La colombiana Estefanía Carvajal presenta su novela ‘Las vanidades del mundo’: “Nuestro orgullo y nuestras vanidades al final no aportan nada”

Literatura Random House publicó este año la primera novela de Carvajal Restrepo, la joven autora colombiana que ya se había hecho conocer con su libro “Niebla en la yarda”. En su visita a Bogotá, la escritora antioqueña habló con Infobae acerca del proceso de escritura de esta nueva obra

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Su primer libro es "Niebla en la yarda", título publicado por Angosta Editores (Foto: Santiago Díaz Benavides).
Su primer libro es "Niebla en la yarda", título publicado por Angosta Editores (Foto: Santiago Díaz Benavides).

Quien ya la ha leído antes puede dar fe del talento y la disciplina de Estefanía Carvajal Restrepo en la escritura. Su primer libro, surgido de su tesis de grado, premiada por el Círculo de Periodistas de Bogotá, le permitió a una jovensísima autora entrar por la puerta grande de la literatura colombiana. En su momento, Niebla en la yarda, título publicado por Angosta Editores, nos dejó asistir al encuentro de una voz fresca, intensa, más que prometedora.

221 páginas en total en las que la autora nos presentó las historias de Asdrúbal Brid, Javier Marulanda y El Lince, tres colombianos que tuvieron que pagar sus penas en prisiones norteamericanas; una magnífica obra de no ficción que supo treparse en las estanterías colombianas y la dejaba a Carvajal Restrepo como una de las nuevas voces del periodismo narrativo.

Muy joven se fue a estudiar Escritura Creativa en Nueva York y allí le dio forma, de la mano del fallecido Sergio Chejfec, a la historia que nos congregaría a los lectores, unos años después, alrededor de su primera novela. En junio de 2022, la editorial Penguin Random House, a través de su sello de narrativa contemporánea (Literatura Random House), publicó Las vanidades del mundo, el esperado segundo libro de la escritora antioqueña.

En esta novela, Carvajal Restrepo retrata una historia familiar a partir de personajes rotos, y mientras va contando el acontecer de estos personajes, narra una época en el país de las emociones tristes. La voz que cuenta la historia es la de una mujer que se hace preguntas sobre sí misma y su pasado familiar, sobre cómo han llegado hasta ese momento en el que parece que todo se ha venido abajo.

El tío Enrique ha muerto y la abuela no lo llora en el entierro; el abuelo se ha sumido en el mutismo; nadie dice nada, pero es porque tampoco nadie pregunta nada. Entonces, acudiendo a las maneras del buen cronista, la narradora comienza a entrometerse, a investigar, a descifrar la historia de esa familia que es la suya, pero de la que desconoce tantas cosas, y llegan las preguntas a papá y a mamá, las preguntas a Ratón y al tío Rodrigo; las preguntas a Sofía y las preguntas a los muertos, a los que ya no están en sus cinco sentidos, y luego las conjeturas.

La primera novela de Carvajal Restrepo fue publicada por Literatura Random House (Foto: Santiago Díaz Benavides).
La primera novela de Carvajal Restrepo fue publicada por Literatura Random House (Foto: Santiago Díaz Benavides).

La trama nos sitúa en Bello, Antioquia, un espacio en el que la ideología conservadora, que tan dueña ha sido de nuestras formas colombianas, cerca cada posibilidad de ser, limitando las acciones y las palabras, incluso la manera de sentir, en un tiempo muy parecido a este, pero que va variando conforme avanzan las preguntas; nos vamos para atrás y de repente estamos en los setenta, o en los cuarenta. Creo que, incluso, en algún pasaje alcanzamos a viajar hasta los años treinta. No podía ser distinto, claro, pues estamos asistiendo a la historia de esta familia, casi desde su gestación.

Con la muerte de Enrique empieza el recorrido y con la muerte de Enrique se termina. Todo está trazado como si fuera un círculo en el que se repiten los dilemas y los errores, en donde el amor termina desplazado por la rabia y el dolor. El tío Enrique es para la narradora la puerta que se abre para ella poder entenderlo todo. Entonces, de su mano, reflexionamos sobre temas como la sexualidad y la muerte, lo humano y lo salvaje.

