El pasado lunes, los habitantes de Rodeiro, un pequeño municipio de Pontevedra, se enfrentaron a una situación inesperada y dolorosa: Samba Coumba Ndao, uno de sus vecinos, falleció a miles de kilómetros de su familia tras una dura enfermedad. La noticia golpeó fuerte en este pueblo gallego de apenas 2.200 habitantes, donde Samba se había integrado plenamente durante los últimos años. Ante la imposibilidad de que su familia asumiera el coste de repatriar el cuerpo a Senegal, la comunidad reaccionó de forma inmediata y solidaria. En solo 24 horas, los vecinos recaudaron más de 8.000 euros para que Samba pudiera descansar en su país natal junto a los suyos.
Samba llegó a España hace más de veinte años. Durante ese tiempo, encadenó distintos trabajos en varias provincias, desde Pontevedra hasta la comarca de Valdeorras en Ourense. Su vida estuvo marcada por el esfuerzo: “Todo lo que ganaba lo enviaba a su familia, para que sus hijos pudieran tener las oportunidades que él no tuvo”, recuerdan quienes lo trataron en Rodeiro, según Cadena SER. Logró estabilizarse en una explotación ganadera, consiguió sus papeles y cotizaba regularmente, pero nunca perdió la costumbre de enviar ayuda a Senegal.
A pesar de las dificultades, Samba logró integrarse y ser parte fundamental del tejido social del pueblo. Sus días eran reconocibles para todos: lo veían pasar, saludar, detenerse a conversar y recorrer los mismos lugares de siempre. Tenía amigos en cada establecimiento, desde la farmacia hasta el supermercado. “Era uno más de casa. No había nada que discutir, había que hacerlo”, afirmó Noelia, responsable del bar Esmorga, al explicar la decisión colectiva de ayudarle en sus últimos momentos.
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La vida de Samba en Rodeiro
Samba era conocido por su carácter cercano y su alegría. Los vecinos lo describen como una persona amable, siempre dispuesta a conversar y compartir un gesto de simpatía. “Decíamos que hacía sus estaciones, como un tren. Iba de arriba para abajo, parándose a hablar con todo el mundo... el bar, la librería, la joyería... y luego, si le quedaban fuerzas, venía aquí”, relató Paola, dependienta del supermercado.
Cuando la enfermedad apareció, la red de apoyo de Rodeiro se activó sin necesidad de coordinación formal. Cada uno asumió un papel: preparar comida, comprar medicamentos, acompañarlo o simplemente pasar a verlo. “Nos fuimos arreglando entre todos. Lo que hiciera falta”, resumía Noelia. En la joyería, Chelo recuerda cómo Samba, tras regresar de un tratamiento, se sentó al sol y empezó a comer yuca cruda, explicando que en su país la comían así. Cuando mencionó que sentía frío, Chelo le dio dos nórdicos. Días después, Samba le agradeció diciendo que dormía bien abrigado.
La enfermedad avanzó rápido y, a pesar de los intentos del Ayuntamiento, no se logró que uno de sus hijos viajara desde Senegal para despedirse. El adiós tuvo que hacerse por videollamada, con Mor, su amigo más cercano, acompañándolo en el hospital. “Aquí lo trataron muy bien. Le ayudaron en todo: gasolina, comida, dinero, ropa… en todo. Y a mí me siguen ayudando a día de hoy”, contó Mor, profundamente emocionado, según Cadena SER.
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La respuesta del pueblo y el viaje de regreso
La reacción de Rodeiro fue inmediata tras el fallecimiento de Samba. El Ayuntamiento abrió una cuenta solidaria para reunir fondos y repatriar el cuerpo. La respuesta fue abrumadora: “En menos de 24 horas ya se había reunido todo el dinero necesario”, explicó Begoña Vázquez, concejala de Servicios Sociales. La colecta superó los 8.000 euros y permitió organizar el traslado en cuestión de días.
Desde Vigo, el cuerpo fue llevado hasta Madrid y, posteriormente, embarcado en un vuelo internacional rumbo a Senegal. Allí, en el aeropuerto internacional Blaise Diagne, lo esperaba su hijo junto al resto de la familia. La despedida en Rodeiro fue sentida y colectiva. “Era una persona más entre nosotros, un vecino más y un amigo más”, afirmó Noelia Neira, amiga cercana de Samba, citada por Cadena SER.
La historia de Samba evidencia el alcance de la solidaridad vecinal frente a las dificultades y la ausencia de recursos. En palabras de sus vecinos, nunca importó de dónde venía, sino cómo vivía y cómo se relacionaba con quienes lo rodeaban. La colecta y el acompañamiento en sus últimos días fueron el reflejo de una integración real, marcada por la empatía y el afecto mutuo.
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