Las siete semanas en las que tambaleó el comunismo chino: de la muerte de un líder al hombre que desafió a los tanques en Tiananmen

El fallecimiento de Hu Yaobang, el 15 de abril de 1989, detonó una protesta masiva que sacudió a China. Un movimiento por la libertad que desafió al régimen y culminó dos meses después con una violenta represión

Una multitud reunida en la Plaza de Tiananmen. Aún es una de las mayores manifestaciones a favor de la democracia en la historia de China (AFP)

En la madrugada del 15 de abril de 1989, la noticia de la muerte de Hu Yaobang sacudió a Pekín. El rumor, que corrió por pasillos universitarios y círculos intelectuales antes de confirmarse, detonó una reacción inmediata como inesperada. El sentimiento de orfandad generalizada se debió a que, para muchos, con su fallecimiento también se cerraba la última puerta hacia la democracia en un país con alta inflación, con corrupción cada vez más evidente y donde los jóvenes enfrentaban, como pocas veces, desconcierto sobre su futuro, lo que contrastaba con la riqueza de unos pocos.

El ex secretario general del Partido Comunista Chino había sido uno de los principales impulsores de cambios dentro del gobierno, y su ausencia dejó la sensación de que ya no quedaba nadie en el poder dispuesto a escuchar o defender esas demandas. Así, el luto dejó de ser solo duelo y se transformó en una protesta cargada de desesperación.

Ese descontento encontró en el fallecimiento de Hu la chispa necesaria para la protesta que estaba dormida. En cuestión de horas, miles de estudiantes ocuparon la Plaza de Tiananmen con retratos del líder, exigiendo que el gobierno reconociera su labor. Lo que empezó como un homenaje escaló rápido: el luto se mezcló con el reclamo por la libertad de prensa y el fin de los privilegios oficiales. El funeral de Hu, que atrajo a una multitud, se convirtió en el nacimiento de un movimiento que, semanas después, desembocaría en la masacre de junio de 1989.

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Estudiantes homenajeando a Hu Yaobang en el Monumento a los Héroes del Pueblo, en la Plaza de Tiananmen, bajo carteles que reclaman democracia y libertad (AFP)

El estallido: de la orfandad política a ocupar la Plaza

La noticia de la muerte de Hu Yaobang causó mucho más que tristeza; provocó un vacío de poder emocional en toda una generación. Él había sido el “rostro humano” del comunismo chino, y su partida se sintió como haber perdido la última oportunidad para lograr una reforma pacífica. En las facultades de Pekín, los pizarrones se llenaron de poemas y proclamas que preguntaban: “¿Por qué el que debe vivir ha muerto y los que deben morir viven?”.

A las pocas horas de conocerse la noticia de la muerte de Yaobang, lo que comenzó como un pequeño grupo llevando coronas de flores al Monumento a los Héroes del Pueblo se convirtió en una procesión constante de miles de personas.

Los estudiantes exigían que el Partido Comunista limpiara su nombre tras haberlo destituido en 1987 por negarse a reprimir las protestas estudiantiles de ese año y por su tolerancia ante las ideas de apertura democrática, algo que los sectores más duros del régimen calificaron como “liberalismo burgués”. Esa demanda de justicia póstuma fue la puerta de entrada para otros reclamos que llevaban años cocinándose a fuego lento...

La llegada a la Plaza de Tiananmen fue, primero, fluida. Los grupos ingresaban, rendían sus homenajes y se iban. Pero, la actitud fría y distante del gobierno cambió el ánimo de los jóvenes que comenzaron a molestarse al sentir que sus peticiones eran ignoradas. Con esa sensación, los estudiantes decidieron que la Plaza —el corazón simbólico del país— no era solo un lugar de recreación sino el territorio indicado para ocupar y hacerse escuchar.

Miles de personas participaron de la vigilia en Hong Kong para conmemorar el aniversario de la masacre de Tiananmen, en recuerdo de las víctimas de la represión de 1989

A medida que el diálogo se estancaba, la organización estudiantil se volvió más sólida. Comenzaron a redactar peticiones formales en las que exigían un encuentro con el primer ministro Li Peng, el rechazo oficial fue tajante. Eso se interpretó como un insulto y consolidó la protesta. Así, la plaza empezó a funcionar como una ciudad autónoma, con su propia logística, seguridad y debates políticos al aire libre. Los jóvenes habían llegado para quedarse.

