Alberto Fernández le muestra kits locales de detección del coronavirus a Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli
Alberto Fernández le muestra kits locales de detección del coronavirus a Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli

Las predicciones sobre el futuro, si es que en cierto momento finalizará la pandemia, no tienen derechos de autor. Nadie sabe qué pasará exactamente en los tiempos que vendrán.

Están los que pronostican profundos cambios en las relaciones humanas, el trabajo, la creatividad, la tecnología, los sistemas de salud; en el mundo y en el país. Vendría, en seguida, una modificación de fondo en la orientación económica de cada país. Se daría marcha atrás con el proceso de globalización.

También tienen voz los que aseguran que todo puede pasar, sin duda y sin daños. La vida continuará de no muy distinta manera que la que palpitaba antes del COVID 19.

Existe también una especie de “tercera posición” que asegura que así como íbamos antes de la peste no podíamos seguir y aducen razones ecológicas de destrucción de la naturaleza, de insensibilidad colectiva y de desigualdad social.

Los organismos financieros ya han afirmado que, ante esta circunstancia histórica, América Latina registrará este año una caída del 8 por ciento del Producto Bruto Interno. Argentina presenciaría un derrumbe de entre 7 y 9 por ciento de su PBI. Significaría un achicamiento colosal del país

Otros sólo acusan de todos los males a la globalización extrema que terminó fomentando el nacionalismo cerril, la xenofobia, el “odio” al extraño y muchos otros prejuicios peligrosos. Por eso mismo se duda de la firmeza de los principios del laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar), sostén de la ideología liberal, y se apela al salvataje por parte de un Estado protector que aliviaría las desgracias. Un Estado ideal que se ocupe de socorrer, de brindar igualdad, salud y una permanente productividad con mayor empleo.

Nadie aclara que tipo de Estado. ¿El que vigila con obsesión policial, el que actúa con autoritarismo o a uno sensibilizado ante la desgracia de la multitud ? Tampoco nadie puede asegurar si nos encontraremos, otra vez con la democracia liberal.

Las noticias en Argentina y en el exterior no son optimistas. Ni en lo económico, ni en lo político. En Estados Unidos ya hay 36 millones de gente expulsada del sistema productivo y comercial (cobran sólo por un tiempo el seguro de desempleo). La cantidad de víctimas del coronavirus allí como en Europa han sido lamentables. El presidente Donald Trump utiliza técnicas de vieja demagogia y prometió entregar a cada persona sin trabajo 1.200 dólares en un cheque que el firmaría especialmente.

Joe Biden, candidato demócrata y ex vicepresidente de EEUU (REUTERS/Kevin Lamarque/File Photo)
Joe Biden, candidato demócrata y ex vicepresidente de EEUU (REUTERS/Kevin Lamarque/File Photo)

Estados Unidos está con los brazos caídos. Trump también lo está, en un año eleccionario donde, desgastado, tendrá que lidiar contra los demócratas, que postulan como presidente a un anodino Joe Biden. Los norteamericanos saben que si lo acompaña como vicepresidente Michelle Obama podría contar con una masa de votos valiosa. En Rusia, con un crecimiento notable de víctimas, Vladimir Putin parece estar sin palabras, sin explicaciones. Algunos lo definen como un “animal herido”.

Hubo países que tuvieron más suerte que otros pero los científicos no saben a qué factor atribuirlo. Los europeos del Mediterráneo han sufrido en extremo. Los del norte del continente, mucho menos. Se dice que en el medio de la “Guerra fría” entre EEUU y la Unión Soviética, hasta la caída del Muro de Berlín, los países bálticos tenían guardados elementos sanitarios de emergencia y de todo tipo para enfrentar lo imprevisible, si se enojaban los dos colosos y tocaban por error o no las botoneras nucleares.

Las estadísticas del momento recuerdan a las de la Gran Depresión cuando el pensamiento de los políticos aseguraba que era el fin de un capitalismo que no podría recuperarse jamás.

En la Unión Europea se ha decidido ayudar a las naciones integrantes con una montaña de euros (se estima en centenares de millones) para enfrentar la peste y vivir y crecer. No son regalos. Son préstamos a una tasa baja y a largo plazo.

En América Latina se reflejó rápidamente quien disponía de una infraestructura sanitaria y quién no. Los países sin hospitales están teniendo una gran cantidad de víctimas. Perú y Ecuador han sufrido en exceso. Chile, que salió parcialmente de la cuarentena, debió volver al encierro ante el aumento de enfermos. Brasil, muy lastimada, está tironeada entre un presidente que llama “gripecita” al COVID 19, y gobernadores que implementaron disposiciones de emergencia.


Los organismos financieros ya han afirmado que, ante esta circunstancia histórica, América Latina registrará este año una caída del 8 por ciento del Producto Bruto Interno. Argentina presenciaría un derrumbe de entre 7 y 9 por ciento de su PBI. Significaría un achicamiento colosal del país. Como comparación, una Argentina con las estadísticas de hace 70 años pero con más del doble de la población.

Pero ninguna de las naciones mencionadas estará a salvo en los próximos meses, aunque reciban o no ayuda económica. En la Argentina, el presidente Alberto Fernández, a las puertas de la quiebra del país, está actuando con pública calma mientras se producen hechos políticos relevantes. Pero no ha sabido, o no ha podido evitar que se ensanche la grieta ideológica.

