Entre el Tigris y el Éufrates se ubica una región tan amplia como fértil a la que los antiguos griegos llamaron Mesopotamia, “entre dos ríos”. El Creciente Fértil fue el escenario de la revolución neolítica y el lugar en el que miles de años después nacería lo que podemos empezar a llamar civilización. Es aquí donde nace la historia, en Sumer, entre el 3800 y el 3200 a.C.
Una de las fuentes escritas médicas más antiguas procede precisamente de la civilización mesopotámica y se conserva en una tablilla de arcilla con escritura cuneiforme. Recuperada de la antigua ciudad de Nippur (actual Irak), ofrece una serie de quince artículos médicos que nos permiten dilucidar cómo era la medicina en el tercer milenio a.C.
Pese a que las fuentes médicas escritas de las que disponemos son escasas, la arqueología ha podido reconstruir una de las prácticas más enigmáticas de los sumerios y los acadios: la lectura de los hígados. Más que una práctica de la medicina, se trataba de un arte sagrado que efectuaban los médicos-sacerdotes.
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La lectura del hígado no se realizaba en ningún lugar similar a un centro sanitario, sino en el templo de la ciudad, puesto que los mesopotámicos pensaban que la enfermedad era consecuencia de una afrenta a los dioses. Por ello, era el médico-sacerdote, una de las figuras más ilustradas de estas ciudades Estado, el encargado de tratar a estas personas.
“Dado que la vida era entendida como un don de los dioses, la enfermedad era el resultado de un castigo divino. La intervención del médico o sacerdote se iniciaba con una confesión por parte del paciente”, escribe Pedro Gargantilla, médico y profesor de Historia de la Medicina en las universidades Europea de Madrid y Francisco de Vitoria, para MuyInteresante. Así, el “tratamiento” consistía en un interrogatorio al paciente para descubrir cuál era el pecado que había provocado ese castigo, es decir, la enfermedad.
Cómo adivinar el futuro viendo un hígado
Entre las múltiples prácticas que se realizaban en Mesopotamia para intentar curar distintas patologías, la hepatoscopia era una de las más enigmáticas. Para llevarla a cabo, se sacrificaba un animal, por lo general un cordero o un cabrito, para analizar el volumen, el color y la forma del hígado.
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Para este pueblo antiguo, cuna de la civilización, “el hígado era el asiento del alma y el centro de la vida”, pues “pensaban que la sangre se originaba en este órgano y que desde él se distribuía al resto del organismo”. Según cuenta Gargantilla, distinguían entre el lóbulo derecho y el izquierdo, siendo el primero en el que se consultaban aspectos relativos al paciente. De hecho, se han rescatado en los templos mesopotámicos modelos de arcilla de hígados como apoyo para el proceso de adivinación de los médicos-sacerdotes, a los que Gargantilla compara, “salvando la distancia, a nuestros modernos atlas de anatomía”.
De los sacrificios a los dioses a los fármacos
Es evidente que las civilizaciones sumerias y acadias, entre otras que poblaron Mesopotamia, no contaban con apenas recursos médicos. Las plegarias a los dioses, los sacrificios, los exorcismos y los baños y masajes constituían buena parte del tratamiento de los pacientes.
Sin embargo, las tablillas cuneiformes también mencionan la administración de ciertas drogas que solían ser “ingeridos con cerveza para paliar el sabor desagradable que producían”. También conocían los emplastos y los vendajes e instrumentos quirúrgicos como los bisturís o los trépanos.
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