El acceso a servicios de salud, la discriminación y la búsqueda de alternativas han marcado la experiencia de las personas que pertenecen a la comunidad LGBTIQ+ en México y otras regiones.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la población de la diversidad sexual y de género recurre en mayor proporción a la atención privada, a diferencia de quienes no pertenecen a este colectivo, que suelen utilizar servicios públicos.
Esta tendencia fue investigada por Itzel Cadena Alvear, colaboradora de investigación de la Coordinación para la Igualdad de Género de la UNAM, durante su participación en el ciclo de conferencias sobre salud e identidades sexogenéricas.
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La especialista explicó que en países como Brasil se observa un fenómeno semejante. Un censo reciente reveló que la mayoría de las mujeres lesbianas utiliza servicios privados, lo que podría estar relacionado con la mayor capacitación y sensibilidad de estos espacios sobre diversidad afectiva y sexual. Sin embargo, la experiencia clínica sigue siendo compleja. Un alto porcentaje reporta temor o vergüenza de hablar sobre sexualidad en consultas médicas, lo que limita su acceso a información y diagnósticos oportunos.
Esta situación no solo afecta el bienestar físico, sino también la salud mental y emocional. El organismo señala que el 88.7% de quienes integran la comunidad LGBTIQ+ enfrenta estrés, ansiedad y miedo en entornos de atención médica, lo que lleva incluso a la autocensura al relatar sus vivencias durante las consultas.
Obstáculos en la atención médica de la comunidad LGBTIQ+
Una de las principales barreras identificadas es la invisibilidad de las experiencias específicas dentro del sistema de salud. Estudios recientes advierten que la falta de información en los registros oficiales dificulta la generación de políticas públicas inclusivas. Por ejemplo, los datos del censo nacional no distinguen entre lesbianas, bisexuales u otras identidades, lo que impide conocer a fondo sus necesidades particulares.
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Además, la exposición a contextos discriminatorios y de precarización impacta de manera diferenciada dentro del colectivo. Se ha detectado que las mujeres bisexuales experimentan mayores afectaciones en la salud, principalmente debido al estrés crónico asociado a la discriminación, incluso dentro de la misma comunidad. Por otro lado, persisten mitos que obstaculizan la salud sexual, como la creencia de que las lesbianas tienen bajo riesgo de contraer infecciones de transmisión sexual, lo cual retrasa la realización de pruebas preventivas.
La falta de formación adecuada en diversidad entre profesionales sanitarios genera entornos clínicos poco seguros para quienes buscan atención, provocando conductas de autocensura y evitando consultas preventivas esenciales.
Estrategias para la salud inclusiva
Ante estos desafíos, se han desarrollado múltiples iniciativas de autogestión y apoyo dentro del colectivo, según relató Itzel Cadena. Redes de cuidado, organizaciones civiles y materiales educativos (como manuales, revistas y plataformas digitales) han surgido para fortalecer la salud sexual y psicoemocional, especialmente entre mujeres lesbianas y bisexuales. Estas acciones han resultado fundamentales para contrarrestar la exclusión institucional.
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Como perspectiva a futuro, se plantea la necesidad de repensar la continuidad en el bienestar, integrando dimensiones afectivas y socioculturales en el abordaje clínico.
La propuesta feminista invita a superar la dicotomía entre salud y enfermedad, y a promover una escucha clínica sensible a las realidades sociales. Herramientas como el pluralismo epistémico y la diversidad en las ciencias pueden contribuir a transformar los saberes médicos y a visibilizar la pluralidad de formas de vivir la sexualidad, logrando entornos más dignos y equitativos para todas las personas.