La transformación del sistema penitenciario en Guatemala se instaló como una condición para debilitar estructuras criminales y reforzar la seguridad ciudadana durante un foro organizado por Fundesa este 22 de julio, donde expertos y centros de análisis coincidieron en que la crisis carcelaria combina déficit de personal, hacinamiento, escasa inversión y una rehabilitación social relegada.
El diagnóstico incluyó una de las cifras más duras del sistema: las prisiones guatemaltecas operan con una ocupación del 299.4 %, casi el doble del promedio regional de 157 %, pese a que el país registra la tasa de encarcelamiento más baja de América Latina. La capacidad instalada apenas llega a 7,922 espacios, mientras la población recluida se mantiene por encima de 22,000 personas.
Durante el primero de los foros previos al Encuentro Nacional de Empresarios de 2026, la Fundación para el Desarrollo de Guatemala concentró la discusión en los “Retos y oportunidades del Sistema Penitenciario”.
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El encuentro abordó la gestión de recursos humanos, el control interno, la seguridad en los centros y la rehabilitación como objetivo final del sistema.
Guatemala tiene la menor tasa de encarcelamiento de la región y la mayor sobreocupación carcelaria
La presentación central estuvo a cargo de la investigadora Corinne Dedik, con base en el estudio “Retos y Oportunidades del Sistema Penitenciario en Guatemala”, elaborado por la Coalición por la Seguridad Ciudadana junto con el Centro de Investigaciones Económicas Nacionales, Crime Stoppers y Fundesa.
El documento sostiene que el crecimiento acelerado de la población privada de libertad no estuvo acompañado por una evolución equivalente del sistema.
Los datos expuestos muestran que la tasa promedio mundial de personas privadas de libertad es de 145 por cada 100 mil habitantes. Guatemala registra 123, la más baja de América Latina, mientras El Salvador alcanza 1,659, la más alta de la región.
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Esa baja tasa de encarcelamiento convive con un hacinamiento extremo. Según el estudio, la causa principal es la falta de inversión en infraestructura durante los últimos 15 años.
Entre 2008 y 2020, la población reclusa prácticamente se triplicó hasta superar las 25,000 personas. Tras la pandemia de Covid-19, el número descendió, pero en 2025 quedó estancado y todavía se ubica por encima de los 22,000 reclusos.
Dedik señaló que otros países centroamericanos ampliaron su infraestructura penitenciaria con nuevos centros, incluidos complejos de máxima seguridad y megacárceles. En Guatemala, en cambio, la capacidad actual responde a ampliaciones menores y no a la construcción de nuevos recintos.
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El sistema opera con déficit de custodios y mínima inversión en rehabilitación
El asesor del Ministerio de Gobernación Kane Matheu describió el problema como una deuda histórica del Estado con el sistema penitenciario. Según explicó, esa brecha se refleja en la falta de personal técnico y de guardias para el resguardo de los centros.
Matheu precisó que la relación de un guardia por cada 15 privados de libertad solo se cumple en un escenario ideal. “Se mencionaba una cifra preocupante, sí, de un guardia por cada quince privados de libertad, pero es en un día bueno, ideal, pero a veces, contemplando las faltas por suspensión, por salud, por llamadas de atención, llegan a ser incluso de un guardia por cada treinta privados de libertad, entonces la magnitud se amplía”.
De acuerdo con el CIEN, el Sistema Penitenciario dispone de cerca de 4,000 agentes, que trabajan en turnos de ocho días laborales por ocho de descanso y reciben una remuneración líquida aproximada de Q6.100 mensuales. El estudio también advierte un número limitado de médicos, psicólogos, trabajadores sociales y personal especializado para atender a la población recluida.
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La dimensión presupuestaria refuerza ese diagnóstico. El costo diario por privado de libertad asciende a Q118.41 y el presupuesto vigente del sistema para este año es de Q991 millones, equivalente al 0.08 % del Producto Interno Bruto, por debajo del promedio centroamericano de 0.17 %.
La rehabilitación social ocupa una porción mínima de esos recursos. El análisis presentado en el foro indica que solo el 0,4 % del presupuesto penitenciario se destina a servicios de rehabilitación y que la reincidencia ronda el 60 %.
Entre las conclusiones del estudio se remarcó que la falta de infraestructura y personal limita el control interno, que continúan ingresando objetos ilícitos a las cárceles, que la “talacha” sigue siendo un problema serio y que la rehabilitación no ha sido priorizada. Como salida, el documento propone una planificación institucional de largo plazo, una carrera penitenciaria con régimen disciplinario especializado, retomar proyectos como el bloqueo de señal telefónica y fortalecer los programas de rehabilitación.
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