“Las vanidades del mundo” es una novela en la que el lector entiende que no importa nada más allá del mismo paso que uno da en el tiempo que le ha tocado vivir. Al final, y lo sabemos bien, morimos y nada nos llevamos. Los personajes aquí retratados están rotos por dentro, tienen fisuras, heridas, y así como ellos, somos todos, que callamos hasta el dolor más profundo, que guardamos el secreto más oscuro, con el ánimo de que el mañana no sea tan gris como el hoy, con la esperanza de que, quizá, todo pueda ser mejor. Y así vivimos, y así viven estos personajes de Carvajal Restrepo, esperando que todo sea mejor.

Luego de no haberla visto por unos años y con una pandemia que se atravesó, me reencuentro con Estefanía en el salón de un hotel en Bogotá. Me recibe con el cabello recogido sobre la cabeza y unos anteojos que la primera vez que la vi no tenía sobre su rostro. Yo también me veo diferente y ya no soy ese que era entonces, sino el que ella tiene en frente. Saco mi ejemplar de su novela y ella me pregunta si me ha gustado. No le respondo directamente sino que le pido que no deje de escribir, que por favor no deje de hacerlo. Y entonces, como la narradora de Las vanidades, le hago preguntas.

La escritora antioqueña publicó su primera novela "Las vanidades del mundo" (Foto: Santiago Díaz Benavides).
La escritora antioqueña publicó su primera novela "Las vanidades del mundo" (Foto: Santiago Díaz Benavides).

—¿Qué tanto se parece esta familia de la novela a la tuya? Porque la narración sugiere una suerte de testimonio, aunque se sabe que es ficción.

—En realidad se parece bastante. Especialmente ese personaje de la abuela. No es un retrato vivo de mi familia, pero sí se parece mucho. La historia de esta familia bebe mucho de la historia de mi familia, pero es ficción. Asimismo, se alimenta de la historia de otras familias. Sin embargo, mis inquietudes se parecen a las de quien narra. Mis preguntas empezaron cuando mataron a mi tío, y la relación entre él y la abuela es lo que detona las preguntas del libro, que no fueron formuladas realmente. Fue una técnica que copié del periodismo para crear la ilusión de una investigación, de una reportería familiar, una especie de informe. En ese orden de ideas, hay cosas de mi familia, pero también muchas otras que surgieron de la ficción, porque la novela las necesitaba.

—¿En qué momento llega la primera imagen de esta novela? ¿Cuál es el germen de esta historia?

—La novela empieza a dar vueltas en mi cabeza, porque las ideas son así, caprichosas, y dan vueltas por donde quieren y cuando quieren. Son como fantasmas que deambulan, o revelaciones que llegan de repente. Empezó cuando asesinaron a mi tío y aparecieron las primeras preguntas. Ya en el máster en Nueva York, me dedico a darle forma. Hice unos ejercicios que parecían más de no ficción y luego sentí la necesidad de acudir a esa libertad que da la novela, a ese mundo entero de posibilidades narrativas y formales. Quería ser rebelde con eso que había aprendido del periodismo.

—¿Qué preguntas hubo que hacer para retratar ese espacio de Bello en el que se da la novela, que parece ser tan hostil para los personajes?

—Aunque Bello es hoy una vecina siamesa de Medellín, lo que pasaba unos años atrás era distinto. Antes había una distancia mucho más marcada entre ambas ciudadades, cuando Bello no era más que un pueblo y tenía, sigue teniendo, sus propias dinámicas. Bello es más violenta que Medellín, más conservadora, aunque al mismo tiempo tiene una moral muy lapsa.

Tengo un recuerdo de mi niñez, de antes de que hubiese lo que hoy se conoce como ‘Orgullo’, de un desfile de travestis que se hacía cada 31 de octubre en Bello. De hecho, esa es una escena que aparece en la novela, en el pasaje en que conversan Ratón y la narradora. Este personaje que a mí me gusta mucho. De manera que, en cuanto a revisión propiamente histórica o social, no fue mucho lo que hice. Alimenté la novela con mis propios recuerdos y con lo que me habían contado. No hacía falta investigar tanto, hay que resaltarlo, para saber que este era un sitio muy hostil con el distinto.

