En las últimas dos semanas el peso argentino se devaluó un 25 por ciento. En este contexto, se publicaron una incalculable cantidad de columnas de opinión que acudieron al concepto de "crisis de confianza" para justificar, entre otras cosas, la corrida cambiaria y la renovada tutela económica que ejercerá el FMI.
El argumento de la confianza de los mercados supone que si un Estado aplica las medidas correctas, estas generan un marco de previsibilidad en beneficio de los actores puramente racionales que son los empresarios. Como consecuencia, la confianza se manifiesta ante la sociedad y da lugar a un círculo virtuoso de inversiones y empleo. Este tipo de razonamientos considera que la confianza existe a priori y se presenta cuando los gobiernos ejecutan políticas adecuadas.
Una de las principales explicaciones utilizadas para justificar la devaluación es el aumento de la tasa de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos. Aquí encontramos una primera contradicción: el contexto internacional. Aunque los gobiernos lleven adelante las medidas correctas, un viento de frente lo suficientemente fuerte podría hacer tambalear las expectativas. Entonces, las posibilidades de generar perspectivas favorables dejan de ser intrínsecas a las decisiones de gobierno.
Otro de los razonamientos expuesto fue el de la supuesta mala intervención del Banco Central. Si no hubiese intercedido "dando signos de desesperación", el mercado se hubiera acomodado casi con naturalidad. El foco de esta crítica es la intervención per se, como si Federico Sturzenegger no hubiera pasado la prueba del laissez-faire.
El argumento de la confianza como espectro superpoderoso deviene en una encerrona trágica. No es nunca una causa ni una consecuencia. El esquema sería el siguiente: si los grandes actores económicos sufren una crisis de confianza, la consecuencia es que se fugan divisas. Si el Estado interviene, aunque sea para asegurarles el margen de rentabilidad mediante altas tasas de interés y ningún tipo de restricción normativa para el movimiento de ese capital, la desconfianza emerge por la intervención en sí. Finalmente, cuando el precio del dólar sube por las operaciones de los grandes actores financieros, la justificación de la corrida es la falta de políticas cambiarias y macroeconómicas claras. Es decir, la desconfianza genera desconfianza, y la confianza no se construye porque la confianza no está. Una reflexión inminentemente tautológica.
Debemos preguntarnos qué tipo de lógicas se pone en juego al momento de explicar una corrida. Para ello, hay que cuestionar la idea de que los múltiples análisis que circulan actualmente se basan en una descripción objetiva del mercado. Por el contrario, la mayoría de los diagnósticos respecto a la "crisis de confianza" expresan sobre todo un modo específico de comprender la dinámica económica y, por lo tanto, la realidad política y social. En otras palabras, la existencia de confianza depende de que el horizonte de decisiones políticas se construya a partir del comportamiento de los grandes actores financieros. Por eso, al referirse a dichos actores se los considera casi como evaluadores de las medidas ejecutadas por los gobiernos y también por eso la variable de ajuste nunca serán sus ganancias. Si leemos atentamente, sabremos que no se trata de análisis neutrales de los motivos que generan las oscilaciones del dólar, sino de la aplicación de una lógica que considera que las decisiones políticas deben estar subordinadas a los vaivenes del mercado financiero.
La autora es miembro de CESE-IDAES–UNSAM.