i[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos]/i
Hay que poner a la Argentina a pensar, porque nuestro país se empobreció en todos aquellos momentos en que su dirigencia quiso imponerle un rumbo en contra del sentido de la historia.
Por ejemplo, para encontrar un punto de inflexión, esto sucedió cada vez que una dictadura militar impuso por vía de la fuerza una autocracia para reemplazar a gobiernos mayoritarios electos por el voto popular, con el agregado de la connivencia de una dirigencia que degradó la política al prestarse a participar de una compulsa electoral y asumir la presidencia del país con el 23 por ciento de los votos estando proscripta la expresión política mayoritaria del pueblo argentino; una conducta que los divorció del líder fundador de su partido que, con el "abstencionismo revolucionario", se opuso tenazmente a legitimar al sistema que lo incitaba a participar.
La Argentina se empobrece cuando son asesinados Pedro Eugenio Aramburu y José Ignacio Rucci, dos crímenes para sabotear iniciativas de reconciliación nacional.
La Argentina se empobrece cuando Ricardo Balbín, después del abrazo con Perón, no quiso ponerse el país al hombro y convertirse en su sucesor, como era el deseo del General. Y obviamente cuando el 24 de marzo de 1976 la dictadura militar destituye a un Gobierno electo por el 62 por ciento de los votos del pueblo argentino faltando apenas meses para la siguiente contienda electoral. También aquella vez contaron con la concurrencia de sectores políticos que pasaron a la clandestinidad para combatir desde la guerrilla a un gobierno democrático, generando una espiral de violencia que justificara el golpe del partido militar, junto con otros sectores que simultáneamente desde el Parlamento pedían la renuncia de la Presidenta de la Nación con el propósito solapado de ser considerados por el gobierno de facto que se predisponía por vía de la violencia a la toma del poder. Esto puso en evidencia la declinación de la voluntad de poder, la claudicación y la degradación de una inmensa mayoría de la dirigencia cupular de todos los sectores del país.
La Argentina se empobrece cuando el primer presidente electo, una vez recuperada la democracia, intenta romper la unicidad del proceso histórico cultural argentino promoviendo un "Tercer Movimiento Histórico" apoyado en valores de la socialdemocracia antes que en los de nuestra nacionalidad, en grado tal que lo llevó incluso a desconocer el mérito de todos aquellos compatriotas que habían combatido en Malvinas por decisión de la Junta Militar que nos impulsó a una guerra internacional, apelando a una causa legítima, para evitar el acceso al poder del Movimiento Nacional. Como en el siglo anterior, la elite del momento nos había hecho partícipes, por razones análogas, de la guerra de la Triple Alianza.
La Argentina se empobrece cuando el sucesor de ese presidente, quizás el último político de raza en esta etapa, reinstala al país en el mundo, genera un grado de certidumbre tal que llegan inversiones netas directas en escalas impensadas, y el índice de pobreza baja a 13.1 por ciento en 1994. Sin embargo, cuando avizora que no podría ser reelecto por segunda vez, en lugar de pasarle la posta a otro dirigente de su mismo signo político para que se institucionalizaran sus logros, prefiere declinar la eficiencia de su gestión para facilitar el advenimiento de un presidente de otro signo partidario especulando con que iba a ser menos apto que uno de su mismo "palo" y ello le facilitaría un retorno al poder. Como hemos visto en muchos momentos a lo largo de nuestra historia, el caudillo, a diferencia del conductor, subroga la suerte del conjunto a su interés personal.
El presidente que sobreviene no estaba preparado ni tenía energía para conducir el país. Frente a la impericia de gestión, se coaligaron las ambiciones de un candidato que no había podido llegar a la presidencia con los celos de un expresidente del mismo signo partidario del que gobernaba, y se produjeron hechos que aceleraron la caída del gobierno.
Luego de una serie de episodios oscuros en una semana en la que se alternaron mandatarios designados por el Congreso, el Parlamento finalmente instituye como presidente al candidato que, paradójicamente, había sido derrotado por el renunciante. Y éste, por hechos de violencia en la vía pública se siente impulsado a adelantar el proceso electoral promoviendo a un gobernador al que suponía iba a poder manejar a su antojo. Y el "antojo", sumando los dos períodos de su mujer, duró doce años.
