Piense en la última vez que pagó con un billete. Quizás fue para pagar el café en la máquina del trabajo o echó una moneda para lavar el coche. Ahora imagine que eso ya no fuera posible: que los cajeros automáticos hubieran desaparecido, que ningún comercio aceptara monedas y que toda transacción, por pequeña que fuera, dependiera de un teléfono, una tarjeta o una conexión a internet. Ese escenario, que hasta hace poco parecía ciencia ficción, ya existe en países como China, donde hasta para dar limosna se hace a través de una app. Sobre si llegará a nuestro país, el Banco de España tiene una respuesta y una fecha.
En un análisis publicado esta semana, basado en su último Estudio sobre Hábitos en el Uso del Efectivo (EHUE) y firmado por Mª José Fernández Lupiáñez y Félix Redondo Gaitón, el organismo explica que, si las tendencias actuales no cambian, en 2046, dentro de 20 años, todos los grupos de edad del país preferirían los pagos digitales sobre el dinero físico. No porque alguien lo haya decidido por ley, sino porque cada generación que llega al mercado trae consigo nuevos hábitos: los jóvenes ya pagan con el móvil, los de mediana edad con tarjeta, y solo los mayores de 54 años siguen fieles al billete.
Hoy, el 57% de los consumidores españoles todavía usa el efectivo como medio de pago principal en tiendas y comercios físicos. El Bizum ha superado al efectivo en los pagos entre particulares, y el móvil gana terreno mes a mes. La dirección del cambio es clara. Lo que no está tan claro, advierte el BdE, es que ese cambio deba llegar hasta el final.
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El experimento sueco: cuando el futuro llegó demasiado pronto
Para entender a dónde puede llevar ese camino, conviene mirar a Suecia. Durante años, el país nórdico fue el laboratorio mundial del pago sin efectivo. Los comercios dejaron de aceptar billetes. Los bancos retiraron el efectivo de su operativa cotidiana. La cantidad de billetes en circulación cayó casi a la mitad entre 2008 y mediados de la década siguiente. Suecia iba a ser el primer país del mundo en prescindir del dinero físico.
Luego llegaron las crisis. Cuando los sistemas fallaban —por cortes de luz, ciberataques o simples averías técnicas— comprar pan, medicinas o combustible se convertía en un problema real para miles de personas. Los mayores, los habitantes de zonas rurales y los inmigrantes, que ya partían de una posición más vulnerable, quedaron directamente desprotegidos.
La respuesta de las autoridades fue drástica. El gobierno sueco y el Riksbank —el banco central del país— dieron marcha atrás: aprobaron leyes que obligan a supermercados y farmacias a aceptar efectivo, exigieron a los bancos volver a permitir ingresos en billetes y lanzaron una recomendación oficial a los ciudadanos para que guardaran en casa unas 1.000 coronas (aproximadamente 90 euros) por adulto como reserva de emergencia.
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Por qué el efectivo hace algo que ninguna app puede hacer
Más allá de las emergencias, el Banco de España defiende que el dinero físico tiene una cualidad que ningún medio digital puede imitar: su tangibilidad. Al pagar con billetes, el cerebro percibe el gasto de forma diferente. “Solo podemos gastar el dinero que llevamos encima”, señala el análisis del organismo. Esa fricción, ese pequeño freno que supone ver cómo se vacía la cartera, actúa como un regulador natural del gasto impulsivo.
A eso se suman otras ventajas que el efectivo ofrece de forma exclusiva: no genera rastros digitales, por lo que protege la privacidad; funciona sin necesidad de tecnología, batería ni cobertura; y es accesible para quienes no tienen cuenta bancaria o no dominan los dispositivos electrónicos. El Banco de España lo define como “dinero de banco central”, seguro y difícil de falsificar, con capacidad para funcionar como depósito de valor.
El punto de no retorno
Uno de los argumentos más llamativos del análisis del Banco de España tiene que ver con la infraestructura. Fabricar y distribuir efectivo requiere imprentas, fábricas de moneda, redes de transporte de fondos, cajeros y sucursales. Mantener todo ese sistema tiene un coste fijo elevado. A medida que el uso del efectivo cae, ese coste se reparte entre menos operaciones, lo que lo encarece y lo hace menos eficiente. Si en algún momento se decide desmantelar esa red, reconstruirla sería extraordinariamente difícil.
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“El dinero físico no debe verse como un vestigio del pasado, sino como una red de salvaguarda tan necesaria como los extintores”
“El dinero físico no debe verse como un vestigio del pasado, sino como una red de salvaguarda tan necesaria como los extintores en un edificio digitalmente inteligente o las escaleras en cualquier rascacielos”, advierte el texto publicado por el banco central español.
El Banco Central Europeo (BCE), que comparte ese diagnóstico, recuerda la experiencia del reciente apagón en España para ilustrar por qué el efectivo sigue siendo indispensable. Su recomendación es tener en casa dinero suficiente para cubrir al menos 72 horas de gastos esenciales, con preferencia por billetes de pequeño valor y monedas para los pagos del día a día.
Ante este panorama, el BCE apuesta por la convivencia entre lo físico y lo digital. La institución impulsa el desarrollo del euro digital —una versión electrónica del efectivo emitida por el banco central— pero aclara que su objetivo no es reemplazar los billetes, sino complementarlos. De hecho, el BCE y los bancos centrales de la zona euro, entre ellos el Banco de España, trabajan en paralelo en una nueva serie de billetes en euros. Hasta el 21 de septiembre, los ciudadanos pueden participar en una encuesta online para opinar sobre el diseño de los futuros billetes.
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“El éxito de nuestro sistema de pagos no se medirá por lo rápido que logremos eliminar el dinero físico, sino por nuestra capacidad de combinar la eficiencia de lo digital y la red de seguridad de lo físico”, concluye el análisis del banco central español.