Seguro que tienes un amigo que, cuando lo viste por primera vez, parecía una persona tímida, poco interesada y silenciosa. Pero una vez lo conociste más a fondo, te diste cuenta de que estabas equivocado y que en realidad siempre se daba cuenta de todo lo que ocurría a su alrededor. Este tipo de perfiles suele causar algunos malentendidos en reuniones de trabajo, aulas o quedadas entre amigos por estos mismos prejuicios.
Sin embargo, la psicología y la neurobiología han demostrado todo lo contrario. El silencio no refleja apatía, sino un cerebro altamente activo que procesa información en profundidad, observa con agudeza y reflexiona antes de hablar. Aunque cada persona tiene una personalidad propia, los sesgos pueden dañar moralmente a estos perfiles. De hecho, un estudio publicado en el Journal of Graduate Medical Education en 2024 evidenció cómo esta dinámica podía tener un impacto negativo en los estudiantes más reservados.
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“Los tutores asumieron, solo porque soy naturalmente callado, que era indeciso o estaba deprimido... Me he sentido discriminado durante toda la residencia por ser introvertido”, aseguraba uno de los participantes del estudio a la doctora Caren M. Stalburg, líder de la investigación. La experta explicaba así que, ante entornos de estímulos rápidos y de alta demanda, este perfil regula su exposición actuando de forma callada o buscando más independencia, lo que erróneamente se confunde con incompetencia. Por esto mismo es preciso conocer más allá sobre estas personas.
“Estado de calma y baja activación”
Para desmontar esta visión simplista, los psicólogos Virginia Thomas y Paul A. Nelson propusieron en un estudio publicado en la Journal of Personality analizar la introversión como un rasgo con propiedades positivas y complejas, en lugar de definirlo simplemente como la “ausencia de extraversión” o la falta de sociabilidad. Utilizando la escala STAR, los autores dividen el rasgo de personalidad en facetas diferenciadas: la “introversión social”, que prefiere interacciones selectivas en grupos pequeños antes que grandes multitudes; la “introversión de pensamiento” (Thinking), caracterizada por una rica vida interna e introspección; y la “introversión restringida” (Restrained), propia de personas deliberativas y serias que “se toman su tiempo para ‘mirar antes de saltar’ en cosas nuevas”.
Tal y como comprobaron, el silencio y el aislamiento voluntario inducen un “estado de calma y baja activación” autorregulador que promueve el bienestar personal. El estudio también analiza la Sensibilidad de Procesamiento Sensorial (SPS), un temperamento biológico que comparte el 20% de la población y que define a las personas “altamente sensibles”. Estas personas presentan una elevada sensibilidad a los estímulos sociales y una profunda reactividad emocional.
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Ante reuniones grupales abrumadoras, el silencio de estas personas es un mecanismo de defensa para procesar la información sin saturarse. Para ellas, la quietud ofrece un refugio indispensable frente a la sobreestimulación ambiental.
“Un monólogo interno” que activa el cerebro y permite idear estrategias y reflexiones durante una conversación
Este fenómeno, del que se suele hablar generalmente desde la psicología, también tiene evidencias desde la neurobiología. Y es que en 1999 un estudio llevado a cabo por Debra L. Johnson y publicado en la American Journal of Psychiatry, utilizó tomografías por emisión de positrones (PET) para observar el cerebro de introvertidos y extrovertidos en estado de reposo.
La investigación descubrió que la introversión está asociada con un mayor flujo sanguíneo en los lóbulos frontales (como la corteza frontal lateral) y el tálamo anterior. Los autores aclaran que “la actividad en estas regiones frontales media la recuperación de la memoria y la planificación, reflejando el enfoque interno de los procesos cognitivos en los introvertidos”. Así, mientras una persona callada permanece en silencio en un grupo, su cerebro está procesando activamente: “Recordando eventos de su pasado, haciendo planes para el futuro o resolviendo problemas”.
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Además, durante la investigación se registró una mayor actividad en el área de Broca, asociada al habla interna, sugiriendo que los introvertidos mantienen un “monólogo interno” o habla reflexiva constante en ausencia de estímulos externos.
Esta diferencia cerebral también se explica mediante la química. Al parecer, los introvertidos poseen concentraciones significativamente más altas del neurotransmisor excitatorio glutamato en la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC) en comparación con los extrovertidos. Esto lo confirmaron expertos alemanes en otro estudio publicado en la Social Cognitive and Affective Neuroscience. Pero, ¿qué significa esto?
Dado que la DLPFC es fundamental para el control cognitivo estratégico sobre los pensamientos y acciones, los autores concluyen que este exceso de glutamato se traduce en “una mayor participación en procesos cognitivos, como hacer planes para el futuro o resolver problemas”. Esto dota a las personas calladas de una gran capacidad de control inhibitorio superior, permitiéndoles observar detalladamente las dinámicas grupales y procesar la información del entorno antes de emitir un juicio apresurado.
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¿Una sociedad “alfabetizada en el silencio”?
Al haberse demostrado que la introversión es igual de útil que la extroversión, el equipo de Stalburg considera que las organizaciones deberían volverse “alfabetizadas en el silencio” (silent literate). En otras palabras: en lugar de evaluar el rendimiento únicamente por la velocidad o volumen de las intervenciones verbales, se debería también reconocer las valiosas fortalezas de quienes prefieren callar y observar, tales como sus “sólidas habilidades de escucha; una toma de decisiones enfocada y reflexiva; y la compasión y la empatía”.
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