Para finales de abril, el homenaje a Hu había quedado atrás. Ahora había tomado el espacio público y transformado en un espacio democrático donde se discutían temas antes prohibidos: la libertad de prensa, el fin de los privilegios de los funcionarios y la necesidad de un sistema más transparente. Lo que el gobierno chino subestimó como un duelo pasajero, se había convertido en un desafío directo a su autoridad.

Asustados, un grupo traslada a dos de los tantos heridos al hospital (AP /Jeff Widener)

La marea social y la visita de Gorbachov

Para mayo, la movilización dejó de ser exclusiva de las universidades. El descontento que prevalecía comenzó a llegar a otros sectores sociales que sufrían una inflación asfixiante y veían cómo la corrupción devoraba el crecimiento económico. Profesores, investigadores y, fundamentalmente, trabajadores industriales, empezaron a marchar junto a los jóvenes, dándole al movimiento una base social mucho más peligrosa para el régimen.

La entrada de los obreros fue un punto de inflexión. El gobierno, encabezado por el primer ministro Li Peng y bajo el control estratégico del líder máximo Deng Xiaoping, se presentaba como el representante de la clase trabajadora; sin embargo, veía ahora cómo esa misma clase se unía a los estudiantes para exigir cambios estructurales. Las protestas se replicaron en otras ciudades del país, pero Pekín seguía siendo el epicentro de un fenómeno que los medios estatales, controlados por el sector más duro del Partido Comunista, intentaban ocultar con un silencio total.

Ese cerco informativo se rompió con la llegada del líder soviético Mijaíl Gorbachov. Su visita era un evento histórico diseñado para mostrar una China unida y moderna ante la comunidad internacional. Sin embargo, con Gorbachov llegó la prensa extranjera de todo el mundo. Los periodistas, que habían viajado para cubrir una cumbre diplomática, terminaron transmitiendo en vivo la ocupación de la Plaza de Tiananmen.

La presencia de las fuerzas armadas no detuvo las demandas estudiantiles de reformas políticas y mayor libertad (AFP)

La exposición mundial le dio un escudo invisible a los manifestantes. Sabiendo que el mundo los miraba, los estudiantes radicalizaron su protesta iniciando una huelga de hambre masiva. Las imágenes de jóvenes debilitados y atendidos por médicos voluntarios en carpas improvisadas dieron la vuelta al globo, generando una ola de solidaridad que el régimen de Deng Xiaoping no sabía cómo gestionar frente a las cámaras de las cadenas de noticias CNN y la BBC.

Para mediados de mayo, las concentraciones alcanzaban a unas 150 mil personas de forma permanente, y en los días de mayor convocatoria se hablaba de más de un millón. La plaza se llenó de carteles en inglés para que los entendiera la audiencia internacional. Lo que había nacido como un funeral local se había convertido ahora en la noticia principal en cada rincón del planeta, poniendo al gobierno chino en una posición de humillación pública como nunca antes.

Una de las imágenes más tristes: jóvenes que fueron asesinados muestras iban en sus bicicletas (AFP)

La fractura del poder y la llegada de los tanques

Mientras en las calles se gritaba por libertad, dentro de las paredes de la Ciudad Prohibida —el antiguo palacio imperial que simboliza el hermetismo del poder en China— se libraba una batalla descomunal. Allí, los líderes del Partido Comunista se reunían en secreto para decidir el futuro del país, protegidos por muros que los separaban de la multitud que ocupaba la plaza. En ese contexto, el Partido se fracturó en dos bandos irreconciliables. Por un lado, los moderados liderados por Zhao Ziyang, el secretario general que sí quería dialogar con los manifestantes, buscaban una salida negociada; por otro, los “duros” como Li Peng y los ancianos del partido, bajo la tutela de Deng Xiaoping, creían que cualquier concesión significaría el fin del sistema.

