El ruido del entorno se ha convertido en un problema sanitario en México y a nivel mundial, que avanza sin la misma atención que otras formas de contaminación.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que la exposición constante a altos niveles sonoros no solo afecta la audición, sino que también genera estrés, alteraciones del sueño y padecimientos cardiovasculares.
En la actualidad, este fenómeno es considerado la segunda causa de enfermedad de origen ambiental, únicamente por debajo de la mala calidad del aire.
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Cada año, el último miércoles de abril, se conmemora el Día Internacional de la Concienciación del Ruido, una fecha que busca visibilizar los efectos de este problema que afecta a muchas personas,
En este contexto, la Universidad Iberoamericana retomó un análisis presentado en 2024 mediante su plataforma IBERO Propone, en el que se plantea una política pública enfocada en atender la contaminación acústica en México.
Aunque el ruido ha estado presente desde el crecimiento de las ciudades industriales, durante mucho tiempo fue percibido únicamente como una incomodidad cotidiana. No obstante, estudios recientes han demostrado que se trata de un contaminante con consecuencias acumulativas que pueden ser severas para la salud.
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Actualmente se reconoce que los fuertes sonidos alteran las condiciones normales del entorno cuando supera ciertos niveles, como más de 65 decibeles durante el día.
En México, también se ha vinculado con pérdida auditiva, irritabilidad, ansiedad y disminución del rendimiento cognitivo.
Propuesta para enfrentar la contaminación acústica
A partir de este panorama, la iniciativa desarrollada desde IBERO Propone plantea abordar el ruido no solo como un tema ambiental, sino como un factor clave en el bienestar integral.
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Basada en evidencia científica y en el análisis del entorno urbano actual, la propuesta subrayó la necesidad de adoptar medidas preventivas que reduzcan la exposición antes de que derive en afectaciones a la salud.
Entre los principales planteamientos se encuentran:
- Reconocer el ruido como un asunto de salud pública, más allá de considerarlo una simple molestia urbana.
- Actualizar y reforzar la normativa vigente, estableciendo límites claros junto con mecanismos eficaces de supervisión.
- Integrar criterios acústicos en la planeación de las ciudades, desde el diseño de infraestructura hasta el ordenamiento territorial.
- Impulsar sistemas de monitoreo que permitan generar información útil para la toma de decisiones.
- Fomentar campañas de sensibilización dirigidas a la ciudadanía, promoviendo un uso responsable del sonido en espacios públicos y privados.
Estas acciones buscan pasar de un enfoque reactivo a uno preventivo, con el objetivo de disminuir los efectos del ruido antes de que se traduzcan en enfermedades.
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