Siglos de civilización han intentado domar el espíritu humano tratando de alcanzar la felicidad, la pureza u otros tantos ideales, sin embargo, los resultados han sido nimios y las exigencias enormes. El filósofo Byung-Chul Han sostiene que hay un nuevo deber moral en el que todo debe ser positivo, activo y productivo y la forma de desobedecer es la tristeza, el cansancio o el aburrimiento.
En una cultura que valora la actividad constante, el entusiasmo y la felicidad, los momentos de calma, repliegue o desánimo suelen aparecer como problemas a resolver, superándolos o disimulándolos. Estos momentos permiten hallar una dimensión de valor: su capacidad para interrumpir el ritmo de lo cotidiano y abrir un espacio de reflexión sobre nuestros deseos y nuestra capacidad de elaboración.
Cierto desánimo puede ser una forma de detenerse a reflexionar cuando nos confrontamos con la impotencia, la incertidumbre o la falta de entusiasmo. Sin embargo, reconocer el valor de estas emociones no implica romantizar el sufrimiento ni negar la existencia de estados patológicos que requieren atención clínica, como la depresión. La diferencia es clave: mientras que la depresión tiende a bloquear la posibilidad de pensar y de vincularse, la pena, el desánimo o ciertos modos de la tristeza, pueden dar lugar a formas reflexivas que habiliten procesos de elaboración y comprensión.
Vivimos en sociedades que tienden a rechazar cualquier forma de interrupción, de quiebre, de duda. El mandato es seguir, adaptarse, reinventarse, incluso en momentos de dificultad. En ese contexto, como señala Han la tristeza funcionaría como una suerte de resistencia silenciosa: introduce una desaceleración que no responde a la lógica de la eficiencia y permite disminuir la acción impulsiva para convertirse en una condición reflexiva.
Hay momentos en los que la vida enfrenta límites que no pueden ser desconocidos, ni posibilitan seguir actuando como si no pasara nada. Es allí que ciertos grados de tristeza habilitarían una mayor comprensión. Joseph P. Forgas (2013) brinda un enfoque desde la psicología que muestra cómo tales estados tienden a favorecer formas de procesamiento más analíticas, aumentar la motivación y hasta mejorar las relaciones interpersonales. Dicho de otro modo puede ser una señal de alerta de que debemos cambiar de rumbo ya que algo no va bien, mientras que, cierto exceso de optimismo, puede reconcentrarnos demasiado en lo que ya creemos.
Pero hay algo más profundo aún. Ese pesar permite tomar distancia de ciertas narrativas sociales que organizan nuestra experiencia: la idea de éxito, de actividad plena, de contacto permanente, de plenitud constante, de control total sobre el propio destino. En ese sentido, puede funcionar como una experiencia de desajuste que revela el carácter, tan ajeno como exigente, de tales relatos.
Por eso, más que un obstáculo, puede ser una vía de acceso a una forma particular de lucidez: una que no se sostiene en la euforia ni en la negación, sino en la posibilidad de mirar la propia vida de manera menos ilusoria y más real.
¿Por qué en las personas mayores?
Este punto adquiere una relevancia especial en el envejecer ya que, en las últimas décadas, han proliferado discursos que promueven un envejecimiento exitoso, positivo, activo, saludable. Si bien estos enfoques han sido importantes para combatir imágenes negativas de la vejez y ampliar las posibilidades de vida de los mayores, también han generado nuevas exigencias. Como si para envejecer bien hubiera que: estar siempre activo, de buen ánimo, vigente, actualizado... Más aún, para muchos, estas demandas aparecen como formas solapadas de no ser o sentirse viejos.
La vida en edades avanzadas implica cambios y transformaciones que no siempre pueden —ni deben— ser vividos en clave de entusiasmo permanente. Así nos encontramos con personas en duelo a los que rápidamente se las intenta ocupar con actividades o buscar medicación que repare ese daño, como si esa pena fuese un riesgo que las personas mayores no deberían afrontar. Se la patologiza o se la vive como un fracaso adaptativo.
En este contexto, estas emociones dan lugar a buscar respuestas genuinas frente a pérdidas concretas, así como revisar la propia vida para redefinir lo que tiene valor de ahora en más, y soltar ciertas demandas sociales que ya no resultan adecuadas.
En otras palabras, puede funcionar como un freno a las exigencias externas, permitiendo que emerja una relación más singular con el tiempo, el cuerpo y los vínculos. Por ello, el desafío contemporáneo no sería tanto aprender a evitar la tristeza, sino aprender a tolerarla cuando aparece, a darle un lugar sin apresurarse a cancelarla. Esto implica construir una suerte de “ética de la pausa”: aceptar que no todo en la vida debe ser resuelto de inmediato, que hay experiencias que requieren tiempo, espera y toma de distancia.
La psicóloga Laura Carstensen destacó la capacidad de los mayores de expresar una rango más amplio y contradictorio de emociones, que va del llanto a la risa, lo cual facilitaría una mejor regulación emocional que en otras etapas.
Envejecer puede ser un momento en que sea posible expresarse de maneras más auténticas: un atributo de libertad que resultaría de ese tiempo más breve y por ello tanto más precioso.