La serie diaria Sueños de libertad alcanzaba hace unos días su episodio número 500 y registraba en febrero su mejor dato histórico de audiencia con un 14,6 % de cuota de pantalla. Este éxito consolida a la ficción de Antena 3 como un fenómeno dentro de la televisión nacional, reconocida por la continuidad de su historia y el seguimiento fiel de su público.
En el centro de este logro está Natalia Sánchez, quien interpreta a Begoña y se ha convertido en la figura más querida de la familia De la Reina. La actriz, que ha encarnado infinidad de personajes en la pequeña pantalla española, comparte con Infobae cómo ha vivido estos dos años intensos en el plató, el impacto emocional de encarnar a su personaje y la relevancia de las series diarias, así como la transformación de las historias costumbristas en España.
- Pregunta: Una serie diaria requiere un gran compromiso y una rutina frenética, ¿cómo ha sido para ti vivir estos dos años de trabajo tan intenso y el éxito in crescendo del proyecto?
- Respuesta: Lo vivo con muchísima emoción. Doy gracias cada día por levantarme y por seguir encarnando el papel de Begoña. Porque se siga viendo, por seguir contando historias. Es una suerte tremenda. Creo que pocas veces pasan estas cosas en esta profesión, porque solemos tener trabajos que duran mucho menos. Llevamos dos años sin parar, con todo lo que ello implica, porque hay mucho sacrificio personal detrás y mucho sacrificio profesional también. Pero es una suerte. Es una suerte tener algo que sacrificar por este grandísimo trabajo. Así que, muy feliz.
- P: ¿Cómo te preparas para ese ritmo de trabajo tan sacrificado?
- R: A mí me va la marcha, pero es una vorágine cada día. Hay mucho que estudiar, muchas tramas muy intensas y difíciles de interpretar también, porque no es solamente llorar lo más difícil. Es llorar, es vivir una relación tormentosa, es que ahora te roban al niño... He transitado cosas como Begoña que me han tocado el corazón como Natalia, y eso cuesta mucho luego no llevárselo a casa. Pero al final es el trabajo por el que lo das todo, porque es lo que más me gusta hacer en el mundo y es una suerte.
- P: En estos dos años, ¿ha habido algún momento que hayas dicho ‘necesito parar, necesito desconectar’?
- R: Por supuesto que hay, no uno, sino muchos momentos del mes, de la semana. Pero en general, llevas los caballos ahí sujetos y dices: “Venga, pues vamos, vamos, vamos”, y sigues adelante. Sí que hay momentos, por ejemplo, antes de llegar a vacaciones o cuando sabes que vas a estar unos días sin grabar, en los que todo es mucho más intenso. Intentan cuidarnos mucho para que no explotemos. Pero justo cuesta más cuando se acerca el final previo a algún parón. No he tenido burn out de momento.
- P: ¿Te encuentras ya en ese punto en el que puedes disfrutar del trabajo y no estar pendiente de las audiencias porque tenéis una estabilidad? ¿O ese es un miedo que siempre permanece?
- R: Yo miro las audiencias todos los días. Igual que miro si mis hijos respiran por la noche, aunque sé que ya respiran y que todo está bien. Pero creo que por eso funciona tan bien Sueños, porque no nos hemos dormido en los laureles. Seguimos haciéndolo con las mismas ganas y la misma intensidad que al principio. No damos nada por sentado, porque el público es muy exigente y al final llevamos mucho margen entre lo que grabamos y la emisión, y eso juega en nuestra contra, porque si algo no funciona, no puedes cambiarlo.
Por eso tienes que hacer que funcione. Tienes que dejarte la piel para que no se escape ningún fleco. Es parte de la automotivación: decir “A por todas, que hay mucha gente que lo está viendo y que merece seguir viéndolo”. Hoy en día quien ve Sueños es porque le da la gana, no es como hace veinte años que había cinco canales. Si nos eligen es porque algo estamos haciendo bien.
- P: Begoña es un personaje que ha evolucionado mucho. Está en un matrimonio infeliz, pero ahora es capaz de sacar esa faceta de “leona”, sobre todo cuando se trata de sus hijos, ¿cómo vives este desarrollo y los nuevos retos emocionales del personaje?
