La mañana del sábado 12 de mayo de 1979, el sol sobre Managua no anunciaba vida, sino el estertor de una tiranía que se negaba a morir sin antes devorar a sus hijos.
En el residencial Bosques de Xiloá, el silencio habitual de las quintas y el aire fresco de la laguna cercana fueron fracturados por el estruendo de los motores y el metal de las armas.
No hubo advertencias, no hubo proclamas de rendición; solo el ingreso violento de la Guardia Nacional (GN) en una de las operaciones más atroces de la agonía somocista.
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Para finales de la década de los setenta, Nicaragua era un hervidero bajo el puño de Anastasio Somoza Debayle. “Tacho”, como se le conocía, era el último eslabón de una dinastía familiar que había secuestrado el poder por más de cuarenta años.
Educado en la academia militar de West Point y jefe supremo de la Guardia Nacional, Somoza no era solo un presidente, sino el dueño de un sistema basado en el clientelismo y la represión.
En aquel 1979, atrincherado en su búnker, veía cómo el control del país se le escapaba entre los dedos mientras la comunidad internacional le daba la espalda. Su respuesta, ejecutada a través de la Oficina de Seguridad Nacional (OSN) y las fuerzas élite de los BECAT, fue institucionalizar el terror. Aquel mayo, el objetivo era desarticular las células clandestinas que preparaban la ofensiva final en la capital. Pero lo que ocurrió en Xiloá no fue un combate; fue una cacería humana.
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El refugio vulnerado
En el interior de una de las viviendas, la cotidianeidad se mezclaba con la urgencia revolucionaria. Allí se encontraba Alfonso González Pasos, un hombre que había transformado su hogar en un hospital clandestino para sanar a quienes el régimen buscaba aniquilar. Junto a él, figuras clave de la resistencia: el ingeniero Omar Hassan Morales y Cristian Pérez Leiva, un experto en explosivos cuya mente era vital para los planes del Frente Sandinista.
Sin embargo, la muerte no discriminó jerarquías. La irrupción de la bota militar alcanzó también a los más vulnerables. En un acto de sevicia que las crónicas de La Prensa y El Nuevo Diario recordarían por décadas, las fuerzas represivas persiguieron a tres niños por los pasillos de la casa. Los pequeños, buscando el amparo imposible de una cama, fueron alcanzados por las ráfagas. Sus vidas terminaron allí, bajo la madera, en un rincón de oscuridad y espanto que desnudó la catadura moral del régimen.
El escenario tras la retirada de la Guardia era dantesco. 11 cuerpos yacían en la propiedad y sus alrededores, incluyendo el residencial Los Loyes. Entre las víctimas estaba Sandra Delgado Roque, una trabajadora doméstica de apenas 17 años. Su cuerpo, hallado con señales de una violencia extrema y vejámenes que trascendían el asesinato político, se convirtió en el símbolo de la indefensión civil ante el poder absoluto.
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El informe forense posterior fue una bofetada a la versión oficial del régimen, que intentó disfrazar la masacre de “enfrentamiento armado”. Las heridas de bala a quemarropa y los signos de tortura confirmaron lo que el pueblo ya sabía: fueron ejecuciones sumarias. Los peritajes demostraron que no hubo intercambio de disparos; solo hubo verdugos y víctimas.
Dos hombres, Francisco Figueroa y Julio Solórzano, lograron sobrevivir al infierno tras ser capturados. Sus testimonios, junto con los archivos que Confidencial ha preservado, permitieron reconstruir el impacto estratégico de aquel día. La Guardia Nacional había dado un golpe a la logística del FSLN, obligando a las columnas guerrilleras a reorganizar sus planes y desplazar el peso de la insurrección hacia los barrios orientales de Managua.
Un legado que no se apaga
El sacrificio de Xiloá no fue en vano en la aritmética de la guerra. La brutalidad del operativo actuó como un catalizador del odio popular contra la figura de Somoza Debayle. El costo humano estimado por la Cruz Roja en más de 50,000 muertes durante la dictadura alcanzó en esa mañana de mayo una de sus cimas más oscuras.
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Hoy al cumplirse 47 años, los nombres de los 11 de Xiloá vuelven a resonar como un eco que se niega a desvanecerse. Aquel 12 de mayo es la historia de una Nicaragua que, entre los escombros de la represión, encontró la fuerza para empujar el último muro de la dictadura apenas dos meses después, el 19 de julio de 1979.
Xiloá permanece en la memoria colectiva no solo como una herida abierta, sino como el recordatorio permanente de que, incluso en la hora más oscura, la dignidad puede ser perseguida, pero nunca ejecutada.