La estatua fue ubicada en una propiedad privada que pertenece al Partido Marxista-Leninista de Alemania. (Photo by Ina FASSBENDER / AFP)
La estatua fue ubicada en una propiedad privada que pertenece al Partido Marxista-Leninista de Alemania. (Photo by Ina FASSBENDER / AFP)

“La República no borrará ningún rastro o nombre de nuestra historia, no derribará ninguna estatua” - Emmanuel Macron

Se necesita un buen nacionalista francés para preservar estatuas, una multitud exaltada para derribarlas y una banda de comunistas alemanes para erigirlas. Tal cosa podríamos concluir al enterarnos del levantamiento de una estatua de Vladimir Ilyich Lenin en Gelsenkirchen, Alemania, días atrás. Se trataría del primer monumento dedicado al padre del bolchevismo ruso en el territorio de lo que previamente fue la Alemania occidental. Como hubo oposición política local a la iniciativa, la estatua fue ubicada en una propiedad privada que pertenece al Partido Marxista-Leninista de Alemania. Ante tan exquisita ironía histórica uno casi se ve tentado en declararse marxista; en la variante Groucho desde ya. Hay que reconocerles el buen sentido del humor a los camaradas alemanes o recordarles esta cita de Karl Marx: “La teoría de los comunistas puede ser resumida en una sola afirmación: la abolición de la propiedad privada”. Tardíamente descubren que sin propiedad privada no tendrían donde ubicar su adorada estatua, fabricada en la antigua Checoslovaquia en 1957.

En un contexto en el cual el espacio público europeo está conmocionado por el derribo y desfiguración de estatuas políticamente incorrectas, la proeza del Partido Marxista-Leninista alemán merece ser destacada. Y por partida doble: por erigir, cuando otros destruyen, y por las agallas de seguir defendiendo a Lenin en el siglo XXI. La ideología política que él inspiró y promovió sacudió al sistema internacional durante buena parte del siglo XX, pasándole por encima a millones de inocentes. Los sueños de un hombre se transformaron en pesadillas para muchos. Si la turba indignada contra las estatuas del pasado ha atacado a las figuras de Winston Churchill, Mahatma Ghandi, George Washington y Otto von Bismarck, es poco menos que extraordinario que Vladimir Lenin sea excusado. Más aun, honrado.

Estas personalidades históricas no fueron tratadas amablemente. A Churchill, el hombre que enfrentó como pocos a Hitler, no le perdonaron alguna frase racista y su política en la india; a Ghandi, líder de la resistencia anti británica pacífica en la India, no le perdonaron sus comentarios racistas sobre los africanos; a Washington, padre-fundador de los Estados Unidos, no le perdonaron haber tenido esclavos; a Bismarck, unificador de Alemania en 1871, no le perdonaron su pasado imperial en África. La furia colectiva con el pasado alcanzó incluso al propio Abraham Lincoln, liberador de los esclavos afro-americanos: el Memorial de la Emancipación ubicado en la capital de Estados Unidos, cuya creación fue pagada por esclavos liberados en 1876, también fue cuestionado (por mostrar a Lincoln parado y a su lado, a un afro-americano arrodillado). No así Lenin, quien fue cubierto con un manto de inmunidad adulatoria. “Lenin fue un pensador de importancia histórica mundial adelantado a su tiempo, uno de los primeros luchadores por la libertad y la democracia”, aseguró el líder de los marxistas-leninistas alemanes, Gabi Fechtner. Que la estatua de Lenin brille al sol en Alemania mientras la de Churchill deba ser cubierta en Inglaterra para que no sea vandalizada es un comentario elocuente acerca del espíritu de nuestros tiempos.

El líder bolchevique fue un pensador tan adelantado a su tiempo que algunas de sus ideas continúan siendo ininteligibles más de un siglo después. “Detrás de la escolástica epistemológica del empirocriticismo”, escribió Lenin en la conclusión de su obra La revolución reciente en las ciencias naturales y el idealismo filosófico (1908), “uno no puede dejar de ver la lucha de las partes en la filosofía, una lucha que en última instancia refleja las tendencias y la ideología de las clases antagónicas en la sociedad moderna”.

Y pensar que el Premio Nobel de Literatura fue dado a Churchill. A todas luces una equivocación histórica que clama por ser enmendada.

El autor es profesor en la carrera de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo