Alberto no puede desprenderse de su anterior gestión de jefe de gabinete neutralizando la palabra propia de cada uno de sus secretarios de estado o si se trata de falta de peso específico de ellos. El gabinete aparece como tempranamente desgastado y obliga a funcionarios como Sergio Massa, de enorme poder de comunicación, o ahora al propio Máximo Kirchner (al que luego se aludirá) a irrumpir en esta área de defensa de la gestión.

La estupenda nota de Silvia Mercado en el Infobae de ayer da cuenta de la (in) estabilidad de cada ministro. En cualquier caso, cuando uno consulta en la Casa Rosada la respuesta es que no se avizoran cambios como si nada pasara.

Santiago Cafiero, con cierta endeblez inicial para “defender” la gestión, tiñe ahora su tono con un inexplicable enojo contra los medios de comunicación a los que aconseja no leer (¿va por el camino de romper diarios en cámara?). A él, se le suman ausencias notorias. El siempre histriónico Aníbal Fernández pidió porque faltan ministros poniendo el pecho. Será por eso que se lanzaron al ruedo las dos muy formadas Vilma Ibarra y Cecilia Todesca. La primera, abandonó su tradicional mesura recordando que aquí no hay cogobierno con la oposición como si proponer consensos fuera ceder poder y la segunda se condenó al ostracismo de la minoría oficial cuando dijo que ahorrar en dólares no era de vendepatrias, desautorizadas por el presidente, su jefe de gabinete y la autora del cepo nacional, Mercedes Marcó del Pont.

El ministro que debería formar consensos desde la cartera de Interior, el valioso, inteligente y mesurado Wado de Pedro canjeó por estos días su rol de atento escucha por el de usuario de redes sociales enojado con la oposición. Quizá sea un rapto de Twitter fácil y pasajero. Es, para ser justos, uno de los que más tiene para decir y con fundamentos.

Algunos otros ejemplos sirven para demostrar la terneza del gabinete. El ministro de trabajo Claudio Moroni que debería estar lidiando con el desempleo a niveles de 2014 inventó la figura de descrédito social (esperemos que sólo sea eso) del “exceso de titulares periodísticos” para ser acompañado por el ministro de desarrollo Daniel Arroyo, una promesa de lujo empañada por una operación interna ante compra de fideos, que asegura que la reactivación se vislumbra en el aumento de changas del mercado negro del trabajo.

Gines Gonzalez García vio cómo se torcían sus indiscutidos pergaminos de sanitarista con pifias en sus apreciaciones del Coronavirus y con el silencio atroz en el momento de mayor contagios. La Argentina es ya el séptimo país en el ranking de infectados y la pelea política con el gobierno de Larreta aniquiló toda argumentación sensata de salud.

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Por estos días, el jefe de la bancada de diputados oficialista (todo un oxímoron ser el vocero de algo sin casi contacto con la prensa) concedió un reportaje en el que, por supuesto, consideró que el infierno de lo que pasa está en el ajeno opositor y que, por ejemplo, el “error” de contabilizar más de 3000 muertos por el virus en la provincia no es tan grave porque en la capital debe pasar algo similar. El viejo artilugio de querer lavar el mal propio con el ajeno presuntamente peor. El diputado Kirchner dijo “que el ministro Ginés, en virtud de lo que sucedió en la provincia de Buenos Aires, debería exigir a todos los distritos del país y la Ciudad de Buenos Aires, que extremen los controles y busquen quién tenía estas situaciones en sus territorios”.¿Sabe el diputado que desde hace meses el gobierno nacional por decreto centraliza el manejo de la pandemia? ¿Conoce que hasta hace alguna semana para caminar por la calle de una provincia había que pedir permiso al jefe de gabinete de la nación y que eso en el AMBA sigue hoy vigente? ¿Resulta que para tomar un café en un bar se depende del gobierno nacional pero para contabilizar la tragedia de los muertos hay que pedirle a Larreta y a los gobernadores que “extremen los controles”?

De seguridad se sabe que hay una ministra apagando incendios internos por su posición ideológica en un escenario creciente de hechos delictivos. La expectativa de la intachable María Eugenia Bielsa se dio contra la pared de los cuestionamientos de las organizaciones sociales y por sus dichos naif sobe el no entender porqué las propiedades se valoran en dólares. La cancillería del experimentado Felipe Solá está intervenida por los sacudones dialécticos del presidente o las torpezas como la postulación para el BID. Mención aparte merecería el ministro de economía, desautorizado por el presidente del Banco Central a la hora de endurecer el cepo o ratificado en su cargo, día por medio. Del resto, poco y nada.

Por fin, y por sólo analizar algunos ejemplos, la desmesurada y abusiva polémica con la Corte Suprema por el traslado de los jueces volvió a exponer al presidente como si fuera su ministro de Justicia. Denostar públicamente al presiente de los Supremos como un ignorante del derecho es evidente intromisión de poderes, sin contar la poca elegancia republicana. Sería como asistir a que el doctor Carlos Rosenkrantz se agraviara en un diario porque Fernández emitió sin parar DNU por la pandemia durante 6 meses. Si el fallo de mañana es distinto al que espera el presidente parece que solo queda sumarse a las diatribas de Hebe de Bonafini.

El inolvidable presidente de Italia Sandro Pertini visitó la Argentina y dio algunas conferencias y aceptó luego conversar con algunos periodistas descendientes peninsulares. Allí, el socialista que gobernó 7 años su políticamente inestable república dijo que el jefe de gobierno debe tener ministros más inteligentes que el presidente, más formados y mejor preparados que él para escuchar y relatar lo que sucede. “El jefe apenas debe corregir los detalles del rumbo planteados por sus secretarios. “Si esto no pasa”, agregó, “suele suceder que no se sabe cuál es el rumbo porque sólo habrá vacío de inteligencia, de formación y de escucha y una palabra única que tiene de desgastarse pronto”. Quizá sirva esto para reflexionar sobre la Argentina.

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