
La endometriosis es una condición inflamatoria que se caracteriza por el crecimiento de tejido similar al endometrial fuera del útero, lo que puede provocar un dolor intenso y afectar sistemas como el gastrointestinal y el nervioso.
Aunque las molestias asociadas suelen ser crónicas, tienden a intensificarse durante la menstruación. Esta afección impacta aproximadamente a una de cada diez mujeres, así como a un número no determinado de personas transmasculinas y no binarias.
En México, se estima que el diagnóstico de endometriosis suele demorarse en promedio nueve años, y hasta ahora no existe un tratamiento curativo; las estrategias disponibles se centran principalmente en el manejo del dolor, muchas veces invasivo y con difícil acceso económico, de acuerdo con información de la Universidad Nacional Autónoma Mexicana (UNAM).
Más allá de sus implicaciones clínicas, este padecimiento pone de manifiesto una problemática más profunda relacionada con el conocimiento biomédico convencional. La ausencia de comprensión cabal de esta condición ha llevado a que se la etiquete como un “enigma” o el “camaleón de la ginecología”, debido en gran parte a las limitaciones en la producción del conocimiento científico dominante.
¿Carencia de saber o desinformación deliberada?
Desde una perspectiva feminista, esta carencia de saber no es accidental; responde a lo que filósofas feministas como Nancy Tuana y Marilyn Frye han denominado “ignorancia cultivada”: una desinformación deliberada sobre cuerpos y experiencias consideradas inferiores, reforzada sistemáticamente por prácticas epistemológicas tradicionales.
La interpretación feminista disputa el supuesto de que la endometriosis sea un misterio biológico irresoluble. Sostiene que la ambigüedad en torno a su estudio está estrechamente vinculada con la reproducción sistemática de un no-saber que ha excluido y silenciado las experiencias de quienes viven con esta condición.
Esta ignorancia estructurada tiene consecuencias directas en la vida de las pacientes, quienes enfrentan obstáculos como la violencia afectiva en contextos clínicos: sus relatos de dolor a menudo son minimizados, interpretados como desorden de tipo psicoemocional o desestimados como exageraciones, mientras que el dolor menstrual se normaliza socialmente como algo inherentemente propio de la experiencia femenina.

Los modelos explicativos tradicionales de la endometriosis suelen enfocarse en el útero, la actividad estrogénica y la menstruación como principales causas, restringiendo así la consideración de otras variables pertinentes.
Esta perspectiva reduccionista tiende a limitar la salud de las mujeres a su capacidad reproductiva y ha dado pie a sugerencias infundadas, como concebir el embarazo como un supuesto tratamiento, pese a la ausencia de evidencia científica que lo respalde.
El papel de las mujeres en la medicina
La incorporación histórica de mujeres en la formación científica y tecnológica, entre los siglos XIX y XX, ha aportado marcos alternativos para comprender fenómenos de salud que antes eran ignorados. Las luchas feministas por la salud de las mujeres entre 1960 y 1980 propiciaron espacios epistemológicos autogestivos que cuestionaron la noción de objetividad tradicional, situando la experiencia vivida como un elemento central en la producción de conocimiento científico.
Desde esta óptica crítica, la endometriosis deja de verse como un enigma y se aborda como una condición multisistémica que involucra factores ambientales, endocrinos, inmunitarios y metabólicos.
Este enfoque ha impulsado propuestas de investigación más integradoras, donde el manejo interdisciplinar de la enfermedad se encuentra en fase de prueba. Además, expertas y como experiencia de las propias personas afectadas han contribuido recientemente a demandas dirigidas a organismos como los National Institutes of Health para redefinir clínicamente la enfermedad y ampliar las rutas de investigación, diagnóstico y tratamiento.
Reevaluar la endometriosis desde una mirada feminista implica cuestionar no solo qué se investiga, sino también para quiénes se genera ese conocimiento. Esta perspectiva invita a desafiar los sesgos que sostienen la ignorancia cultivada y propone construir saberes científicos más equitativos, capaces de reconocer a las pacientes como sujetas de conocimiento y no meramente objetos de estudio.
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