
El día en que se cumplían 28 años de su estreno internacional en el Festival de Cine de Venecia, el director Marcelo Piñeyro se reencontró con los protagonistas de su segunda película, Leonardo Sbaraglia y Cecilia Dopazo, para verla en pantalla gigante en versión remasterizada, junto a un público invitado por Netflix para vivir este acontecimiento histórico del cine argentino.
Entre los invitados estaban también los actores Daniel Kuzniecka y Fernán Mirás, que interpretan roles secundarios en la película, y se sumaron al director en la presentación previa a la proyección del film. El único que faltó fue Héctor Alterio, que vive en España desde hace años y visitó por última vez Buenos Aires el pasado mes de abril. Sin embargo, estuvo presente en las anécdotas del equipo y en el recuerdo de todos.
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José es un hombre de setenta años del que poco sabemos cuando decide entrar a asaltar un banco en la secuencia inicial de la película. Tras un breve prólogo donde recita en off su filosofía de vida mientras camina camuflado por las calles de la ciudad, entendemos que lo perdió todo y solo le queda algo por hacer. En una estrategia desesperada, amenaza con dispararse frente a Pedro (Leonardo Sbaraglia), un empleado del banco que vive una vida acomodada sin mayores preocupaciones.
La única condición que pone José para no hacerlo es recuperar la plata que el banco le estafó hace unos años. Desesperado, Pedro busca la forma de evitar que el hombre se dispare en la cabeza, y encuentra por casualidad miles de dólares guardados en el cajón de la oficina de su mejor amigo Rodolfo (Daniel Kuzniecka), el gerente del banco. Tras la sorpresa inicial, le entrega todo el dinero a José y se ofrece de rehén para ayudarlo a escapar y evitar que lo maten.
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Ese encuentro imprevisible entre dos hombres que no tienen absolutamente nada en común, será el disparador para la historia de Caballos Salvajes (1995), una road movie como las que ya no se hacen. Marcelo Piñeyro venía del éxito arrollador de su ópera prima Tango Salvaje (1993), la biopic sobre Tanguito protagonizada por Fernán Mirás y Cecilia Dopazo. El cine, por su parte, recuperaba la tradición de las películas de ruta gracias a tanques como Thelma y Louise (1991), de Ridley Scott y Asesinos por Naturaleza (1994), de Oliver Stone.
Caballos Salvajes tiene esa cualidad de película hollywoodense con héroes improbables y villanos marcadísimos, pero una impronta localista que la vuelve un tesoro del cine argentino. El contexto político y socioeconómico de crisis permanente, contrastado con los bellísimos paisajes del sur, da como resultado un escenario inequívocamente criollo. Las pinceladas del guion (concebido por el mismo Piñeyro junto a la destacada escritora y periodista Aída Bortnik) dotan a sus personajes de matices ambiguos y complejos, al igual que las situaciones que van atravesando.
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Esta complejidad es la que puede convertirlos en justicieros para unos y criminales para otros, y es precisamente con esas categorías que juega a lo largo de la película para desafiar al espectador y no dejarlo que se acomode durante mucho tiempo en ninguna conclusión. Aunque este ejercicio se hace siempre desde una mirada accesible, casi lúdica, pero no por eso menos realista y acertada. Tan acertada, que sigue estando vigente -y de hecho, se resignifica a la luz del contexto político actual- tres décadas después. Uno puede pensar en Piñeyro como un adelantado o en los vaivenes del país como un ciclo que se repite. O ambas cosas.
Otro de los aspectos que resulta particularmente vigente al día de hoy es el rol de los medios en la formación de la opinión pública, a pesar de las pintorescas diferencias propias de la época. Fernán Mirás y Antonio Grimau personifican las dos caras de la misma moneda, encarnando a un notero novel que descubre la noticia y un periodista experimentado que sabe exactamente qué hacer con ella. Aunque en un punto sus personajes son solamente un dispositivo de la trama para hacer avanzar la historia principal, ofrecen un interesante retrato de la época y permiten hacer varios paralelismos con la era de la comunicación mediatizada en la que vivimos.
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Pero lo importante -más allá de la percepción de Pedro y José en la opinión pública- es la relación que forjan entre ellos dos. Partiendo de una base en la que no tienen prácticamente nada en común, encuentran un punto de contacto en su apreciación de la vida humana por sobre todas las cosas. Esa es la porción de terreno fértil en donde florece una amistad movilizadora y una dinámica que termina siendo casi de padre e hijo. Aunque hay muchísimas cosas que no sabemos sobre ambos, es información que tampoco necesitamos. Y la que sí nos brinda el guion, lo hace de manera dosificada y a veces más sutil que otras, siempre en función de la relación entre ambos.
En este punto, la aparición de Ana (Cecilia Dopazo) sirve como catalizadora de una experiencia que transforma por completo a sus protagonistas, y hace que todo valga la pena. La apuesta ya no es sobre el dinero y la posible condena, sino sobre la vida y la muerte, el amor y la forma en que nuestras decisiones pueden cambiarlo todo para siempre. Y cómo esas cuestiones individuales son atravesadas por la solidaridad colectiva. La esperanza de que no todo está perdido y un futuro mejor es posible motiva la frase que pronuncia con vehemencia el personaje de Héctor Alterio. Y que quedaría grabada a fuego en la cultura de una nación tan caótica como apasionada:
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“¡La puta que vale la pena estar vivo!”

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