
Una persona se encuentra en una iglesia exponiendo sus pecados, confiesa haber matado a una madre por conseguir a su hija, el confesionario está vacío pero el ruido de un bebé sorprende a un cura que enciende unas velas a metros del lugar. La cuna ensangrentada es una imagen tan potente como la de la asesina colgada a las puertas del templo.
Así comienza el nuevo cortometraje de Netflix llamado Disco Inferno. Dirigido por Matthew Castellanos (que no tiene experiencias en largometrajes) y guionado por él junto a Mike Ambs. Lo protagonizan Soni Bringas (Beautiful & Twisted) y Stephen Ruffin (Sleepy Hollow).
El cortometraje como experimento
Las plataformas de streaming están comenzando a innovar en la distribución de los cortometrajes, lo hizo Mubi en su momento y hace poco Netflix sorprendió con el estreno de cuatro largometrajes exclusivos de Wes Anderson.
El cortometraje para el director es una herramienta tanto de aprendizaje como de experimentación, pero el problema reside en la falta de espacios para su distribución. La mayoría participan de algún que otro festival y luego quedan encajonados. Por suerte, estamos viendo los albores de un nuevo despertar.
En este caso concreto, Disco Inferno dura tan solo 18 minutos y los sabe aprovechar, ya que comienza con una suerte de prólogo que sienta las bases del tono, para ir al conflicto principal: una pareja de baile que además son novios y que participarán de un concurso de baile setentero en Inferno, una discoteca muy reconocida asentada en lo que antes era una Iglesia.
Ella comienza a ver a una figura femenina que la observa desde las sombras y que podemos distinguir como la mujer que se suicidó al principio.
Un lugar sin tiempo ni espacio
Disco Inferno sabe aprovechar el formato porque en menos de veinte minutos suma un momento musical (donde Soni Bringas despega su talento y sensualidad), un conflicto suave y luego el plato fuerte: una revelación que es el nudo narrativo que desemboca en la resolución del conflicto.
Porque de más está decirlo: la discoteca se erigió sobre el dolor y la oscuridad de esa iglesia que vimos al comienzo.
Otro punto fuerte es el tratamiento estético: los peinados y el vestuario remiten directamente a la década del setenta, pero nunca queda claro si es una representación en términos festivos o si estamos en esa década.
La aparición de personas del colectivo LGTBQI+ y cierto tipo de conversaciones dan a entender que la historia se desarrolla en el presente, pero la conformación de ese universo es tan potente que no es necesario desarrollarlo.
Algo de Sam Raimi y algo de giallo
El uso de los colores fuertes y saturados, con mucha presencia del rojo y el azul remiten directamente al ‘giallo’, un subgénero nacido específicamente desde Italia para el cine, entre los sesenta y los setenta. Un momento muy emparentado con la diégesis de la historia que se cuenta.
Las películas del giallo se caracterizan por un misterio y/o asesinato, que mezcla lo detectivesco con sangre y horror; una puesta de cámara barroca con sonidos y fondos musicales discordantes que se aderezan con una paleta de colores saturados que escapan de cualquier viso de realidad. Pero aquí existe una pequeña diferencia: mientras que en el giallo el asesino siempre se mantiene en las sombras y no se averigua sino hasta el final, aquí vemos a la mujer asesina en una estética muy similar al cine de Sam Raimi.
Su corporalidad, su maquillaje y la forma de moverse remiten directamente a Arrástrame al infierno (Drag Me to Hell, 2009). Este ser oscuro quiere obtener algo de la protagonista y la hará atravesar un camino entre dos universos: el real y el demoníaco.
Disco Inferno es una experiencia snack (pequeña, compacta, como un aperitivo) para tiempos de spooky season (’época de sustos’, haciendo referencia a Halloween), no pretende más que lograr un impacto a través de imágenes potentes y un conocimiento pleno del género. Seguramente no será recordada en un tiempo, pero nos permite algún que otro sobresalto pasajero. Se agradece.

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