Puentes del tiempo: los objetos del pasado reúnen a generaciones a través de una muestra a cielo abierto

La propuesta del Museo de la Ciudad de Rosario invita a redescubrir la historia local a través de objetos emblemáticos y experiencias participativas en el espacio público

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Cuando una reliquia cotidiana se convierte en el hilo que une dos tiempos.

En Rosario, la recuperación de objetos de otras épocas volvió a abrir un diálogo entre generaciones. Para muchos de la generación silver, volver a ver esas piezas es una manera de mantener viva una memoria que forma parte de su vida cotidiana. Para los más jóvenes, funciona como una puerta de entrada a historias que desconocen. Ese cruce simple, nacido del vínculo con las cosas que acompañaron a distintas familias, también proyecta una mirada sobre el arte: una forma de leer el pasado desde lo que se toca, se usa y se recuerda. Así, la conversación entre edades se vuelve parte del paisaje urbano.

La esquina de Dorrego y Riobamba se ha transformado en un punto de encuentro entre la memoria urbana y la vida cotidiana gracias a Escaparate de colecciones, una propuesta del Museo de la Ciudad que convierte su depósito en un paseo cultural abierto.

Esta intervención lleva el patrimonio fuera de los muros tradicionales, invitando a la comunidad a redescubrir la historia local a través de objetos exhibidos en vitrinas accesibles desde la calle y a participar activamente en la construcción de la memoria colectiva.

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“Escaparates de colecciones es mucho más que una muestra. Es una intervención en el espacio público”, afirmó Ricardo Valquinta, director del Museo de la Ciudad de Rosario. “Muchas veces cuando nos preguntan: ‘¿Qué es eso?’. Yo digo: ‘Y, es un gran paseo público’. Un gran paseo público a unas cuadras del edificio central del museo, en lo que nosotros denominamos Depósito de la Institución. Allí se guardan todos los objetos patrimoniales que pertenecen al museo, le pertenecen a la ciudad. Donde hay máquinas de coser, cocinas, un sinfín de objetos que tienen que ver con el patrimonio."

La fuerza simbólica de lo que permanece más allá de quien lo usó por primera vez.

La muestra ‘Escaparates de colecciones’ se transforma en una gran vidriera con un gran paseo cultural para poner en valor los objetos del patrimonio de la ciudad y establecer un diálogo con los vecinos del barrio. “Es extender los horizontes del museo. Muchas veces uno piensa que el museo tiene como objetivo únicamente la muestra dentro de sus salas. Y no es así, por eso abrimos, en este caso, tres vidrieras que estuvieron durante muchos años cerradas, para exhibir objetos que conservamos y pusimos en valor para la ciudad”, agregó el director.

El proceso de selección y curaduría de los objetos expuestos responde a múltiples criterios y experiencias. Valquinta destaca el apoyo recibido para concretar la iniciativa: “Escaparates de colecciones es el resultado de una experiencia que a través de la Fundación Williams, nosotros ganamos un subsidio, y con ese subsidio pudimos llevar adelante este trabajo. Es una acción sinérgica entre ese subsidio, que es un estímulo, un dinero importante que recibimos de una fundación.”

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Entre los objetos que sostienen la memoria del barrio, Valquinta vuelve sobre una escena que todavía resuena en la ciudad. Recuerda los días de pandemia y el llamado urgente de una familia tras la vandalización de la vieja Relojería Sudamericana, en 3 de Febrero al 500. La fachada, con sus cinco campanas y un reloj monumental, había sido dañada. “En ese momento —cuenta—, Dante Taparelli era secretario de Cultura. La familia pidió ayuda y fuimos a rescatar las piezas. Extrajimos las cinco campanas y el reloj y los guardamos en el depósito”.

Aquel reloj había perdido el brillo y las campanas estaban heridas por el tiempo. Quedaron guardadas durante meses, a la espera de una nueva vida. La inauguración de Escaparates se convirtió, según el director, en el punto de inflexión: conservar, restaurar y devolverles valor. Hoy forman parte de la colección del museo.

Objetos que sobrevivieron al paso del tiempo y hoy recuperan su significado.

Los viernes, sábados y domingos, cuando las vidrieras se abren a la vereda, el sonido grabado de la última vez que esas campanas resonaron acompaña el paso del público. Allí, en la esquina, relucen como si hubieran regresado de un silencio prolongado.

Las vitrinas se convierten en un puente entre épocas. Objetos que despiertan escenas íntimas, gestos olvidados, diálogos familiares. En esta muestra, una serie de relojes ocupa una de las esquinas.

En otra, regresan piezas de Las formas del amor, una exhibición realizada el año pasado. Valquinta describe la idea que organiza el conjunto: el tiempo del amor no es lineal. “Es pasado, presente y futuro”, afirma. Los objetos convocan a los visitantes a viajar hacia la infancia, hacia la vida de padres y abuelos, y al mismo tiempo colocan esa memoria en el ahora.

La selección reúne abanicos, relojes y objetos de coquetería, pero también un caballito de juegos que detiene la mirada. Fue construido en Estados Unidos entre los cincuenta y los sesenta, y funcionó en el predio donde hoy está el Jardín de los Niños, en el Parque Independencia.

Valquinta lo menciona como un objeto “altamente evocativo”: los adultos lo miran y regresan a su propia niñez; los más jóvenes lo observan y comparan modos de jugar, tiempos distintos que se encuentran en la misma figura. La muestra sugiere que los objetos funcionan como disparadores: permiten que las emociones salten de una época a otra.

El reencuentro con un objeto que despierta rituales, anécdotas y vínculos.

Las vidrieras se pueden recorrer los viernes, sábados y domingos, de 10 a 18. Para enero, el museo prevé nuevas actividades y activaciones nocturnas en la esquina. “Es una esquina —remarca el director—, la gente no entra, circula por la vereda. Pero vamos a sumar noches especiales, con música, vermut y acciones puntuales frente a esas vitrinas”. La agenda de verano está en proceso, aunque las fechas principales ya están definidas.

El Museo de la Ciudad se presenta como un espacio abierto, inclusivo y participativo, donde la historia urbana y la memoria colectiva se piensan desde el intercambio con la comunidad.

Su misión apuesta por revitalizar el patrimonio local como un territorio de discusión, investigación y educación, con una mirada que incluye tanto la experiencia argentina como la latinoamericana. Las voces de quienes visitan el museo se integran a la narrativa común, y el vínculo con el territorio es el punto de partida de cada proyecto.

En cada objeto mostrado, la comunidad encuentra una excusa para volver al pasado y compartirlo. La memoria, en ese cruce, se vuelve un patrimonio vivo, capaz de renovarse con cada mirada que se detiene frente a una vitrina.

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