El mensaje oculto de Juan Carlos I en el 14 aniversario de su caída en Botswana: “Es la disculpa de un niño pequeño”

El psicólogo y experto en lenguaje no verbal Cristian Salomoni analiza para ‘Infobae’ la disculpa que el emérito dio en 2012 y la acogida que tendría en la actualidad

Juan Carlos I, junto a un elefante abatido en una cacería (Foto: Sky)

Son pocas las frases que han quedado grabadas en la memoria colectiva de España. Pero, sin duda, una de las más recordadas es el escueto “lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”. Unas palabras que fueron pronunciadas por el rey Juan Carlos I tras haberse sometido a una operación quirúrgica de urgencia debido a la aparatosa caída que sufrió en Botswana, donde se encontraba de viaje privado con Corinna Larsen y el hijo de esta, el entonces pequeño Alexander. Han pasado 14 años desde entonces, pero este incidente marcó un antes y un después en el reinado del emérito, quien acabó abdicando en favor de su hijo, Felipe VI, en 2014.

Más allá de las palabras, lo que realmente captó la atención, y sigue siendo objeto de análisis, fue todo lo que no se dijo. Y es que los gestos, la postura y la mirada del exsoberano transmitieron el verdadero mensaje. “Estamos ante una disculpa claramente preparada y probablemente impulsada por la necesidad institucional de frenar la crisis, más que ante un arrepentimiento profundo y espontáneo", afirma Cristian Salomoni, psicólogo experto en comunicación no verbal, para Infobae.

Desde el 3 de agosto de 2020, el emérito, Juan Carlos I, reside en Abu Dhabi, actualmente en una lujosa mansión en la isla de Nurai

La rigidez corporal, el tono contenido, la expresión facial y la fugacidad del mensaje reforzaron “la idea de una escenificación controlada y no de una reacción emocional improvisada”. “En el plano no verbal, se perciben señales compatibles con la vergüenza y la resignación, pues hay una cierta caída en la mirada y en la voz ”, asegura el entrevistado, agregando que la clave es que, pese a ello, “la disculpa no es profundamente sentida”. En otras palabras, el perdón es más cercano “a la conciencia de haber causado un problema enorme que a un arrepentimiento íntimo y profundo”.

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“Su disculpa es como la de un niño pequeño”

Aquel momento, marcado por la presión social y mediática en plena crisis económica y por la controversia de un viaje de lujo que no encajaba con el contexto del país, convirtió la disculpa en un episodio histórico. “El rey emérito entiende perfectamente la gravedad de lo que ha provocado y el daño institucional que ha generado, pero no se ve a alguien emocionalmente volcado en reparar desde lo personal”, sostiene Salomoni, añadiendo que “las frases pronunciadas funcionan porque son claras, directas y comprensibles, pero precisamente por eso también suenan muy aprendidas, muy básicas y poco elaboradas”.

El rey Juan Carlos I tras someterse a una operación por su caída en Botsuana (RTVE)

El psicólogo y experto en lenguaje no verbal tiene claro que el perdón del rey Juan Carlos I le recuerda a “la disculpa de un niño pequeño que se avergüenza de haber hecho algo", pues reconoce la falta, promete que no se repetirá, pero no desarrolla el daño, no lo elabora y no se detiene emocionalmente en él”. Ha pasado más de una década y hoy la realidad es muy distinta, ¿aquellas mismas palabras que impacto hubieran tenido hoy en día? “Probablemente, la misma fórmula hoy no sería igual de eficaz. No basta con reconocer el error y prometer que no se repetirá. Se espera mayor desarrollo, mayor transparencia y, sobre todo, una conexión emocional más evidente”, afirma Cristian Salomoni.

De acuerdo con las declaraciones del entrevistado, no es suficiente con lo que se dice, “sino cómo lo sientes y cómo lo explicas”. “Una disculpa como aquella, tan breve y tan contenida, hoy correría el riesgo de percibirse como insuficiente o incluso como poco sincera. Precisamente porque suena demasiado medida, demasiado institucional", concluye el psicólogo y experto en lenguaje no verbal, agregando que su caída en Botswana constituiría la punta del iceberg, pues, desde el 2012, el emérito se ha visto envuelto en numerosas polémicas que le han obligado a exiliarse en Abu Dabi.

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