La diferencia entre un buen psicólogo y un mal psicólogo puede marcar el rumbo de tu vida y mejora personal. Pablo Emilio Gutiérrez, psicólogo, destaca, en su cuenta de TikTok (@pablotupsicologo), cómo la actitud del profesional frente al consultante es el eje central para distinguir entre el acompañamiento genuino y una experiencia que puede resultar dañina. Su premisa es clara: “Nosotros no podemos juzgar ni hacer críticas de lo que hace el paciente ”.
En el espacio terapéutico, las personas suelen llegar cargadas de inseguridades, miedos y expectativas. Recibir críticas o valoraciones negativas por parte del psicólogo puede traducirse en una experiencia dolorosa, que refuerza el malestar y aleje al paciente del proceso. Gutiérrez enfatiza que “la función del terapeuta no consiste en dictar normas de vida ni emitir veredictos sobre las acciones o decisiones de quien consulta”.
Evitar los juicios y las críticas se convierte, entonces, en una regla que sostiene la práctica ética y profesional de la psicología. Gutiérrez explica que “el espacio de la terapia no es el lugar para sumar más presión, sino para ofrecer un lugar de aceptación donde la persona pueda explorar sus temas con libertad y sin temor a ser descalificada”.
Cómo identificar a un mal psicólogo
El especialista explica que “un mal psicólogo se caracteriza por realizar críticas directas y asumir posturas que colocan al paciente en una situación incómoda o a la defensiva”. Estas acciones pueden manifestarse en frases como: “Comer birria es algo terrible, no deberías estar comiendo eso, es muy poco sano para tu salud”. Gutiérrez explica que en este tipo de intervenciones, el profesional se coloca como autoridad moral, dictando lo que está bien o mal, lo que debe o no debe hacerse. Sin detenerse a pensar que es lo que ha llevado al paciente a realizar esas acciones.
Otro ejemplo habitual es cuando el psicólogo comenta sobre la apariencia física: “Me dijiste que estabas sintiendo que estabas subiendo mucho de peso. Pues a ver, a ver, levántate, da una vuelta. No, yo creo que sí estás subiendo un poco, ¿eh? Sí hay que bajarle a lo que estás comiendo”. Este tipo de observaciones no solo invaden la privacidad, sino que también pueden reforzar sentimientos de vergüenza o culpa.
Las críticas no se limitan al aspecto físico. Gutiérrez describe situaciones en las que el profesional desacredita intereses personales, como la música: “No has querido subir esta canción porque te da miedo qué digan los demás. Pues a ver, vamos a escucharla. ¡Uy, no, es horrible! Quítala, quítala”. Estas formas de interacción generan inseguridad y bloquean la apertura que se busca en una terapia.
¿Qué hace un buen psicólogo?
El buen psicólogo, en contraste, cuida su lenguaje y evita imponer sus opiniones como verdades absolutas. Cuando surge un tema sensible para el paciente, como la alimentación o el peso, propone preguntas abiertas y respetuosas: “Okey, me dices que has estado subiendo de peso y que no te gusta eso. ¿Cómo es que no te gusta esto? ¿Cómo has notado tú que has subido de peso?”. Este tipo de abordaje permite que el paciente explore sus propios sentimientos y experiencias, en lugar de recibir juicios externos.
La actitud de escucha y respeto se extiende a todos los ámbitos de la vida. Cuando alguien comparte una creación musical, el profesional agradece la confianza y evita juzgar el contenido: “Gracias por compartirme la canción. Me hace ilusión que te abras para esto. La escuché. Personalmente, a mí no me gusta mucho el metal, pero puedo ver que te encanta hacer esto. ¿Qué es lo que te limita a ya querer subirla o publicarla?”. Aquí, el psicólogo reconoce la diferencia de gustos sin descalificar, y centra la atención en el proceso personal del consultante.
Gutiérrez subraya que “en la vida ya recibimos muchas críticas, muchos juicios, para que en sesión recibamos todavía más”. Por eso, el psicólogo debe recordar que no es experto en nutrición, imagen corporal ni música, y que su labor es acompañar y atender las emociones y preocupaciones que motivan la consulta. La escucha activa y la ausencia de juicio fortalecen el vínculo terapéutico y contribuyen a que la persona encuentre sus propias respuestas.