Sí hubo una indagación a través de la literatura. Volví a leer a Fernando Vallejo, que retrata una Medellín gay en los años noventa, especialmente para las partes en que intento retratar esta movida marica en esta época en la que ya se empezaba a mostrar, aunque corrían peligro, y lo siguen corriendo, pero cada vez menos. En Colombia no es un delito, por lo menos. En varios otros países se paga incluso con la vida. Una cosa es que te maten por rabia o por celos, y otra por ley. No es un tema superado del todo, pero al menos ya se ven personas gay o trans en cargos importantes, cargos públicos. En los ochenta o en los noventa eso era impensado.

—Esta novela habla sobre las grietas que tenemos todos; las grietas de quien narra, de quien se hace preguntas, y las que yacen en estos personajes, que están rotos por dentro y se van desmoronando poco a poco con el correr de las páginas. El título, en ese sentido, creo que está más que bien escogido. ¿Fue algo que tenías pensado desde el inicio o apareció cerca del final?

—El título fue una iluminación, realmente. El capítulo final fue el único que escribí de corrido, esa especie de epílogo que me sirvió para atar los cabos de la historia. Empezó como un borrador de otro capítulo y cuando lo terminé y volví a leerlo, me di cuenta de que me gustaba ese tono onírico, esa forma de ir metiéndose por entre esas grietas. Entonces, llegó esa frase en el cementerio que no pretendía ser un título sino simplemente un momento de la narración. Cada que pasaba por el cementerio de Girardota la veía en una lápida y me daban escalofríos del solo hecho de pensar en lo pequeños e insignificantes que somos y en cómo nuestro orgullo y nuestras vanidades al final no aportan nada. Todos terminamos en el mismo sitio.

Por esta frase llegué al eclesiastés y ahí encontré el sentido de la novela, que es cíclico, generacional, de grietas que se van pasando de generación en generación; de ese karma de la soledad, de esta abuela que se llama justamente así, Soledad, que es el único nombre que no cambié. Mi abuela se llamaba así. Entonces, esta soledad casi que se transmite como un gen. Venía de los bisabuelos y pasa a los hijos. El eclesiastés reúne todo eso y le dio mucho sentido a lo que quería contar.

—La novela inicia con la muerte del tío Enrique, pero el personaje que sostiene todo es el de la abuela. ¿A qué obedece la ferocidad que yace en la relación de estos dos personajes?

—Estos dos personajes, el tío y la abuela, son una especie de antagonistas, de rivales, de opuestos. Ella es como una pared y él es otra cosa, es el diferente. Al final, terminan juntos, porque eso es lo que subyace más allá de las vanidades. Es la paradoja de cómo termina todo.

—Tanto en Niebla en la yarda como en Las vanidades del mundo hay una facilidad para retratar, casi como si fuera una foto, ciertos momentos de la narración. Es posible captar el olor a muerto en las habitaciones y ver las partículas de polvo sobre las mesas. Técnicamente hablando, ¿cómo se consigue generar en el lector este tipo de sensaciones?

—Tengo una obsesión con los espacios interiores. Mi manera favorita de procrastinar es ver por internet casas que nunca podré comprar. Me gusta ver espacios e imaginarlos de otras maneras. La palabra, entonces, brinda herramientas para tratar de mostrar esos espacios de una forma distinta a lo que una fotografía, por ejemplo, puede hacer. Una fotografía no te deja oler, no te lo sugiere. Puede hablarte de cómo puede sentirse la temperatura de un lugar, pero no te la hace sentir. Quizás, la fotografía limita estas experiencias. La literatura, en cambio, te da la posibilidad de crear la imagen y las sensaciones que la acompañan. De repente está uno ahí metido, de lleno, no solo contemplando desde afuera.

—Si bien la novela tiene un cierre, el lector puede llegar a sentir que quedan cosas flotando, pero no porque la trama sugiera una continuidad en sí, sino porque las inquietudes de quien escribe siguen estando ahí. Fue así con el primer libro y parece suceder ahora con el segundo.

—No tengo muy claro qué escribiré después, pero sí soy consciente de que mis inquietudes suelen repetirse. No es posible darles respuesta en un solo libro. Desde hace mucho me interesa ahondar en el rumor, en la palabra que corre. Tal vez de eso se trata, y todo se basa en el intento, en el ensayo. Estoy aprendiendo a escribir todavía, de la única forma que se aprende a hacerlo, que es leyendo y escribiendo.

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