Julio fue el mes más caluroso en España desde 1961, igualando el récord de 2022, con una temperatura media de 25,7 grados, además de ser el más seco, ya que solo llovió la cuarta parte de lo habitual: apenas 4,6 litros por metro cuadrado. Este calor extremo también ha elevado la temperatura global de los océanos, que alcanzaron un nuevo máximo histórico por segundo mes seguido, según el Servicio de Cambio Climático de Copernicus, lo que ha encendido las alarmas entre científicos y organizaciones ambientales.
El Mediterráneo se encuentra inmerso en una ola de calor marina extrema, clasificada en nivel 4 (extremo) por la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA), con temperaturas récord que han afectado de manera directa a las costas españolas, donde se han registrado valores inéditos como los 33ºC alcanzados la semana pasada en la boya de Sa Dragonera, Mallorca. Por todo ello, Greenpeace exige una respuesta inmediata y ambiciosa de las administraciones para frenar el calentamiento global, fenómeno que ya altera el equilibrio marino y amenaza tanto el clima como la biodiversidad.
“Estamos llevando al Mediterráneo a una situación sin precedentes. Cada décima de grado que gana el mar supone más energía disponible para alimentar fenómenos meteorológicos extremos y un mayor impacto sobre los ecosistemas marinos”, explica en un comunicado Elvira Jiménez, responsable de adaptación al cambio climático de Greenpeace.
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El problema, advierte la organización ecologista, no solo afecta al Mediterráneo, sino a todas las aguas que rodean la península ibérica, si bien las islas también se están calentando un 67% más rápido que la media mundial, a un ritmo de 0,25ºC por década. El Cantábrico tampoco se libra, añaden, ya que también está registrando valores muy altos: la boya de Bilbao-Vizcaya ha registrado temperaturas de récord mensual desde abril, superando los 25,2 ºC en el mes de julio.
Según explica Greenpeace, los océanos absorben más del 90% del exceso de calor generado por el cambio climático, lo que ha evitado aumentos más drásticos en la temperatura del aire. Sin embargo, advierten que este papel regulador está alcanzando su límite. Un mar más cálido incrementa la evaporación y la humedad disponible en la atmósfera, lo que puede intensificar tormentas y lluvias torrenciales. Además, la alteración de la densidad del agua y la pérdida de gradientes térmicos afectan las corrientes oceánicas, responsables de distribuir el calor a escala planetaria, y contribuyen a una mayor inestabilidad climática, señala la organización.
Impacto en la biodiversidad marina
Las consecuencias del calentamiento no solo impactan el clima. La biodiversidad marina enfrenta un deterioro acelerado: especies adaptadas a aguas templadas migran hacia regiones frías o ven comprometidos sus ciclos vitales, mientras que especies propias de mares cálidos colonizan nuevas áreas, fenómeno conocido como tropicalización. La reducción del oxígeno en aguas más calientes, advierte Greenpeace, incrementa el estrés sobre los ecosistemas, afectando especialmente a organismos vulnerables como los corales o las praderas de Posidonia oceánica, hábitats esenciales para numerosas especies.
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La organización también destaca tres impactos concretos sobre la economía y las comunidades costeras. Primero, muchas especies comerciales cambian sus rutas hacia latitudes más frías, alterando la actividad pesquera y afectando a las pesquerías artesanales que dependen de los caladeros cercanos. Segundo, se incrementa la presencia de especies invasoras, que desplazan a la fauna autóctona y, por último, la degradación de ecosistemas como los corales y la posidonia reduce la resiliencia de las costas ante el avance del mar, lo que amenaza a miles de personas cuya subsistencia depende de la salud del océano.
El calentamiento del agua también acelera la subida del nivel del mar debido a la expansión térmica, lo que agrava la erosión costera y el riesgo de inundaciones. En el litoral español, numerosas playas ya muestran signos claros de retroceso y pérdida de arena, resultado de la interacción entre el cambio climático y la presión urbanística.
Ante la gravedad de la situación, Greenpeace reclama a las autoridades una respuesta urgente que incluya la reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero, la aceleración del abandono de los combustibles fósiles y el fortalecimiento de la protección y restauración de los ecosistemas marinos. “Los mares se están calentando mucho más rápido de lo que pueden adaptarse sus ecosistemas. Cada nuevo récord confirma que la crisis climática ya está aquí y que retrasar la acción solo hará que los impactos sean cada vez más graves para la biodiversidad y para las personas”, concluye Jiménez.
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