Saldar una deuda de más de medio siglo tiene un sabor especial, dulce podría decirse. Además sabe a triunfo, a superación y por supuesto a alegría. A los 60 años aprendí a nadar.
El año 1974 fue inolvidable para mí por varias razones. Por una que afectó a todos los argentinos: el 1° de julio murió el General Perón. Y este hecho no pasó inadvertido ni siquiera para un niño de poco más de ocho años. El 18 de julio nació mi segunda hermana; y ese suceso fue importante para mi familia. El tercer recuerdo de 1974 me incumbe solo a mí.
Unas semanas después de que mi hermanita llegara a la casa familiar en un barrio de clase media de Ramos Mejía, La Matanza, mis padres decidieron que yo tenía que aprender a nadar.
Para eso me anotaron en las clases que daba un profesor del Club Ciudadela Norte, lo habían recomendado los tíos y primos que vivían en esa localidad del partido de Tres de Febrero.
Y allí fui decidido, a los ocho años, a aprender a nadar. Mis padres no saben nadar.
Mi madre le teme al agua de forma exagerada. Mi papá no le tiene miedo al agua, pero no nada. Ellos querían que yo supiera.
Y todo iba bien. Ya había aprendido a patalear, a tirarme de cabeza y esas cosas de principiante, cuando una tarde mientras flotaba me dieron muchas ganas de hacer pis. Subí por la escalera y, apurado e inconsciente, corrí hacia el baño. Nunca llegué, porque resbalé y caí. Golpeé mi cabeza contra el borde de la pileta que era de acero. Recuerdo haber visto los pajaritos y las estrellas que sobrevolaban las cabezas de los personajes de los dibujitos animados que sufrían algún golpe.
En el piso, me toqué y noté que tenía sangre. Luego exploré y la primera falange de mi dedo índice entró en la herida. Me asusté.
Llamaron a la ambulancia, me llevaron a una clínica y volví a mi casa con una cicatriz que me acompaña desde entonces.
Tengo siempre presente aquel resbalón seguido de tajo, porque el susto hizo que dejara de ir a aprender a nadar. Algo que me reproché por más de 50 años.
Tuve tres episodios -otra vez tres- por los cuales me replanteé seriamente aprender a nadar. Fueron en distintas etapas de mi vida y me marcaron.
Me gusta el agua, no le temo al mar, menos a tirarme a una pileta, pero me daba vergüenza decir que no sabía nadar.
A los diez años, un vecino invitó a los chicos del barrio a su pileta. En la calle Pasco de Ramos Mejía, cerca del Ateneo Don Bosco, en la década de 1970 no había muchas casas con pileta.
Fuimos muchos, éramos más de 15. Los más pequeños se quedaron cerca de la escalera y hacían pie. Supuse que el resto de la pileta, color celeste y con forma de riñón, era igual de baja. Pero me equivoqué. Y me di cuenta del error de cálculo cuando me sumergí mucho más de lo que esperaba y no lograba hacer pie. Comencé a desesperarme, pero no podía quedar como el que no sabía nadar ante mis vecinos y especialmente mis vecinas. Entonces hice lo que pude. Aunque no lograba respirar y tragaba agua, salí a flote hasta conseguir llegar al borde de la pileta y sentirme a salvo. El tiempo real de la zozobra habrá sido de unos pocos segundos, pero sentí que mientras peleaba por alcanzar tierra firme, habían pasado días.
La segunda vez que me sentí mal por no saber nadar fue en 1979. Al entrar a primer año del Colegio donde cursé la secundaria, nos evaluaron en natación. En la planilla marqué la columna que decía: “No sabe nadar”. Y así pasaron los años.
Para conseguir el título de Bachiller Universitario había que aprobar natación sí o sí. Llegó el año en el que la materia Educación Física era Natación y temí que jamás superaría esa asignatura.
En los partidos de waterpolo que se jugaban en las clases era arquero: atajaba siempre del lado bajo de la pileta. Es decir, lo hacía un tiempo para cada equipo. Ese año coincidió con mi convocatoria a la Selección de fútbol del Colegio y parece que mi habilidad con la pelota compensó mi inutilidad manifiesta demostrada en la pileta y aprobé.