Ese quiebre interno hizo que la protesta se extendiera por varias semanas más, pero también aumentó la desesperación de los sectores más conservadores. Para ellos, el orden era más importante que cualquier reforma. El 19 de mayo, en un gesto desesperado, Zhao Ziyang visitó la plaza entre lágrimas para pedirle a los estudiantes que se retiraran, advirtiendo que el ejército ya tenía órdenes de avanzar. Fue su última aparición pública antes de ser puesto bajo arresto domiciliario.

Hubo personas que contemplaron el saldo de destrucción la mañana posterior a la masacre (AFP)

Al día siguiente, el 20 de mayo, el gobierno declaró la Ley Marcial. Lejos de lo esperado, la primera reacción popular volvió a ser inesperada: miles de ciudadanos de Pekín salieron a las calles para bloquear pacíficamente el paso de los convoyes militares. Durante varios días, los camiones con soldados quedaron varados, rodeados de abuelas y trabajadores que les explicaban que los estudiantes no eran enemigos, sino sus propios hijos.

Este “empate técnico” duró poco. Los líderes del Partido, pensando en la posibilidad cada vez más real de perder el control total del país, ordenaron un despliegue masivo de tropas desde provincias lejanas para asegurar que los soldados no tuvieran vínculos afectivos con la población de Pekín. La decisión estaba tomada: la plaza debía ser recuperada a cualquier precio antes de que el movimiento se volviera incontrolable.

En la madrugada del 4 de junio, el Ejército Popular de Liberación comenzó su avance final. Las columnas de tanques blindados y tropas de infantería entraron por las principales avenidas disparando contra las barricadas y la multitud que intentaba detenerlos. No hubo caso. Fue una operación militar, casi bélica, contra una población civil desarmada. La noche fueron horas interminables de disparos de fusil y estallidos de tanques que avanzaban triturando todo a su paso hacia el centro de la ciudad.

Una joven herida de bala agoniza en los alrededores de la plaza Tiananmén (AFP)

La masacre y el eco del “Hombre del Tanque”

El ingreso a la Plaza de Tiananmen fue una represión sangrienta. Aunque los estudiantes intentaron resistir de forma pacífica hasta el último minuto, la superioridad de fuego fue aplastante y no pudieron contra eso. Los testimonios describen escenas de caos total, hospitales colapsados y una ciudad que pasó del júbilo democrático al terror militar en pocas horas. El número exacto de víctimas sigue siendo un secreto de Estado, pero se estima que hubo miles de muertos y heridos.

Pero no se detuvo allí: en los días siguientes, la represión no se limitó a la plaza. Se iniciaron detenciones masivas en todo el país y los líderes estudiantiles más conocidos pasaron a listas de “más buscados”; algunos lograron escapar al exilio en la llamada “Operación Yellowbird”, pero muchos otros terminaron en prisión o desaparecidos. El régimen impuso un duro control sobre la información, borrando cualquier rastro de lo ocurrido en los medios oficiales.

El hombre desafió a una columna de tanques un día después de la masacre de la plaza Tiananmén

El 5 de junio, sucedió algo que capturó la esencia del conflicto. Un hombre anónimo, solo y cargando dos bolsas de compras, se paró frente a una columna de tanques que circulaba por la avenida Changan. Cada vez que el tanque líder intentaba esquivarlo, él se movía para bloquearle el paso nuevamente. Fue un duelo de voluntades que duró minutos y que se convirtió en la imagen más fuerte de la resistencia individual frente a la fuerza bruta. Nunca se supo quién fue ni lo que pasó con él después de que unos civiles lo retiraran de la calle. No hay registros de que haya sido arrestado ni ejecutado, lo que alimenta su mito como un símbolo de la dignidad humana. En el resto del mundo, esa imagen definió la percepción de China por décadas; dentro de China, es una de las fotos más censuradas en internet y en los libros de historia.

Luego de ese último gesto de desafío, el silencio se impuso. El régimen inició una persecución nacional que terminó con miles de arrestos y la purga de los líderes reformistas, como Zhao Ziyang, quien pasó el resto de su vida bajo arresto domiciliario.

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