Caminar por una calle y encontrar una silla, una lámpara o una planta junto a un contenedor. Mirarlo y pensar: “Esto me vendría genial en casa. ¿Y si me lo llevo?”. Esa escena forma parte de la vida cotidiana de muchas personas, sobre todo en grandes ciudades, donde recoger objetos abandonados en la calle y darles una segunda vida ya no está necesariamente mal visto. Esta es la historia de Clara, una joven que vive en Madrid y que forma parte de este modelo de economía circular.
Más allá del gesto espontáneo de pasear y encontrar algo en la calle, han surgido formas más organizadas y propias de este siglo de dar una segunda vida a lo que otros desechan. A través de internet, especialmente mediante aplicaciones de mensajería instantánea y redes sociales, se han creado canales donde los objetos circulan antes de convertirse en residuos.
En distintos barrios de Madrid existen grupos de Telegram en los que los vecinos comparten fotografías de muebles abandonados u objetos de los que quieren deshacerse antes de tirarlos. Algunos de estos grupos definen su propósito de forma explícita en su descripción: “Fomentar la solidaridad entre vecinos, alejándonos de lógicas capitalistas de consumo”. Más que simples canales para regalar objetos, funcionan como redes informales de reutilización y apoyo.
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Redes vecinales de reutilización
Clara llegó a uno de estos grupos tras mudarse de Granada a Madrid. En su ciudad anterior ya participaba en iniciativas similares, pero en la capital descubrió comunidades organizadas por barrios y distritos bajo el nombre de “No lo tires”. “Es un grupo donde, si ves cosas en la basura y no lo quieres, mandas una foto y su ubicación para que pueda ir otra persona”, explica.
Para esta joven, recoger cosas de la calle nunca ha tenido tanto que ver con el ahorro como con la sostenibilidad y la responsabilidad. “Si veo cosas que están bien, siempre me gusta mirar a ver si me las puedo llevar”, cuenta. Por ello, en su casa conserva plantas de aloe vera, macetas, pequeños muebles, tazas y otros objetos que algunas personas habían decidido desechar. Su hallazgo más reciente es un banco metálico de vestuario. “Me siento ahí en la terraza y me viene superbien”, dice entre risas.
En ocasiones, explica, se encuentran auténticas viviendas vaciadas. “A veces vacían casas; esas son las mejores veces. Igual se muere la persona que vivía ahí y lo dejan todo fuera”. Vajilla, muebles, ropa, plantas, libros o pequeños objetos personales aparecen amontonados junto a los contenedores, a la espera de que alguien pase antes de que llegue el camión de basura.
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La calle como escaparate
Esta práctica, conocida en algunos países como trash hunting, ha adquirido en los últimos años una visibilidad creciente. Una de las claves de este fenómeno tan habitual es la casualidad. “Si alguien deja algo en la calle, no va a llegar a otra persona de ninguna manera, a no ser que pase casualmente por ahí”, explica Sandra, administradora de la cuenta de Instagram Estoy en la basura, que supera los 66.000 seguidores.
Sandra creó la cuenta a finales de 2020, durante la pandemia. Después de trabajar, paseaba por las calles de Madrid y empezó a fijarse cada vez más en la cantidad de objetos abandonados junto a los contenedores. “Veía muchísimas cosas nuevas o muy útiles y me daba rabia no poder llevármelas”, recuerda. Al principio intentaba quedárselo o repartirlos entre amigos, pero pronto entendió que era imposible. Fue entonces cuando decidió utilizar Instagram como una herramienta para conectar esos objetos con otras personas antes de que terminaran desechados.
Lo que comenzó como una cuenta donde compartir hallazgos terminó convirtiéndose en una red colaborativa. Cada día recibe mensajes de personas que envían fotografías, ubicaciones o directamente objetos que quieren regalar antes de tirarlos. Sandra tiene claro el objetivo: “Hacer feliz a la gente al encontrar algo gratis que necesita y, por otro lado, evitar el desperdicio de algo que todavía puede ser útil”, explica.
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Con el tiempo, la cuenta ha acabado influyendo también en la forma en que muchas personas consumen. “Hay gente que piensa: ‘Voy a esperar a ver si aparece en la cuenta en vez de comprármelo’”, relata. Asimismo, considera que iniciativas como esta contribuyen a normalizar la segunda mano, la restauración y una relación menos impulsiva con los objetos.
Cuando la basura todavía sirve
Sin embargo, tanto Sandra como Clara coinciden en que todavía existe un fuerte prejuicio hacia “las cosas de la basura”. “Se supone que la basura es lo que desechas”, dice Clara, “pero si las cosas están bien”. Para ella, detrás de muchos objetos abandonados hay también una forma de desigualdad en la relación con el consumo. “Es un privilegio decir: esto no me sirve, pues lo tiro y que el resto se apañe”, reflexiona. “Hay personas que realmente necesitan cosas que a otros les sobran”, añade.
Sandra, por su parte, insiste en que muchas personas creen erróneamente que los objetos abandonados o incluso los llevados al punto limpio tendrán automáticamente una segunda vida. “Todo eso se desperdicia”, afirma. En el caso de la ciudad de Madrid, los muebles y enseres recogidos a través de los canales municipales se destinan principalmente a su gestión como residuo en puntos limpios y plantas de tratamiento, mientras que la reutilización se realiza a través de ReMAD.
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Según datos del Ayuntamiento de Madrid, este servicio de economía circular ha permitido la reutilización de más de 85.000 artículos, con una tasa de reutilización cercana al 87%. Sin embargo, estos datos corresponden únicamente a este sistema específico y muestran que la reutilización sigue representando una parte pequeña del total de objetos gestionados en la ciudad. En consecuencia, una parte significativa del mobiliario y los enseres domésticos recogidos por los servicios municipales continúa su recorrido hacia el reciclaje, tratamiento o eliminación.
Una tendencia en crecimiento
Mientras tanto, la ciudad sigue generando objetos de forma constante entre quienes participan en esta economía circular. “Madrid es una ciudad en constante cambio”, explica Sandra. Mudanzas, viviendas temporales, estudiantes que abandonan habitaciones o personas que regresan a sus lugares de origen hacen que ciertos barrios acumulen más objetos abandonados que otros, especialmente en zonas céntricas o próximas a universidades. Y aun así, muchos de esos objetos apenas permanecen unos minutos en la calle. “Si algo es muy suculento, no va a durar nada”, cuenta Sandra.
Tras más de cinco años documentando este fenómeno en redes, hace apenas unas semanas decidió dar un paso más y organizar su primer “mercadillo a 0 euros”, en el que reunió muebles, ropa, decoración y utensilios recogidos durante meses con una única intención: regalarlos. El resultado fue un éxito. “Eso mismo debería pensar nuestra ciudad: vamos a coger esto y lo vamos a regalar porque esto está bien”, defiende.
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Independientemente del formato, ya sea un paseo por la calle, un grupo de mensajería o una cuenta en redes sociales, todo apunta a una misma tendencia. Una práctica que, en muchos casos, ya no responde únicamente a la necesidad, sino también a una convicción creciente en la reutilización, el reciclaje y el cuestionamiento del modelo de consumo acelerado. En una sociedad que genera cada vez más productos y residuos, estas iniciativas emergen como una forma alternativa de relación con los objetos, aunque todavía insuficiente frente al volumen de lo que se desecha.