La tercera ocasión en la que me reproché no saber nadar tuvo lugar en este siglo. Mi esposa, mi hija, mi hijo y yo fuimos de vacaciones a un lugar en el que se hacía snorkel. Ellos obviamente saben nadar desde que son pequeños. Nos llevaron en un barco mar adentro, a un sitio que era como una pileta y allí se podía ver la fauna marina. Todos fascinados menos yo. Aguanté unos pocos minutos: no lograba flotar, no podía respirar y volví raudo (con mi estilo perrito) hasta el barco. Ellos me miraban y se reían.
Pasaron diez años desde aquel episodio vergonzante -cada tanto alguien me lo recuerda- hasta que entendí que era hora de saldar esa enorme cuenta pendiente.
En junio pasado, a los 59 años, decidí que tenía que aprender a nadar antes de llegar a los 60.
Me anoté en el gimnasio de mi barrio, Villa Crespo, y empecé. Todos los martes por la mañana.
Debí superar varias veces a mi otro yo que me sugería quedarme durmiendo porque hacía frío, o porque tenía alguna tarea sin terminar, o un amigo me invitaba a tomar un café. Fueron más fuertes mis ganas de dejar de decir “no sé nadar” que cualquier otra.
Fui semana tras semana, sin excepción. No falté jamás. Alumno aplicado.
Le expliqué a la profesora que mi objetivo era nadar crawl (crol como le decimos) y nada más. Ni pecho, ni espalda, ni mariposa. Quería aprender un estilo y poner toda la energía en eso.
Casualmente la profesora tiene la misma edad que aquel profesor que me dio clases en la infancia: 28 años. Por entonces, él era 20 años mayor que yo, ahora le llevo 32 a ella.
Empecé a incorporar conocimientos que alguna vez había tenido, pero ya estaban olvidados. A cierta edad conlleva alta complejidad incorporarlos: patada, brazada y rotación del cuerpo, entre otros.
Por aquellos días, cuando estaba en la pileta, dialogaba permanentemente con mi cerebro que sorpresivamente había comenzado a recibir órdenes que le resultaban un tanto raras.
Yo le pedía que respirara al revés de como lo hago todos los días; en el agua se toma aire por la boca y se larga por la nariz. Le indicaba que no mirara hacia arriba al respirar y que enfocara la vista hacia el fondo de la pileta cuando avanzaba. Le pedía que pateara desde la cintura para abajo y que moviera la articulación del pie al mismo tiempo. Que apoyara la cabeza sobre el brazo para asomar la boca y respirar en las brazadas pares.
En algún momento mi cerebro me preguntaba qué me pasaba, se declaraba en huelga, colapsaba y yo dejaba de nadar. Entonces había que reiniciar el sistema y poner en marcha la maquinaria, que estaba un tanto oxidada.
Cada martes cambiaba los anteojos que me salvan de mi astigmatismo por las antiparras compradas en un viaje -me tenía fe- y jamás usadas hasta junio de 2025.
El martes 10 de febrero pasado llegué a los 60 años. Empecé mi cumpleaños temprano, con una clase de natación. Anduve bien, estaba contento y cuando terminé le pregunté a la profesora si se podía decir que ya sabía nadar. Fue contundente, dijo que sí.
Para mí fue una nueva graduación. Lo había logrado. Estaba satisfecho por el deber cumplido, que al mismo tiempo era un placer.
Vale la pena decirlo: cuando uno está en la pileta entra en un mundo donde lo que nos rodea se pone en pausa. No se sumergen con nosotros los conflictos familiares, las preocupaciones laborales, los problemas económicos ni las reparaciones pendientes en nuestras casas.
El 10 de febrero no sólo celebré haber cumplido 60 años. Festejé con mucha emoción que cumplí mi cometido. Me lo propuse de grande y lo conseguí. A los 60 puedo decir orgulloso que sé nadar. Cada vez que lo cuento se me dibuja una sonrisa.
Hace unas semanas, en el andarivel vecino, comenzó a tomar clases de natación un hombre de mi edad, es decir otro sesentón que había postergado el aprendizaje. No sabía ni siquiera flotar. Le explicaron todo. De cero. Y ahí va, despacito, día a día. Avanza.
Estuve tentado de decirle que no abandonara, que además de que nadar hace muy bien a la salud, a nuestra edad aprender algo nuevo es superarse.
En mi caso, nadar es haber descubierto una pausa que no imaginaba: cristalina, suave y azulada. Un pequeño hallazgo íntimamente revolucionario.