El lugar de los abuelos en la familia es especial, pero requiere equilibrio: ellos pueden encuadrar a sus nietos mientras éstos están a su cuidado, pero no deciden sobre las cuestiones de fondo, tales como a qué escuela asistirán, cuántas horas de pantalla por día estarán autorizadas o qué actividades extracurriculares son adecuadas para ellos.
Pueden aconsejar a los hijos pero con discreción. Se trata de un equilibrio que no siempre es fácil de lograr.
Ahora bien, en compensación, hay actitudes o costumbres propias de los abuelos, en cierta forma privilegios que ellos tienen en ese vínculo, que contribuyen a consolidar su rol y alimentar el afecto y apego que les tendrán sus nietos.
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El amor incondicional que aporta seguridad y confianza
El amor de los abuelos es incondicional. La famosa chochera, ese cariño inconmensurable que los lleva a “malcriar”, como suele decirse, a los nietos, tiene una importancia crucial en su crianza. El afecto sin límites les da a los niños una validación que se traduce en seguridad y consolida su personalidad. Ellos necesitan sentirse amados y a salvo, seguros.
Los padres brindan ese amor, sin lugar a dudas, pero también son los encargados de poner límites y marcar conductas; los abuelos están libres de esa responsabilidad.
La Teoría del Intercambio de Afecto (AET, por sus siglas en inglés), de la psicología evolutiva, sostiene que dar y recibir afecto, cariño, mejora la supervivencia, reduce el estrés y fortalece los vínculos.
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Los abuelos no juzgan a los nietos; éstos se sienten queridos y valorados por lo que son. Y pueden desarrollar su personalidad de un modo más libre y seguro.
La escucha total
Es una derivación de lo anterior. El abuelo y la abuela se dedican a los nietos. No les prestan una sola oreja mientras hacen otra cosa. Por lo general, su dedicación es total. Esto hace que el niño se sienta valorado. Esta dedicación exige por supuesto mucha paciencia e indulgencia. No todos los abuelos tienen esas virtudes; habrá que ejercitarlas para estrechar lazos con los pequeños que suelen ser reiterativos, caprichosos, que de muy niños pueden tener dificultades para hacerse entender, que empiezan con un tema y enseguida se distraen con otro, etcétera, etcétera.
Si la reacción adulta es tolerante, el niño ganará confianza en la comunicación de sus sentimientos. Los chicos tienen un radar para detectar la incomodidad del adulto sobre un tema y cerrarse en sí mismos como reacción.
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Naturales y sinceros
Y esto lleva a la tercera actitud: la naturalidad. Ser sinceros y directos. Los niños se dan cuenta cuando una persona es honesta con ellos y cuando no lo es. Si perciben que el abuelo o la abuela están realmente a gusto en el vínculo, que se sienten bien con ellos, que no están simplemente cumpliendo una obligación, el sentimiento será recíproco.
La sinceridad con los niños es esencial. Decirles las cosas a la medida de su capacidad de comprender, por supuesto. Pero tener en cuenta que toda mentira u ocultación generará sentimientos negativos y los llevará a imaginar explicaciones por ellos mismos con los consiguientes malentendidos difíciles de corregir luego. Esto último vale también para los padres, obviamente.
Ser abuelos sin medida
En cuanto a los beneficios que para los abuelos trae el tiempo pasado con sus nietos, además del placer en sí mismo, cuidarlos refuerza el sentimiento de ser útiles y brinda una compañía que atenúa el sentimiento de soledad que experimentan algunas personas mayores.
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En su delicioso libro El arte de ser abuelo, el escritor francés Víctor Hugo describe de un modo conmovedor la felicidad que experimenta por el tiempo pasado con los dos nietos con los que convive. “Soy abuelo sin medida”, dice. “Abuelo sin freno”. “¡Por ellos subo a las sillas!”, exclama, exponiendo otro beneficio de este vínculo: los niños obligan a sus abuelos a moverse.
A sus nietos quiere darles todo, consentirlos sin límites. Es su cómplice en las travesuras. “Les hago saltar todas las leyes”, confiesa. Pero en su defensa, alega, en forma de poesía: “Ciertamente, se le perdona al anciano, que espera la fría noche, / Su amor por la gracia y la risa y el amanecer…”
Son privilegiados los que han tenido un abuelo o una abuela cómplices en la infancia...