El avance de medicamentos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro está abriendo un nuevo frente para la industria alimentaria que ve cómo cambian los hábitos de compra de los consumidores. Más allá de sus efectos sobre el apetito, los tratamientos basados en agonistas del receptor GLP-1 empiezan a relacionarse con variaciones en el gasto doméstico, las cantidades adquiridas y los productos que terminan en la cesta de la compra. Una transformación que obliga a fabricantes y distribuidores a revisar cómo calculan la demanda y planifican sus existencias.
Según un estudio de la Universidad de Cornell, el gasto en alimentación cae un 5,3% durante los seis meses posteriores a que un miembro del hogar comience un tratamiento con GLP-1. En las familias con mayores ingresos, la reducción alcanza el 8,2%. Los resultados apuntan a un posible impacto económico que va más allá del consumidor y que puede trasladarse a las decisiones de producción, distribución y aprovisionamiento de las empresas.
PUBLICIDAD
El cambio no se limita a cuánto se compra, sino que también afecta a qué alimentos se eligen. Datos de la Universidad de California en Davis señalan una reducción del consumo de bebidas azucaradas, alcohol, aperitivos, dulces y productos de panadería, mientras que las frutas, las verduras, los yogures y los alimentos ricos en proteínas ganan protagonismo. Para el sector, esta evolución plantea el desafío de identificar qué categorías pueden perder demanda y cuáles podrían beneficiarse de las nuevas preferencias.
Las previsiones de ventas, ante un nuevo escenario
En este contexto, las empresas podrían encontrarse con dificultades si siguen utilizando exclusivamente las ventas históricas para anticipar el comportamiento del mercado. Slimstock, compañía especializada en la planificación de la cadena de suministro, advierte de que los cambios en los patrones de consumo pueden reducir la precisión de los modelos tradicionales de previsión, especialmente cuando las variaciones se mantienen durante varios meses.
“Estamos ante un cambio que puede modificar no solo cuánto compra el consumidor, sino también qué productos introduce en su cesta. Para la industria alimentaria, mirar únicamente al histórico puede dejar de ser suficiente para anticipar la demanda real”, señala Arnau Peris, country manager de Slimstock España.
PUBLICIDAD
El problema adquiere especial relevancia para las compañías que trabajan con acuerdos de compra, compromisos de volumen o contratos de suministro a largo plazo. Si la demanda de determinadas categorías disminuye y las previsiones no se ajustan, los fabricantes y distribuidores pueden acumular mercancía que tarda más en venderse, con el consiguiente aumento de los costes de almacenamiento y del capital inmovilizado. El desajuste también puede dificultar la planificación de las compras y la utilización de los recursos productivos.
Desde Slimstock recomiendan incorporar diferentes escenarios de consumo en las previsiones a medio y largo plazo, revisar las políticas de stock de seguridad e identificar las categorías más expuestas a cambios rápidos en los hábitos de compra. El objetivo es que las empresas puedan adaptar sus decisiones a tiempo, en lugar de reaccionar cuando el exceso de inventario ya se ha producido.
“El principal riesgo no es que la demanda desaparezca de un día para otro, sino no detectar suficientemente rápido que el mix de consumo está cambiando. Una desviación relativamente pequeña, mantenida durante meses, puede terminar generando un volumen importante de stock innecesario”, explican desde Slimstock.
PUBLICIDAD
Envases más pequeños y alimentos con mayor valor nutricional
La transformación también podría reflejarse en el diseño y el tamaño de los productos. Un estudio elaborado en 2024 por AMC Global y OpinionRoute reveló que el 95% de los usuarios de GLP-1 encuestados afirma consumir porciones más pequeñas. Además, el 78% busca envases de menor tamaño y el 82% declara buscar activamente alimentos con beneficios nutricionales añadidos.
Estas preferencias pueden llevar a fabricantes y distribuidores a replantearse sus surtidos y formatos comerciales. Los envases más pequeños, por ejemplo, pueden exigir ajustes en las líneas de producción, las necesidades de almacenamiento y la organización logística. Al mismo tiempo, una mayor atención a las proteínas, la fibra, los alimentos frescos y los productos funcionales podría modificar las necesidades de aprovisionamiento y las relaciones con los proveedores.
La adaptación, sin embargo, no consiste únicamente en reducir cantidades o sustituir unos productos por otros. También exige determinar qué cambios responden a una tendencia sostenida y cuáles pueden ser puntuales. Para ello, las compañías necesitan combinar la información histórica de ventas con señales recientes del mercado y escenarios que contemplen diferentes ritmos de evolución del consumo.
PUBLICIDAD
“La clave no está en intentar predecir hasta dónde llegará el fenómeno GLP-1, sino en construir cadenas de suministro capaces de responder a distintos escenarios. Las compañías que detecten antes los cambios podrán ajustar inventario, surtido y aprovisionamiento antes de que el impacto sea evidente en sus niveles de stock”, concluye Peris.
PUBLICIDAD