El presidente del Banco Central Federico Sturzenegger
El presidente del Banco Central Federico Sturzenegger

Si se les pregunta a diez economistas locales qué opinan de la posibilidad de dejar flotar el tipo de cambio libremente, ocho y medio dirán que la idea es inviable, irreal y solo un ejercicio de pura teoría. Un economista dirá que es perfectamente viable, pero inmediatamente condicionará el concepto de libre con alguna clase de limitación neutralizante. Solo medio economista de los diez dirá que la idea es viable y positiva, sin condicionarla.

Eso no es sorprendente en un país donde las universidades públicas se han ocupado durante la mayor parte de los últimos 40 años en difundir con aterradora preferencia las ideas de los dos máximos predicadores de la manipulación de mercados, Karl Marx y John Keynes. Ese sesgo académico y el temor atávico de los argentinos por la libertad con la que no saben convivir explican buena parte de las frustraciones económicas que han afectado y afectan al país y lo han llevado a celebrar como si fuera el gol del triunfo del mundial que la cuarta parte del país sea pobre.

Un tipo de cambio fruto de un mercado libre pondría en evidencia de modo instantáneo cualquier incoherencia o error en la política económica, ya que es la variable que mejor resume tanto el accionar del Estado en el aspecto fiscal como las expectativas de los factores económicos y cualquier manoseo a las reglas de seriedad económica por parte de cualquier gobierno. Es por eso que, como máximo, los encuestados en la metafórica compulsa del comienzo dirán que, para no crear un caos, se podría llegar a aplicar en un proceso gradual, que inevitablemente terminaría en la nada, como todo proceso gradual en la economía argentina, desde el inicio de la historia nacional.

El tipo de cambio regulado por cualquier método es la consecuencia del proteccionismo, el estatismo, la corrupción rampante e imparable en el gasto del Estado, el populismo que tampoco ha cesado, el negociado permanente en los contratos y las licitaciones, el enriquecimiento de los funcionarios, que es inmutable, con mayor o menor prudencia o desvergüenza. También es consecuencia de la incapacidad de los políticos que se atribuyen el monopolio de la democracia. Y al mismo tiempo es funcional a todo ese sistema perverso, al ocultar por un tiempo los efectos de todas esas prácticas. Por eso es que existe la creencia generalizada de que no es posible un mercado libre de cambios. Lo que en realidad no es posible es que ocurra todo lo otro que se ha descrito.

Por supuesto que los millonarios parásitos de la economía nacional y sus profesionales empleados calificarán estas afirmaciones de fundamentalistas, como lo han hecho siempre. En realidad tienen razón. Es fundamental partir de esa premisa de libertad cambiaria si se quiere resolver este cuento de nunca acabar que justamente comienza de nuevo y que va camino al mismo final que los otros cuentos.

En una reciente columna para Infobae, Roberto Cachanosky analizaba con gran justeza la situación grave que plantea el déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos frente a una deuda externa creciente. Un tipo de cambio libre no habría permitido que se llegase a esa situación. Sencillamente por el libre juego de oferta y demanda que habría subido el valor de la divisa, como otros "fundamentalistas" más talentosos lo han demostrado tantas veces y la realidad también. Y cuando sube el valor de la divisa, aumentan las exportaciones y se produce el efecto inverso, y así se tiende al equilibrio.

En su libro Volver a crecer, de 1987, Domingo Cavallo había propuesto pagar los intereses y la deuda con compra de dólares en el mercado, lo que devaluaría la moneda local todo lo que fuera necesario. "Un dólar altísimo" predicaba. Que luego al ser funcionario haya cambiado tan drásticamente no anula el acierto de su planteo como técnico.

Por supuesto que, una vez que se llega a niveles siderales de desfase, los argumentos de los becados del descalabro parecen tener asidero: "Pero si se libera el dólar de golpe, se paraliza la economía", entre otros. Si hubiera existido un tipo de cambio libre, el déficit se habría autocontrolado y reducido automáticamente. Es el manoseo el que hace que se lleguen a cifras insolubles. Claro que, una vez sumergido en el festival de gasto-endeudamiento en dólares-emisión para gastar y para comprar dólares, el Gobierno está en un zapato chino. Por un lado, fomenta la baja del dólar al crear las condiciones para el carry trade con la absorción de la continua emisión con Lebacs. Por otro, fomenta el alza de la divisa al crear desconfianza con su política de endeudamiento, gasto y déficit.

