Mi hermana se volvió vegana mucho antes de embarazarse. Nunca fue por moda, detox ni wellness. Su razón siempre fueron los animales, la crueldad y la incomodidad de entender que detrás de muchos productos cotidianos existe sufrimiento que normalmente preferimos no mirar demasiado.
Cuando años después decidió convertirse en mamá, esa decisión no desapareció. Al contrario: se volvió todavía más importante para ella. Mi sobrina creció vegana desde el embarazo y algo que siempre me llamó la atención fue ver cómo muchas personas reaccionaban como si eso fuera extraño, extremo o incluso irresponsable.
La conversación alrededor de las madres veganas casi nunca es solo sobre comida. Es sobre lo que representan. Porque una mujer que decide no participar en ciertas formas de consumo animal inevitablemente termina cuestionando algo más profundo: la forma en la que normalizamos la violencia hacia otros seres vivos mientras hablamos constantemente de empatía, cuidado y amor. Y eso suele incomodar muchísimo más de lo que la gente quiere admitir.
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En América Latina, el consumo de carne prácticamente se duplicó en las últimas décadas, de acuerdo con datos de la FAO. México además es uno de los mayores productores de carne de la región y millones de animales son criados y sacrificados cada año dentro de sistemas industriales que permanecen prácticamente invisibles para la mayoría de las personas. Todo eso ocurre tan normalizado que rara vez pensamos en ello, hasta que alguien decide dejar de participar.
También he escuchado algo muy particular en muchas mujeres que atraviesan la maternidad y el veganismo al mismo tiempo: que el embarazo o la lactancia cambiaron completamente la forma en la que perciben a otros mamíferos, especialmente a las vacas utilizadas por la industria láctea. Porque la leche deja de sentirse abstracta cuando has alimentado a otro ser humano desde tu propio cuerpo. De pronto aparecen preguntas que antes parecían lejanas. Preguntas sobre maternidad, separación, reproducción y vulnerabilidad.
Eso no significa que ser una madre vegana sea automático ni improvisado. La Academy of Nutrition and Dietetics sostiene que una alimentación basada en vegetales, semillas y frutas bien planificadas son adecuadas para todas las etapas de la vida, incluida la infancia y el embarazo. Claro que requiere información y atención a nutrientes específicos como vitamina B12, hierro y omega 3, pero el problema no es el veganismo en sí mismo, sino la enorme cantidad de desinformación que todavía existe alrededor de él.
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Lo curioso es que seguimos cuestionando muchísimo más a las madres veganas que a industrias enteras. En América Latina, alrededor del 30 por ciento de niñas y niños vive con sobrepeso u obesidad, según datos de UNICEF y la OPS.
Vivimos rodeados de ultraprocesados, marketing infantil agresivo y sistemas alimentarios profundamente dañinos para animales, personas y medio ambiente. Y aun así, para mucha gente, lo radical sigue siendo una madre que decide no consumir animales.
Tal vez porque las madres veganas hacen algo que incomoda muchísimo: vuelven visible aquello que el sistema funciona mejor cuando permanece invisible.
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