De Benjamín Prado (Madrid, 1961) conocemos muchas facetas. Algunos han leído sus poemas, que le llevaron a obtener el Premio Hiperión en 1995 y el Premio de Poesía Generación del 27 diez años después, y otros sus ensayos y novelas, donde destacan esas siete entregas de ese carismático profesor de instituto, escritor y detective, Juan Urbano. En todos los géneros ha destacado este escritor que, por algunas de sus amistades con Almudena Grandes, García Montero o Joaquín Sabina, es incluido en el llamado Club de Rota. En todos, salvo en el teatro, donde, “incluso teniendo buenas ideas”, como cuenta en su entrevista con Infobae, todavía no ha conseguido estrenarse.
Sin embargo, basta ver las partes en las que Prado divide sus memorias, Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara), para ver que reducir su trayectoria a lo que escribe sería perderse buena parte del pastel: letrista de cantantes como el ya mencionado Sabina, además de Leiva, Coque Malla o Amaia Montero, columnista de periódicos y tertuliano en el programa radiofónico de La Ventana de Cadena SER, e incluso actor de series de gran éxito como Los años nuevos, de Rodrigo Sorogoyen. “Me he quedado con ganas de jugar en el Athletic de Bilbao”, bromea cuando le preguntamos si se ha quedado con las ganas de hacer algo más.
En todas esas lides se ha visto el escritor, y sin embargo, la cuestión es que nunca ha tenido “ni la más remota idea” de cómo acabó encontrándose ante todas estas situaciones. “Yo no he hecho nada para que ocurran las cosas, pero las cosas me han ocurrido”. Por eso, y aunque él mismo reconoce que, escriba lo que escriba, “uno está siempre escribiendo de uno mismo”, en sus memorias ha tratado de parapetarse detrás de todos los demás: la increíble pero cierta lista de personajes con los que se ha ido cruzando por el camino, desde miembros de la Generación del 27 a ganadores del Nobel de Literatura, pasando por cantantes como Bob Dylan o Leonard Cohen.
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Con Rafael Alberti empezó todo
No se explica la gente que ha marcado la vida de Benjamín Prado sin tener claro el contexto histórico en el que nació. “Mi generación tuvo la suerte de que, cuando empezamos a escribir, estaba viva la generación del 27 casi entera, estaban vivos muchos de la generación del 50 y estaba en plena ebullición el boom latinoamericano... De manera que uno podía cenar con Gabriel García Márquez y la viuda de Neruda o hacerse amigo de Rafael Alberti”. Por eso, coinciden en las páginas de su libro esos y otros nombres, como los de Ángel González, Javier Marías, Jaime Gil de Biedma, Juan Marsé, Felipe Benítez Reyes, Octavio Paz, Leonard Cohen, Paul Auster o Patti Smith.
Con todo, es con Alberti con quien empieza realmente la carrera literaria de Benjamín Prado, que por un golpe de suerte (como tantos otros que tendría) conoció al escritor en un bar poco después de haberse leído uno de sus poemarios más famosos por recomendación de su profesor de lengua. Cuando el poeta le preguntó qué le había parecido, el joven le dijo que “no estaba mal”, pero que prefería otro. Acto seguido, Alberti le invitó a un gin-tonic, dando inicio a una amistad que duraría 15 años y que cambiaría para siempre el rumbo de su vida.
“Por supuesto que he tenido mucha suerte. ¿Cómo no va a haber suerte en que tu profesor te diga que leas a Alberti y al día siguiente te lo encuentres, o que entres a un bar y de pronto entre a cantar un tío por primera vez que resulta que es Joaquín Sabina, o que vayas a Granada, te sientes en un café y a los diez segundos se siente Luis García Montero?”, reconoce Prado. Pero no todo se queda en el azar. “Es una cuestión de casualidad, pero también de valentía. Las cosas hay que hacerlas, y el mérito que yo me veo es haber ido con el cazamariposas en la mano siempre. Si pasaba, la cazaba al vuelo”.