Mauricio Macri en la reunión de ministros de Finanzas del G20
Mauricio Macri en la reunión de ministros de Finanzas del G20

Al mismo tiempo, en su afán de controlarlo todo y ganar elecciones, se marea con los objetivos. Baja la tasa para no provocar recesión, pero como eso aumenta la inflación, deja la tasa donde estaba y presiona el dólar hacia abajo. Como eso aprecia el peso y afecta las exportaciones, sale a comprar dólares con las reservas para apreciar la divisa, pero como eso le encarece los precios, tampoco permite que se aprecie demasiado. Entonces su política monetaria oscila entre controlar la inflación y mantener acotado el tipo de cambio. Lo que necesariamente crea otra vez incertidumbre, que aumenta la demanda de dólares y pone nerviosos a los financistas.

A eso se suma lo que tan bien expresa Cachanosky en su nota: los prestamistas se preguntan si van a tener que financiar el gradualismo que este año costará 30 mil millones de dólares mínimo y el que viene con suerte algo similar, y así hasta llegar a una calesita loca al agregar intereses crecientes. Lo que vuelve a poner presión sobre el dólar y hay que salir a vender reservas, que supuestamente se habían comprado con emisión de pesos para recomponer un stock adecuado.

Esto ocurre por una combinación de despropósitos. Porque, al no pararse el gasto desaforado, se aumenta el déficit y la emisión de pesos. Porque se eligió el camino absurdo de endeudarse en dólares para pagar gastos en pesos, como advirtiéramos en esta nota de hace dos años con lamentable acierto. Esto implica a duplicar los intereses.

Al no poder parar la emisión porque el gasto no baja, y al no poder absorber del todo la cantidad necesaria de circulante por el miedo a la recesión, cualquier suba del dólar se traslada a los precios, lo que no pasaría si no se emitiese y se repartiese crédito (Esto también ha sido demostrado y probado infinidad de veces). Pero lo máximo que se escucha pedir es que haya un dólar más alto, una especie de ruego. Nunca se pide un dólar libre, la verdadera respuesta.

Quienes defienden el gradualismo no deberían criticar al Gobierno por todos los demás temas puntualizados aquí, porque es la simple consecuencia de aquello con lo que están de acuerdo, sin analizar en profundidad lo que defienden o en el ánimo de ser solidarios. Eso termina llevando a no usar la deuda para pagar los costos de transición, sino para mantener con vida al gasto mortal. Con lo que la deuda no es una deuda por única vez, sino que se multiplica eternamente.

Y por último, también afecta el tipo de cambio el haber elegido endeudarse en dólares para pagar pesos, ya que, como decía esta columna hace dos años, eso condena al Gobierno a una de dos fatalidades: revaluar el peso si vende los dólares en el mercado para pagar gastos o emitir más pesos si los compra para reservas, lo que recomienza la telaraña dinámica fatal.

Lo paradójico es que, a la larga, el peso sufrirá la devaluación que se trata de evitar, pero brusca y descontroladamente, sin que se haya eliminado el problema inicial. Y si se acude al FMI como último recurso, también exigirá el ajuste que se quiere evitar a tan alto costo, y será más duro y desordenado. Pero, mientras tanto, con los funcionarios entretenidos en sacar con un dedal el agua con que inundan a baldazos la casa, se habrá retrocedido otra vez varios casilleros, se habrá empobrecido a más gente que arriesga, fundido a más productores y se habrán perdido oportunidades irrecuperables.

Macri no cambiará ninguno de estos vicios, empecinado en seguir, no en guiar. Eso sí, seguramente Cambiemos ganará la reelección presidencial. "Y ahí sí hará los grandes cambios" dirán los más ilusos. Y seguramente jamás el tipo de cambio surgirá de un libre mercado. Porque, como dicen los ordeñadores del país, al que tienen de rehén, "eso sería fundamentalismo".