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El desafío logístico detrás de cada fruta argentina que llega a Europa

Cesar Madeo, presidente de una compañía exportadora de productos del campo, explica cómo la logística, los costos portuarios y las rutas marítimas condicionan a la fruta argentina en el mundo

Cesar Madeo es presidente de una compañía exportadora de productos del campo (Foto: Movant Connection)

El camino que atraviesan la pera, la manzana y los cítricos argentinos antes de llegar a los mercados internacionales es, según Cesar, mucho más largo de lo que parece. “Para que la fruta salga de origen y llegue a destino final al consumidor es una cadena muy larga y riesgosa”, explica, y desde ahí repasa cómo el clima, los costos logísticos, las cámaras frigoríficas, las escalas portuarias y la competencia de otros países definen buena parte del resultado final.

¿Qué rol juega hoy Argentina en el comercio internacional de frutas y hortalizas?

En estos productos, Argentina tuvo en una época mucho peso, incluso sin competencia en ciertos rubros. Con el tiempo surgió la competencia de países como Sudáfrica, Perú y Australia, y Argentina se fue relegando en varios frentes.

Brasil sigue siendo un gran mercado, una aspiradora de productos argentinos más estándar, como pera y manzana. Pero falta superarse frente a competidores como Perú, que con un clima de primavera eterna se convirtió en una máquina de producción.

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Argentina quedó relegada a nichos y mercados puntuales. En limón, por ejemplo, era el único proveedor en contraestación hasta que Sudáfrica le hizo cada vez más sombra y hoy es su principal competidor del hemisferio sur.

¿Cuánto pesa la logística en esa pérdida de competitividad?

Argentina tiene la logística y las ganas, pero los costos son muy elevados. El transporte interno, los costos portuarios y el ingreso terminal de un contenedor dejan al país fuera de competencia en ciertos momentos puntuales.

Por eso mucha carga terminó saliendo vía Chile, que en ciertos momentos resulta más competitivo. Hay empresas de logística cada vez más profesionales, pero el peso de los impuestos condiciona todo el circuito de exportación.

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Argentina tiene la capacidad logística que necesita: hay varias empresas dedicadas a eso, cada vez más profesionales. El problema no es la falta de infraestructura sino la estructura de costos, que podría ser mucho más competitiva.

"El potencial de las economías regionales argentinas es enorme: el suelo, la gente y las ganas de trabajar están", sostiene Cesar (Foto: Shutterstock)

¿Qué implica, en términos logísticos, que una fruta llegue en perfectas condiciones a un destino lejano?

Para que la fruta salga de origen y llegue a destino final al consumidor es una cadena muy, muy larga y riesgosa. La cosecha de peras empieza en enero, con temperaturas de treinta grados o más en el valle de Río Negro, Argentina.

Con ese calor se necesitan cámaras frigoríficas, y la energía es muy cara en la zona. La fruta debe mantenerse entre menos uno y siete grados, según el tipo, mientras afuera hace treinta o cuarenta grados: todo el proceso de cosecha, guardado en cámara y empacado es un desafío permanente.

A eso se suman los riesgos climáticos, como el granizo, que puede hacer perder parte o toda una cosecha, y las plagas, como la mosca de la fruta. La logística empieza antes de la cosecha misma, con la mano de obra especializada que muchas veces hay que traer de otro lugar, alojar y sostener durante todo el proceso.

¿Cómo es, en la práctica, el recorrido que hace una fruta desde el campo hasta Europa?

Del campo la fruta va a una cámara de frío y luego a un proceso de empacado similar al de las cajas que se ven en la verdulería, aunque pensado para exportación. Después vuelve a la cámara de frío y recién ahí sube al camión.

Antes de subir al camión hacia el puerto, el envío pasa por la aduana con los requisitos del SENASA, que controla que cumpla con los estándares de sanidad y calidad exigidos. Recién ahí el contenedor llega a un puerto, que puede ser Buenos Aires, Bahía Blanca, San Antonio Oeste, Zárate o incluso un puerto chileno, y sube al barco. El servicio puede ser directo o hacer escala en un puerto brasileño o en Callao, Perú, antes de subir a otro barco.

Desde ahí puede llegar a un puerto de conexión europeo, como Tánger o Algeciras, desde donde ese barco sigue hacia el Mediterráneo, el norte de Europa o Asia. Cuanto más lejos el destino, más escalas: un contenedor puede tener tranquilamente dos, tres o cuatro.

¿Cuánto puede durar toda esa travesía, y cómo la afectó el conflicto en el Mar Rojo?

Una travesía puede durar entre una y dos semanas si el destino es Brasil, dos o tres semanas a Centroamérica, tres semanas a Estados Unidos, cuatro semanas a Europa y cinco o seis semanas a Oriente, según cada trayecto puntual.

Con la guerra en el golfo, toda la logística que iba a Dubái y a los Emiratos Árabes tuvo que rehacerse: primero por barco hasta Arabia y de ahí por camión, lo que hizo esos trayectos mucho más largos y también más caros.

¿Qué expectativas tenés sobre el futuro cercano del sector?

Hay productos donde Argentina puede mejorar bajando costos o con variedades nuevas, pero hoy el país está caro en términos relativos a otras monedas. La fruta argentina tiene, de todos modos, un sabor que no se compara con el de otros orígenes.

El sector necesita profesionalizarse y tomar conciencia de que un veinte por ciento más de esfuerzo puede traducirse en un cien por ciento más de resultado. Las certificaciones son caras pero necesarias, y una mejor selección en la plantación y en la cosecha hace diferencia.

El potencial de las economías regionales argentinas es enorme: el suelo, la gente y las ganas de trabajar están, pero ese potencial sigue relegado frente a otras prioridades de la política económica del país, año tras año.