- R: Me gusta mucho esa faceta humana de Begoña, porque saca a la luz sentimientos que tenemos todos. La nueva ilusión de Andrés va a hacer que Begoña sufra por amor desde un punto que nunca le ha tocado vivir. Pero claro, ver que el amor de tu vida, con el que no estás porque no puedes estar, está enamorado de otra persona, duele.
Me duele a mí como Natalia, que a veces estoy con Dani y digo: 'Dani, ¿me das un besito por el plató o algo?'. Porque le echo muchísimo de menos. Hay distancia porque tiene que haberla, y de hecho yo le ayudo en cosas con Valentina, que encima Valentina es un amor. Con María era más fácil poder defender el 'no te merece', pero aquí sí se merece. Me gusta mucho que esté en ese punto, que sufra como de segundas; ella no es la damnificada directamente, sino un daño colateral de una relación, y eso pone a Begoña en otra posición. No es la historia de amor, es la historia de sufrir por amor hacia él y es muy bonito.
- P: ¿No te gustaría que el personaje pasara de víctima a verdugo?
- R: Sí, no que sea mala, pero quiero que reparta caña. Me apetece que lo haga por ella, porque no le cuesta nada sacar el carácter cuando tiene que defender a alguien, pero le suele costar consigo misma. Ya lo he visto en algún momento, pero es muy difícil ser leona por una misma. Me encantaría que el personaje lo hiciera, ya que normalmente tiendes a levantar la voz más fácil por los demás. Nos han enseñado así. Cada persona es un mundo, pero cuesta más decir cosas por ti que por el de al lado.
- P: Interpretar escenas de sufrimiento, abuso o maltrato físico, como las que tenías con Alaín o la enfermedad de un hijo debe de ser muy duro para ti. ¿Cómo te preparas para esas grabaciones?
- R: Todo el inicio de Alain fue durísimo, porque a nivel físico yo acababa agotada por tener que simular un maltrato físico real. Acabamos la secuencia, se iba todo el mundo del plató y nos quedábamos los dos cogidos de la mano, él pidiéndome perdón y yo diciendo: “Está todo bien”, los dos llorando, porque el cuerpo no distingue de si es real o no. Estás en tensión, te pones en la piel de alguien que está pasando por eso porque trabajamos así, desde la verdad, poniéndome en qué me pasaría a mí si estuviera en esa situación.
Y luego es que tenemos unas tramas… La trama del niño enfermo a mí me mató. No pude no llevarme el trabajo a casa, no pude no llorar en el coche de vuelta, no pude levantarme sin tristeza por la mañana. Estás poniéndote en que el niño está en peligro y hay escenas donde no puedo seguir o he tenido que pedir parar. Cuando estábamos con el bebé en brazos y el cura con el bautizo, yo no podía hablar. Hay cosas que te tocan más. Por la calle también te dicen: 'No he podido ver esto porque a mí me pasó también'.
- P: Las series diarias no son normalmente tan valoradas por el público o incluso por los jurados como las semanales o de plataformas. ¿Crees que hay estigma hacia tu trabajo?
- R: El premio es la audiencia. El premio es que guste y que se vea. El premio es poder trabajar y que tu trabajo lo esté disfrutando alguien en su casa, en el hospital, en el metro, donde sea. Que se tendrían que reconocer más y tendrían que mimarse más, por supuesto. Porque trabajamos con menos medios, con menos tiempo, con una intensidad que muy pocas series semanales o películas alcanzan. A nivel dramático puedes pasar de perder a tu hija a casarte, divorciarte, perder el bebé... Es una montaña rusa.
- P: Hace unos días Fran Perea comentaba que quiere hacer algo con motivo del 25 aniversario de Los Serrano. ¿Te ha contactado?
- R: Cada vez que Fran me llama hay un sí por mi parte, sea lo que sea, igual que si lo hace Víctor o cualquiera de ese momento de mi vida, porque son familia. Siempre lo he dicho, que me encantaría hacer lo que fuera porque creo que está en el imaginario de todo el mundo. Hay nuevas generaciones que lo están viendo ahora y les está gustando muchísimo. Es una serie que recomiendo mucho ver en familia porque tiene un tempo que es difícil en las series de hoy. Y ese costumbrismo y esa alma es también lo que tiene Sueños, un proyecto que tiene alma. Por mí sería un sí a todo, siempre.