El regreso de los hijos adultos al hogar de sus padres se ha convertido en una imagen cada vez más habitual en muchas familias españolas. Factores como la precariedad laboral, la dificultad para acceder a una vivienda y la inestabilidad económica han hecho que lo que antes era una excepción ahora forme parte del día a día de miles de personas. Esta tendencia, que algunos han denominado “generación boomerang”, afecta tanto a los hijos como a los padres, que a menudo ya habían reorganizado su vida tras la marcha de los hijos y ahora se ven obligados a adaptarse de nuevo a la convivencia.
Este fenómeno implica una reformulación profunda de roles y expectativas dentro de la familia. Para los padres, en muchos casos mayores y acostumbrados a un ritmo de vida más tranquilo, significa volver a asumir tareas y responsabilidades que creían superadas. Para los hijos, volver suele estar cargado de emociones contradictorias: desde la sensación de alivio por contar con apoyo, hasta sentimientos de frustración, derrota o vergüenza por no haber logrado mantener la independencia.
La psicoterapeuta Xiomara Reina subraya en una entrevista para La Vanguardia que este reencuentro bajo el mismo techo requiere algo más que espacio físico: “es indispensable renegociar la convivencia y hablar abiertamente de lo que cada uno necesita y espera". Según la experta, miembro de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), reconocer que se trata de una etapa compleja y crear espacios para el diálogo es esencial para evitar malentendidos y conflictos. La clave está en encontrar un equilibrio entre acoger y respetar la autonomía de los hijos adultos, sin caer en la sobreprotección ni en la indiferencia.
Nuevos acuerdos entre hijos adultos y padres
Según datos de Eurostat, el 26% de los jóvenes emancipados ha tenido que volver en algún momento a casa de sus padres. Estos pueden retomar su papel de cuidadores, a veces de manera automática, mientras que los hijos pueden sentirse tratados como adolescentes, aunque los años y la experiencia los hayan transformado. La convivencia puede verse afectada por discusiones relacionadas con horarios, tareas domésticas o gestión del dinero. Por eso, Reina insiste en la importancia de sentarse a negociar desde el principio aspectos concretos como la distribución de responsabilidades, el respeto a la intimidad y la aportación económica de cada uno.
“Hablar de dinero de forma abierta ayuda a prevenir resentimientos y malentendidos. Decidir juntos cómo se repartirán los gastos y durante cuánto tiempo se mantendrá la situación refuerza la idea de que esta etapa es temporal y permite mantener la dignidad y la autonomía de todos los miembros de la familia.“ Aportaciones simbólicas o asumir tareas domésticas son maneras de equilibrar la convivencia y evitar que la carga recaiga solo en los padres.
Oportunidad para fortalecer lazos y crecer juntos
Aunque la convivencia intergeneracional puede resultar compleja, también ofrece la posibilidad de construir una relación más madura y cercana entre padres e hijos. La terapeuta explica que compartir el día a día permite reparar conversaciones pendientes, entender mejor las necesidades del otro y crear recuerdos valiosos, especialmente si hay nietos en casa. Los abuelos pueden disfrutar de una etapa más activa junto a sus nietos, siempre que se cuiden los límites y no se sobrecarguen de tareas.
La clave para que la situación funcione está en validar las emociones y acompañar sin invadir. Escuchar, reconocer el malestar y facilitar el acceso a ayuda profesional cuando sea necesario contribuye a que todos se sientan apoyados. De este modo, Xiomara Reina concluye con que el hogar familiar recupera su función de refugio, un lugar seguro al que acudir cuando la vida se complica y donde, a pesar de las dificultades, el sentido de familia se refuerza y se adapta a los nuevos tiempos.