Cuando no era tan pequeña, Mar Manrique (Barcelona, 1998) soñaba con despertarse a las seis de la mañana, coger un tren, poner rumbo a una redacción de turno y pasar ocho horas (si no más, claro) produciendo para un periódico nacional. Pero en plena pandemia, al salir de la carrera de Periodismo de la Universidad Ramon Llul, se dio de bruces contra el suelo: las redacciones son muy desagradecidas con los recién llegados. También están muy mal pagadas.
Entre encadenar prácticas allí y allá y empezar su andadura en la profesión, en 2021 decidió abrirse una newsletter en Substack, cuando ni Rosalía ni muchos autores del panorama cultural sabían lo que era. Así nació Fleet Street, su newsletter sobre periodismo, nuevas tendencias y el futuro de la profesión. Cinco años después, Manrique acumula más de 10.000 suscriptores.
Hoy, además de continuar escribiéndola, es una de las impulsoras de WATIF TV, un matinal de actualidad que codirige con los también periodistas Emilio Doménech (también conocido como Nanísimo) y Marina Enrich en su canal de YouTube. También ha colaborado con publicaciones como S Moda (El País), La Vanguardia, elDiario.es y Vogue. Por todo esto, la Asociación de la Prensa de Madrid la ha reconocido con el Premio APM a Periodista Joven del Año, destacando su “valentía como joven emprendedora” y su capacidad para pensar el periodismo en los nuevos canales.
Como ella, toda una generación encontró en internet una alternativa a las ofertas precarias y a la falta de perspectivas, y de eso trata ahora su primer libro. En Un trabajo soñado (Península), publicado el pasado 4 de marzo, Manrique disecciona la promesa del trabajo digital que hoy afecta a influencers, diseñadores, fotógrafos o creadores —¿se puede vivir sin jefes?— y el reverso que se esconde detrás: la autoexplotación, la presión y la dificultad de separar la vida y el trabajo.
Internet, primero creado como un campo de juego, es ahora una cartera dispensadora de billetes. El mundo digital ha transformado no solo la manera de ganarnos la vida, sino también la de construir nuestra identidad. “Siempre tienes que estar trabajando y haciendo muchas cosas a la vez para que el público se fije en ti, ¿no? Esa inquietud de tener que estar todo el rato trabajando, esa autoexigencia de entender mi identidad por lo que hacía, era una cosa que me apetecía explorar", cuenta la periodista a Infobae con un café en la mano, mientras explica el motivo por el que arrancó a escribir el libro, cuyo editor llegó precisamente a través de Substack.
Le ayudó su desencanto tras salir de la carrera. Ningún profesor le enseñó que internet ofrecía tantas opciones: “Lo máximo y lo más innovador que hice en la universidad era escribir algún tuit cuando venía algún invitado”, cuenta. Eso y empezar a montar su perfil en LinkedIn.
“Fue al salir cuando me di cuenta de cuál era realmente el ecosistema de los medios y de que me tenía que sacar las castañas del fuego para ver qué pequeño altavoz podía crearme”, explica. “Siempre está la línea entre si alguien es creador o periodista y muchas veces es una línea difusa. Son formas de comunicar que no hay que mirar con condescendencia. Es el periodismo de ahora y si en la carrera hubiéramos sabido que existían todas esas opciones, más gente se dedicaría a ello. Mucha gente de nuestra generación ha tenido que desertar y dedicarse a otras cosas”, apunta.
Así, lo que empezó como un hobby con su newsletter, terminó convirtiéndose en parte de su trabajo. Aunque poco a poco, le empezó a pesar. Hasta la fecha, eso sí, nunca lo ha hecho con desencanto: simplemente se dio cuenta de que era un arma de doble filo. “Tengo una newsletter, copresento un programa de actualidad que el año pasado era de tendencias de futuro, modero charlas, presento eventos... Escribo sobre cultura, amor... Hago mil cosas”, explica.
“Fue el paso del tiempo y seguir dedicándome a muchas cosas a la vez lo que me hizo darme cuenta de que efectivamente se estaba produciendo ese enredo entre mi tiempo personal y el tiempo de trabajo, y entrar en ciertas dinámicas con la tecnología de no desconectar”, reflexiona. “Mi trabajo lo disfruto un montón y me encanta, pero no quiero que me prive de hacer cosas”, añade. “Este libro me ha ayudado a hacer un poco las paces con este sistema, porque yo entré a él y pasé por el aro sin ser realmente consciente de todo lo que luego me podía comprometer a mí en la vida”.