Gobernar sólo con Decretos de Necesidad y Urgencia, con un Parlamento que recién se despereza en los últimos días se ha visto como una muestra de quiebre democrático. Fernández combate contra sus críticos en redes y en los medios, pero en algunos de sus actos está demostrando debilidad ante los seguidores de la vicepresidenta Cristina Fernández. La señora oficia de protectora de La Cámpora que ha ocupado (¿con o sin consenso ?) algunos de los organismos clave en la actualidad económica y social del país.

Todo en tiempos en los que algunas fábricas comienzan a producir. Sus dueños o ejecutivos creen que es un bocanada de aire puro, pero temporaria porque ya se habla de un pico grave de la pandemia entre fines de este mes de mayo y primera quincena de junio por lo que habría que regresar a la cuarentena muy estricta.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro (EFE/ Joédson Alves)
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro (EFE/ Joédson Alves)

Si eso ocurriera se agravarían algunos lastres que no han tenido solución. No todas las empresas pudieron acceder a préstamos prometidos. Las pequeñas y medianas aseguran estar muy debilitadas y otras colapsadas. Tienen deudas significativas- La cadena de pagos sigue en estado caótico. Se vende y se compra menos, porque gran cantidad de ciudadanos ganan sueldos menores.

Esto lleva a algunas pymes a rediseñarse, a elaborar productos esenciales para el momento y no los tradicionales a los que se dedicaba. Algunos comercios a los cuales se les permitió abrir indican que entran poquísimos clientes a sus negocios. Así, el consumo gira sobre productos vitales y con precios elevados, aunque los indicadores no lo demuestren.

Alberto Fernández no ha ocultado que busca otra estructura judicial en el país, pero eso es visto como una concesión a Cristina Fernández que intenta sacarse de encima todos los juicios millonarios en los que es protagonista, ella y su familia.

Por lo tanto, si así fuera, el Presidente podría convertirse en una figura decorativa. O sin el poder que le otorga el cargo. Quizás con una capacidad de maniobra recortada que le impide tomar algunas medidas. No obstante, el mandatario acusa al macrismo (en éste caso a María Eugenia Vidal) de la ausencia de hospitales en la provincia de Buenos Aires. Suponiendo que así fuera, le da la espalda a la historia porque desde el regreso a la democracia esa provincia estuvo a cargo de gobernadores e intendentes peronistas. Y nunca hicieron obras decisivas para la salud y la supervivencia laboral de sus habitantes.

Félix Crous
Félix Crous

La militancia kirchnerista no da tregua. La Oficina Anticorrupción ha dejado de ser querellante en causas judiciales decisivas contra la familia de Cristina Kirchner. Se retiró sin dar muchas explicaciones. El titular de la OA, el militante ex-fiscal Félix Crous, ha adelantado que también tirará por la borda causas contra ex-funcionarios cristinitas. Simplemente porque se le ha ocurrido.

Sigue así el pensamiento de aquellos que hasta diciembre de 2019 consideraban que todas las acciones judiciales contra la corrupción estaban “armadas” por el macrismo. Traducido: los jueces, para ellos, eran unos subordinados del poder de turno, unos oportunistas.

En estas horas los ex-funcionarios se autodefinen como “víctimas”. No hubo coimas, ni favoritismos con empresarios amigos, ni licitaciones armadas. Ellos no tendrían nada que explicar.

Otra maniobra del kirchnerismo ha sido la de respaldar el cierre de todas las denuncias de corrupción y enriquecimiento ilícito que recaen sobre el juez Rodolfo Canicoba Corral. Lo decide la Comisión de Disciplina del Consejo de la Magistratura. Otro acto ignorante de las justas causas.

Martín Guzmán y Miguel Pesce en la reunión del G20 en Arabia Saudita
Martín Guzmán y Miguel Pesce en la reunión del G20 en Arabia Saudita

No falta alguien que se pregunte sobre la conducta de la sociedad en torno a estos asuntos. A simple vista no hay propuestas de cacerolazos contra el quiebra de la Justicia en el país, como si los hubo para protestar contra la liberación de los presos. Ladrones, violadores, asesinos con arresto domiciliario sin control del Estado con el pretexto del COVID-19. Casi un guión de película de ciencia ficción.

Pegado a estos hechos, el dólar ha trepado, sin techo, a valores inimaginables (en 140 pesos para la versión blue el viernes pasado). El ministro Martín Guzmán responsabiliza al Miguel Pesce, titular del Banco Central, por erráticas y enrevesadas estrategias monetarias que hicieron posible esta subida en carrera y sin límite. Por ejemplo, un incremento de la emisión de billetes. Paralelamente, Pesce argumenta en privado que el alza se debe a la falta de estrategia de Guzmán con los acreedores externos. Otra “interna” que no tendría por qué haber surgido.

Mientras tanto, pasa el tiempo y se acerca la fecha que definiría o no el default del país. Se sabe que la mayoría de los bonistas no han aceptado el plan de pago a largo plazo de la Argentina. Buscan mejores montos y menores plazos. El presidente Fernández está frente al tablero y trata de resistir el embate. No se puede asegurar que suerte tendrá.