Las contradicciones de un Gobierno que cree que ganará a pesar de estar en una encrucijada compleja

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Mauricio Macri (Bloomberg)

Hay alboroto y un poco de melancolía en la Casa Rosada. Sus habitantes no saben cómo explicarlo. Por un lado le echan la culpa a la política y no a la economía como el origen de los problemas, cuando en realidad son los dos factores juntos los que se potenciaron para trabar las ruedas.

Siguen convencidos que ganarán las próximas elecciones, pese a la mala aplicación de las políticas públicas y más allá de que una parte significativa de la población está sumida en la desazón. Dicen que no fue el torrente de optimismo desplegado el que los traicionó, tampoco la soberbia que algunos quisieron ver, sino que la fuerza de la voluntad que pusieron en el gobierno fue borrada por acontecimientos que no se podían medir de antemano (la crisis internacional, por ejemplo). Pero esos vientos fuertes también pegaron en otros países latinoamericanos pero no produjeron tanto daño como en la Argentina. Es decir: falló el gobierno argentino, no el chileno, ni el brasileño, ni el uruguayo.

El momento es una encrucijada compleja. Por un lado hay un Gobierno que ha perdido popularidad por el apretón recesivo, la inflación por las nubes y el ahogo de los empresarios, que ya no saben cómo sacar bandera blanca. En sus años en el poder, Cambiemos demostró respetar las instituciones democráticas, trató de acercarse al votante, realizó obras que no hicieron los que le antecedieron en el poder, nunca se quejó de la prensa ni de los periodistas y generó buenos contactos a nivel internacional pese a la desconfianza permanente de los inversores que ahora va en aumento considerable.

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Roberto Lavagna

Del otro lado aparece la apetencia del kirchnerismo para volver a Balcarce 50 y dedicarse a la venganza. No están junto a los K sectores respetables de un peronismo que está fragmentado; es más un archipiélago que una isla firme. Hasta fines de 2015 demostraron lo que son capaces de hacer: populismo berreta y un izquierdismo infantil que cuestiona a los "dueños del mundo". Para ellos, los países más poderosos siempre están dispuestos a hacer daño a los argentinos. El populismo perfecto: "un pueblo en pié de lucha con un/a líder que los representa, que es su voz", atropellando a todo aquello que intente demoler el proyecto.

El libro que firma Cristina Fernández ("Sinceramente") omite todas las fallas pasadas, se vanagloria del fervor popular, ignora las tremendas acusaciones judiciales de corrupción y hasta abunda en algunas sinceridades que abruman: no entregó al bastón presidencial a Mauricio Macri en diciembre de 2015 "para que no parezca una rendición". No habla de sus bienes. Sigue sosteniendo que su matrimonio ya tenía riquezas antes de ejercer el mandato mayor.

Confundieron los reclamos del campo con los "mujiks" terratenientes, combatidos por las fuerzas del Kremlin en los años veinte. Llevaron al país a una situación de default, de paralización de los servicios públicos, atacaron los medios de comunicación, asaltaron las arcas del Estado sin el menor pudor. No fueron necesarios los "cuadernos". Basta hacer una lista de los bienes que poseen o dicen poseer y las prebendas recibidas para saber que no eran "empresarios exitosos", sino especuladores y amigos generosos con sus amigos.

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La gran confusión proviene de que surgió, todavía, una tercera opción, salvo los gobernadores agrupados en Alternativa Federal, dirigentes independientes como Sergio Massa o los líderes sueltos que no están ni pretenden estar en la carrera electoral.

Sólo si Juan Schiaretti gana las lecciones en Córdoba, una provincia decisiva por su economía y por su volumen electoral, Roberto Lavagna emprendería su camino para sumarse a la lucha por la presidencia. Schiaretti y Lavagna son aliados y, si no lo son tanto como las crónicas periodísticas señalan, quieren lo mismo pensando en el futuro.

Siceramente, el libro de Cristina Kirchner (@hvescudero)

¿Qué hay detrás de Lavagna? ¿Representa a Massa o se corta solo? No le falta a Lavagna una aureola de prestigio porque pudo continuar la obra de sus antecesores, Jorge Remes Lenicov y Jorge Todesca, que enfrentaron aquella tormenta perfecta de inicios del 2002. Y obtuvo buenos resultados basándose en los ahorros de las pequeñas y medianas empresas más la mejora de los precios internacionales de los productos que exporta el país, hasta que Kirchner por celos o porque denunció corrupción en la obra pública terminó echándolo. Ahora que tuvimos una gran cosecha, los dólares no están entrando al ritmo que quiere Balcarce 50 porque se especula con mejores precios y se espera el momento propicio.

Lavagna tiene una virtud: no se le conocen prejuicios políticos y entabla negociaciones con radicales opositores de Cambiemos y con socialistas. Tiene un supuesto defecto: lleva vividos 77 años y es atacado por aquellos que creen que esa adultez impide el ejercicio presidencial, cuando hubo en la historia reciente y antigua casos similares en edad que condujeron los destinos del mundo.

Si Lavagna emprende la carrera recibirá importantes apoyos civiles (entre ellos los desahuciados del voto otorgado oportunamente a Macri) y sindicales.

Para saber dónde estamos parados es necesario inyectarnos paciencia porque es una larga espera. En el interín se verá cómo reacciona el dólar, teniendo en cuenta el consentimiento del Fondo para que se actúe sin tener en cuenta las bandas cambiarias. Este hecho puede aumentar más la incertidumbre.

Esta economía nacional bimonetaria donde el dólar es el refugio seguro pega de lleno en la gobernabilidad. Ya no es el "ladrillo" el bien a conseguir a toda costa, pensamiento y acción de nuestros abuelos. Desde hace décadas es el dólar porque el peso está minimizado y sometido a los vaivenes de la incertidumbre. La economía bimonetaria no es responsabilidad de Macri, viene de arrastre desde hace 70 años.

Como dicen algunos expertos, Argentina padece en estos momentos un plan de estabilización del FMI que no tiene en cuenta la volatilidad cambiaria histórica que cae sobre en país en un año de elecciones. Esto impactó en todos los ámbitos, sumiendo al país en temas financieros más que productivos.

Bien saben de esto los industriales. El gobierno de Macri no tuvo en cuenta los problemas fabriles y no supo ligarlos a lo elemental para evitar mayor recesión: el empleo, el consumo. La industria cayó un 50 por ciento interanual. No hubo ayuda en la emergencia, ni planes contingentes. Por el contrario, las autoridades iniciaron una especie de castigo impositivo que impedía hacer cualquier movimiento a un emprendimiento chico o grande. Con un agravante frente al futuro: la deuda externa nacional es de 156.000 millones de dólares. El Gobierno no se impuso límites a sus necesidades cotidianas y comprometió al país a una situación muy difícil de sortear para el que seguirá en la Casa Rosada, cualquiera fuera su signo.

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