“Todas las cosas que hacemos siempre son pensando en el fin que van a tener. Ese es el problema de haber convertido nuestros hobbies en algo que nos puede llevar a tocar el éxito”
Pero internet no solo le ha dado a Mar su trabajo. También les ha dado a muchos influencers el suyo, especialmente después de la pandemia. De hecho, solo de 2020 a 2022, España pasó de 7 a 17 millones de creadores de contenido, profesionalizados y no profesionalizados. “Todo el mundo anhelaría ser un influencer que cobra miles de euros por un storie”, dice. “Estamos entrando en unas dinámicas pensando que nosotros también podemos acceder a esa cúspide, aunque es mentira y es muy difícil”, añade, puesto que influyen componentes como el azar, el algoritmo o la suerte. “Todas las cosas que hacemos siempre son pensando en el fin que van a tener. Ese es el problema de haber convertido nuestros hobbies en algo que nos puede llevar a tocar el éxito”, reflexiona.
Precisamente, el algoritmo es uno de los ejes que articulan el libro, porque, como plantea Manrique, la supuesta autonomía del trabajo digital está condicionada por un sistema cuyas reglas nadie termina de comprender. “Si has llegado a cierto nivel, puedes respirar y jugar fuera de esa lógica”, explica. “Pero cuando estás intentando hacerte un nombre o seguir creciendo, tienes que seguir jugando bajo esas reglas”.
La generación Z y el trabajo: ¿pone cada vez más límites?
A todo esto hay que sumarle la convicción de que la generación Z pone cada vez más límites entre el trabajo y su vida personal. Manrique no está de acuerdo: “Esa afirmación me da mucha rabia. Puedo entender por quién se dice. Tengo amigos a mi alrededor cuyas ambiciones de vida no están relacionadas con su carrera, pero la mayoría sí que tiene ambición en su trabajo. Y cuando tienes ambición, quieres mejorar y quieres escalar, la gente no suele poner horarios”. Y esto no es exclusivo de internet, porque como menciona, también pasa con las consultorías. “Puedes pensar que tú decides cuándo parar, pero no es verdad. Siempre hay algo más: un vídeo que hacer, una tendencia a la que reaccionar, una oportunidad que no quieres perder”.
Por esto mismo, explica, ella y su generación necesitan “no trabajar durante tres semanas”. “Entiendo el sistema y entiendo a los empresarios, pero también me preocupa que gente que estamos apretando mucho para hacernos una carrera en el mundo laboral, estemos tan cansados al inicio”, asegura. “Siempre pienso: ‘¿Qué será de nosotros en diez años?’ Yo solo quiero estar tranquila".
Ese cambio atraviesa también la propia naturaleza de internet, uno de los ejes centrales del libro. “Internet antes era un campo de juego, una herramienta para conectar, para divertirte. Era un espacio de experimentación, muy íntimo”, recuerda. Hoy, en cambio, se ha pasado “del internet social al del trabajo y del rédito económico. Eso es un problema”, resume.
En uno de los pasajes del libro, la autora cita a la rapera Mala Rodríguez, que en sus memorias, publicadas en 2021, escribe sobre su fantasía de trabajar en una oficina. “A mí me flipan las oficinas, me imagino cómo debe de ser ir todos los días a una, tener una grapadora, ir a la impresora, conocer al chico callado de la mesa del fondo, sentarte en tu escritorio”. “La gozadera de quedar para ir a tomar algo después del curro. Eso me encantaría. Para mí lo exótico son ese tipo de cosas”, escribió.
Ya en redes sociales, no es raro encontrar a jóvenes romantizando acudir a una oficina y grabar qué comen en un día frente a su pequeño ordenador o cómo es un día en su vida. De hecho, cada vez más jóvenes buscan refugio en la Administración pública. “Siento que las cosas son cíclicas, que si ahora se nos está prometiendo que Internet puede ser la salvación, luego tal vez vemos referentes de otras personas que han conseguido como quitarse unas cadenas del trabajo que te persigue a todas las horas del día", apunta.
Sin embargo, lejos de idealizar el pasado, Manrique no cree que haya vuelta atrás. “Este es el presente y son las dinámicas con las que tenemos que jugar”, asume, aunque la contradicción sea constante. “A veces fantaseo con no tener Instagram, pero luego pienso: ‘Tengo que promocionar el libro’”. Lo que sí le inquieta es el futuro. Porque, como apunta también en Un trabajo soñado, no hay espacio para todos. Y ahí aparece la pregunta: ¿Explotará en algún momento la burbuja de creadores de contenido? “Esto es algo que me hubiera gustado responder en el libro porque era una pregunta que me inquietaba mucho”, apunta. “Todo el mundo quiere crear su pequeño altavoz en Internet, pero el escenario no es tan grande para que quepan tantos”. Y quizá ese sea el verdadero problema: no tanto que el sueño haya desaparecido, sino que nunca fue para todos.