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“Las memorias siempre se escriben por miedo”
Las anécdotas discurren en Qué estoy haciendo aquí de forma ágil y divertida, con un Benjamín Prado suelto que saca a relucir su brillantez como contador de anécdotas. “Todo lo que cuento es verdad. Lo que pasa es que, cuando oigo a alguien decir que la literatura consiste en contar historias, yo respondo que no es así, que consiste en saber contarlas, que no es lo mismo”. Por eso, casi sentimos que estamos en su piel en momentos como en el que conoció al ídolo de toda su vida, Bob Dylan, y no solo le estrechó la mano, sino que le pidió titular uno de sus poemarios con el nombre de una de sus canciones.
Pero esos momentos que Prado cuenta con tanta gracia nunca habían formado parte de unas memorias porque el escritor nunca había pensado en escribirlas. Fue el miedo al olvido lo que lo empujó a cambiar de idea. “Me di cuenta de que el problema no era ya que tuviera muchos recuerdos, sino que empezaba a tener algunos olvidos y que empezaban a borrarse algunas cosas”, cuenta. “Las memorias siempre se escriben por miedo. Miedo a que tu vida no deje huella, por miedo a que aquellas cosas que tú crees que merecen la pena ser contadas se queden en el olvido”.
Paralelamente, también están los recuerdos que sí se quedan, pero que son como una herida que, aunque no sangre, sigue doliendo. “La memoria es muy cruel porque está llena de muertos y llena de pérdidas, como esas ciudades a las que ya no te apetece ir porque tus amigos ya no están”. El paso del tiempo, no obstante, también le ha permitido devolver el favor que recibió de sus maestros con las nuevas generaciones. “Siempre he recordado que la vida puede ser una cadena de favores, y de algún modo, cuando has recibido tanto cariño, es tu obligación dárselo a otros. Alberti siempre me decía que yo no debía ser un cascarrabias: ‘Tú lo que tienes que hacer es aprender de los jóvenes’. Y yo eso lo llevo a rajatabla”.
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Por qué en España no puede haber otra Generación del 27
A la espera de los libros que escriba en un futuro (o quién sabe si de su debut en San Mamés), Benjamín Prado se muestra ilusionado con el presente de la literatura en España, y en especial, el de la poesía. “Estamos en un momento buenísimo. Luego veremos el resultado, pero estamos en un momento en que la gente joven ha llevado a la poesía a los bares, a los escenarios, a las salas de conciertos... Han puesto de moda el género y han rejuvenecido los auditorios de una manera tremenda. Eso me parece maravilloso. ¿Desde cuándo hay listas de los más vendidos de poesía en España? Desde hace diez minutos. Antes ni siquiera se consideraba”.
Sin embargo, se muestra escéptico ante la posibilidad de que vuelva a surgir una generación equiparable a la del 27. Para Prado, aquel momento fue el resultado de un contexto político y cultural irrepetible: “La generación del 27 no es producto de una casualidad. Es producto de la Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de Estudiantes, la Residencia de Señoritas, el Liceo Club y de las misiones pedagógicas”. La dictadura lo borró todo, dice, y para lograr rehacerlo, haría falta mucho más empeño del que ahora se está poniendo.
“La democratización de la cultura que hay ahora me parece también una conquista en todos los sentidos. Antes publicabas una novela y como no te sacaran en dos periódicos no existías. Ahora hay muchos más accesos, pero me temo que la gente, por otra parte, ha olvidado que la cultura también es un viaje hacia atrás, conocer lo ya hecho, a los maestros. La gente quiere parecerse al que tiene éxito en cada instante y eso es una pérdida”, lamenta. Una pérdida en la que se desvirtúa, también, el valor de todo lo que nos conduce hasta donde nos encontramos.
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“Ojalá la gente que lea Qué estoy haciendo aquí valore más a la gente que tiene a su alrededor. Yo desde luego la he valorado mucho, y creo que todos ellos me han hecho un poquito mejor en alguna cosa“, termina Benjamín Prado. Y, por el camino, valorar también la literatura: ese “refugio” que, afirma, le ha salvado de los “peores momentos”. “Hay veces que digo: ‘Voy a meterme aquí, que mientras esté dándole vueltas a mi poema lo demás vamos a hacer como que no existe’. ¿Es la táctica del avestruz? Probablemente, pero lo que se ve en el agujero donde metes la cabeza está muy bien“.