Con el tiempo, el círculo de amistades se va estrechando y los recuerdos de felicidad de la infancia, vuelven. Los tiempos del colegio, aquella casa en la que vivíamos o los compañeros y compañeras de trabajo. Lo siguiente que se pasa por la cabeza son preguntas como: “¿Qué será de ellos?" o “¿Qué pasará si les llamo?"
Llega un momento en el que todo parece en orden pero la inseguridad llega de la forma más inesperada. Es una situación más común de lo que parece. Muchas personas se encuentran con esta posibilidad conforme los años pasan y en ese momento en el que las prioridades cambian, se puede llegar a realizar. Según diversos expertos de psicología, esta curiosidad surge del cariño que sentías por esa persona, entre otras. Es una iniciativa que te pone en marcha para tomar el teléfono y llamar, pero no todas las veces se pone en acción.
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Una investigación con casi 6.000 participantes, publicada en el Journal of Personality and Social Psychology, confirma lo que muchos sospechan pero pocos verifican, quienes retoman el contacto con un viejo amigo subestiman cuánto va a valorar esa persona el gesto. El estudio estuvo liderado por Peggy Liu, profesora de administración de empresas de la Universidad de Pittsburgh.
Cuanto más tiempo pasa, más equivocados estamos
El trabajo de Liu se llevó a cabo en 13 experimentos con 100 personas, a las que se pidió que retomaran contacto con alguien de su círculo social tras un periodo largo sin hablar, por sorpresa. En uno de ellos, les pidió valorar ese gesto y el contrario, el de que alguien retomase contacto con ellos. El resultado mostró que quienes recibieron ese contacto puntuaron con una cifra más alta que los que la enviaron. Los emisores anticiparon una valoración del 5,57 sobre 7 y los receptores puntuaron en un 6,17.
Según Liu, lo que explica esta distancia es el elemento sorpresa. Quien recibe un mensaje inesperado concentra su atención en lo inusual del gesto, algo que quien lo envía no logra anticipar con la misma intensidad. “Cuando es realmente sorprendente, el agradecimiento recibe un impulso real”, explicó la investigadora en declaraciones recogidas por Today.
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El equipo encontró un matiz adicional. Cuando el vínculo es distante la persona tiende a subestimar el gesto y la relación. Entre amigos cercanos la brecha se reduce, aunque nunca desaparece por completo. Esto significa que, cuanto más tiempo pasó desde el último contacto, mayor es la probabilidad de equivocarse al suponer que el mensaje no será bien recibido.
El fenómeno también depende del contexto. Cuando los investigadores plantearon un escenario en el que el contacto formaba parte de un programa esperado, y no de una iniciativa espontánea, el nivel de agradecimiento bajó y la subestimación desapareció. La clave no está en el contacto en sí, sino en lo imprevisto del mismo.
No enviarlo es simplemente un mecanismo de protección frente al posible rechazo
Marisa Franco, profesora clínica asistente de la Universidad de Maryland y autora del libro Platonic, vinculó estos hallazgos con un sesgo de negatividad presente en las amistades adultas. Según explicó a Today, este sesgo funcionaría como una forma de protección, si una persona mantiene expectativas bajas sobre cómo será recibida, reduce el riesgo de sentirse decepcionada ante un rechazo real o imaginado.
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Datos recogidos por The Jefferson Fisher Podcast refuerzan esta lectura. Cuando se pide a las personas que redacten un borrador de mensaje dirigido a alguien con quien les gustaría reconectar, la mayoría nunca llega a enviarlo. Entre las razones más repetidas aparecen el temor a resultar incómodos, la creencia de que ya pasó demasiado tiempo y la suposición de que el otro no quiere saber nada más de esa relación.
Cuesta enviar el mensaje pero la recompensa es superior
Según los mismos registros del pódcast, cuando el contacto se concreta, el 90% de las veces termina siendo una experiencia agradable para ambas partes. La diferencia entre el miedo anticipado y el resultado real es, en la mayoría de los casos, considerable.
Lauren Min, profesora asistente de negocios en la Universidad de Kansas y coautora del estudio, señaló que el hallazgo resultó más sólido de lo esperado. “Lo que no anticipamos fue lo difícil que sería identificar condiciones bajo las cuales esta subestimación se redujera”, afirmó la investigadora, según un comunicado de la universidad. El equipo detectó que el sesgo se amplifica cuando el contexto resulta más sorprendente para quien recibe el mensaje y cuando el vínculo social es más distante, justo las condiciones que suelen darse con los viejos amigos que el paso del tiempo alejó.
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Los casos en los que reconectar también implica riesgos que conviene evaluar
No todos los reencuentros terminan bien. Si el vínculo se rompió en medio de un conflicto, retomar el contacto puede abrir la puerta a una reconciliación, pero también a reabrir heridas que dejen a ambas partes peor que antes. Incluso cuando la amistad se diluyó de forma natural, el paso del tiempo cambia a las personas, y temas antes irrelevantes pueden volverse decisivos, como ocurrió en Estados Unidos con amigos que terminaron en bandos opuestos de las disputas políticas y culturales.
La cautela también es necesaria cuando se contacta a alguien que atraviesa un momento difícil, sobre todo si la propia vida luce exitosa desde afuera. Aun con buenas intenciones, un acercamiento poco sensible puede leerse como lástima o regodeo, lo que invertiría el efecto positivo que la investigación de Peggy Liu atribuye a retomar vínculos perdidos.
Por qué nace el impulso de querer reconectar
El deseo de retomar el contacto con un viejo amigo suele responder a razones interrelacionadas. La primera es el interés genuino por saber qué fue de una persona que ocupó un lugar importante en el pasado, un cariño que se traduce en el deseo sincero de que le haya ido bien. La segunda funciona como una forma indirecta de conectar con una versión más joven de uno mismo, ya que los viejos amigos conservan recuerdos de una etapa vital distinta, algo especialmente relevante para quienes hoy están rodeados de personas que solo los conocieron en la adultez o la vejez.
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La tercera razón tiene base en el trabajo del psicólogo Erik Erikson, autor de una teoría sobre ocho etapas de desarrollo psicológico a lo largo de la vida. Según este modelo, los adultos mayores de 65 años atraviesan la etapa de integridad frente a desesperación, un proceso de balance vital en el que la persona evalúa si logró una sensación de plenitud y sabiduría o si, por el contrario, acumula arrepentimiento por oportunidades perdidas o vínculos descuidados, ya sea con la pareja, los hijos o los amigos. En ese contexto, reconectar con amistades del pasado puede operar como una forma de saldar cuentas pendientes con la propia historia.
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