Nunca hubo una circunstancia tan propicia para el país como en ese período y nunca hubo un gobierno que le sacara tan poco provecho. La Argentina crecía por el solo hecho de estar en el mundo -al que se despreciaba- pero el gobierno fue incapaz, por impericia, desidia y sectarismo, de transformar el crecimiento en desarrollo.
"Mejor que hacer es decir" parecía ser el apotegma de la etapa y el consignismo demagógico fue la tapadera intelectual para una exacción sin precedentes de los recursos del Estado, en nombre del estatismo. Se instaló el populismo como política cuando se consagró la supremacía de los intereses de los dirigentes con un beneficio "circunstancial" para la gente pero en franco detrimento de los recursos del Estado. Y como el Estado es un prestador de servicios, al quedar inerme, el populismo terminó siendo una política profundamente antipopular y antinacional.
A posteriori, la presidente saliente, con el mismo espíritu de caudillo, prefirió que la sucediera un candidato de un signo partidario distinto al suyo y contribuyó a entronizar al actual mandatario que, en definitiva, prolongó el populismo económico de su antecesora por vía del endeudamiento, como "Ella" lo había hecho por vía de la emisión. Como los perjuicios de estos dos mecanismos económicos, al igual que las escaras, no se ven hasta que el tejido de superficie está totalmente putrefacto, estos dos dirigentes se reparten, de momento, el porcentaje más importante de la opinión electoral, obturando premeditadamente el surgimiento de una tercera expresión política que los reemplace en las expectativas de la gente, y garantizando ambos la decadencia del país en grado tal que los índices de pobreza alcanzaron el 33,6 por ciento y que la mitad de los niños argentinos son pobres, mientras se incrementa el riesgo país.
Finalmente, la Argentina se empobrece cuando su dirigencia renuncia a la autonomía de una conciencia ético moral, se adhiere a la agenda de usinas culturales transnacionales y el cambio de poder, como vemos, pasa a ser un simple cambio de manos. Y nada más.
¿Qué hacer?
En primer lugar: tomar la próxima compulsa electoral no como un fin en sí mismo, sino como un medio para renovar una legitimidad que permita una nueva organización de la política que le dé a ésta un carácter concurrente con los intereses de "todos", que saque definitivamente al Estado de la disputa política y lo coloque, respecto del mercado, en una situación de armónico equilibrio para facilitar una verdadera revolución de participación política, generadora de un grado de consenso tal que permita que un pacto de las características del de La Moncloa restituya la unidad, la estabilidad, la seguridad y la credibilidad que el país requiere para afrontar los severos desafíos de la dura competencia internacional.
El grado de desarrollo tecnológico mundial es tal que los satélites han generado un sistema de comunicaciones que ha llevado la disputa de los mercados al ciberespacio desarrollando una inteligencia artificial predictiva que les permite anticipar las conductas de personas, sociedades, Estados o Naciones. E incluso manipularlas.
Por ello, si se indaga respecto de cuál debe ser la característica de liderazgo para la Argentina actual, surge una primera respuesta: aquella que nos permita construir más y mejor Nación, en el contexto de las nuevas características que ha ido adquiriendo la globalización. Aquella que nos permita desde la política apropiarnos de la tecnología para que el conocimiento por vía de la educación sea también una nueva esperanza.
Tuvimos recientemente un encuentro del G 20 en nuestro país y, salvo el protocolo, no aportamos nada; ni una sola idea para facilitarnos medios que contribuyan a edificar un Estado más eficiente, más competitivo y obviamente más solidario. En particular cuando todos sabemos que para que un país funcione se necesita incrementar sus tasas de ahorro y de inversión, tener el control de todas las variables macroeconómicas y fundamentalmente producir un liderazgo tecnológico que nos permita cabalgar el rumbo que, con una velocidad por nosotros impensada, tomó la evolución.
Lo que no hace el Estado, un poco antes o un poco después lo hace el mercado.
Por todo ello, para salir de la tiranía de lo inmediato, aun en vísperas de una nueva elección, lo perentorio es poner a la Argentina a pensar.
El autor es dirigente justicialista; ex Subsecretario general de la Presidencia y ex vicepresidente de la Internacional Demócrata de Centro (IDC)