El aroma a nacatamal llenó la casa desde temprano, como cada vez que Carlos Iván Torrez González y su madre, Reyna González Sandoval, preparan la receta heredada de Juigalpa, en Nicaragua. No es solo una comida: es el hilo que los mantiene unidos a sus recuerdos y a una tierra que dejaron hace décadas.
La historia empezó mucho antes del viaje. En 1976, cuando Reyna tenía diecisiete años y vivía con su abuela, aprendió a preparar nacatamales para vender en su comunidad.
Era una tarea que exigía paciencia: preparar la masa, adobar la carne, limpiar las hojas de plátano, envolver cada pieza y cocerlas durante horas. Entre 1980 y 1992, esa receta fue el sustento de la familia en Nicaragua, hasta que las circunstancias la obligaron a dejar el pequeño negocio.
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En diciembre de 1997, Carlos tenía diez años cuando cruzó la frontera con su familia. Sus padres ya conocían el camino: viajaban cada temporada para trabajar en las cosechas de café, pero esa vez decidieron quedarse en Costa Rica.
La migración trajo desafíos: la economía apretaba y los niños, como Carlos y sus hermanos, aprendieron a trabajar en el campo desde muy jóvenes, según relataron a 100% Noticias.
Con el tiempo, la vida de Carlos tomó otro rumbo. Logró licenciarse en Contaduría Pública y trabajó más de una década en una empresa privada. Pero la pandemia de covid-19 en 2020 los hizo mirar hacia atrás, hacia la receta familiar que había quedado guardada. Una tarde, madre e hijo retomaron la preparación de nacatamales. Al principio, solo los hacían por encargo en fechas especiales, pero pronto la demanda creció.
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Ahora, cada 22 días, dedican cerca de dos jornadas enteras a la producción. Preparan entre 80 y 100 nacatamales por tanda, con pedidos de clientes particulares y pequeños comercios que esperan la nueva entrega.
Carlos asegura que el secreto no está en un ingrediente misterioso, sino en la paciencia y la fidelidad a la receta de su abuela, como detalló en conversación con 100% Noticias.
Para los Torrez González, hacer nacatamales no es solo vender comida. Es compartir un pedazo de historia y de identidad nicaragüense con quienes viven lejos de su país de origen. Como cuenta Carlos, su deseo es que quien pruebe uno de sus nacatamales sienta el sabor de la cocina de Nicaragua y un poco de hogar.
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El siguiente paso ya tiene nombre: Mágica Dulzura. La familia planea abrir un negocio formal donde los nacatamales convivan con repostería y pasteles, pero sin modificar la receta original, esa que sobrevivió a la migración y al paso del tiempo.
La historia de los Torrez González es solo un fragmento de un fenómeno más amplio. En el cuarto trimestre de 2025, la Encuesta Continua de Empleo de Costa Rica calculó que vivían en el país 333,111 personas nacidas en Nicaragua, un 6.2% de la población analizada. Muchos, como ellos, comenzaron en la agricultura o el trabajo manual y encontraron en la cocina una manera de salir adelante.
La receta que cruzó la frontera sigue viva. Con cada nacatamal, la familia Torrez González reafirma su historia y su identidad, mientras construye un presente en un país distinto, sin olvidar nunca de dónde vienen.
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