En la actualidad, nos encontramos con un serio problema con respecto a la biodiversidad: según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), más de 48.600 especies se encuentran bajo la amenaza de la extinción.
Los principales peligros a los que se enfrenta la flora y la fauna son ampliamente conocidos, pese a que a veces no se pongan en práctica medidas para evitar su incidencia. La degradación de sus hábitats, el cambio climático, la presión cinegética, la contaminación o la introducción de especies invasoras a través del comercio o el turismo son algunas de estas amenazas.
Sin embargo, existe otro conflicto también bastante significativo y al que no se suele prestar demasiada atención, principalmente debido a la incomodidad que genera: los problemas que los animales domésticos pueden causar en la fauna silvestre. A través de un estudio publicado recientemente en la revista Biological Conservation, el profesor Miguel Ángel Gómez-Serrano, del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva, de la Universidad de Valencia, incide en esta cuestión, centrándose especialmente en la Unión Europea.
“No existen normativas europeas que aborden los problemas derivados de la interacción entre animales de compañía y especies silvestres. Y este es el eje de la controversia: ¿qué ocurre cuando las mascotas causan daños a la fauna?“, se pregunta el experto, que ha observado una serie de vacíos regulatorios cuando se producen estos supuestos. Así, entran en conflicto la protección del bienestar animal, tradicionalmente centrada en animales domésticos, y la conservación de la fauna silvestre.
En los últimos años, la preocupación por la protección de las mascotas ha experimentado un crecimiento exponencial, algo que demuestra que nos encaminamos hacia una sociedad más concienciada en la lucha contra el sufrimiento animal. Sin embargo, Gómez-Serrano señala que esto, en ocasiones, supone un perjuicio para la fauna silvestre.
No se niega que estas mascotas necesiten protección, sino que se incide en el hecho de que los perros, gatos y pájaros domésticos también pueden suponer una amenaza para la biodiversidad, provocando un grave impacto negativo a nivel ecológico; un suceso para el que no existen mecanismos efectivos de control.
En su estudio, el autor ejemplifica estos daños con tres escenarios diferenciados que cada vez ganan más presencia: las mascotas feralizadas, que pueden convertirse en especies invasoras; la depredación por el acceso libre al exterior de las mascotas, y el crecimiento de espacios ‘pet-friendly’ en la naturaleza.
Mascotas asilvestradas que se convierten en invasoras
Estamos acostumbrados a escuchar las graves consecuencias que las especies invasoras provocan sobre los ecosistemas en los que se introducen: es el caso, por ejemplo, del cangrejo rojo americano. Sin embargo, las mascotas que muchas personas tienen frecuentemente en sus casas también pueden convertirse en parte de este mismo problema.
Los animales abandonados o escapados, según explica Gómez-Serrano, pueden formar poblaciones autosuficientes en la naturaleza que repercuten en la supervivencia de las especies autóctonas. Es el caso de los gatos, que, según se detalla en el estudio, son los responsables de aproximadamente el 25 % de las extinciones recientes de reptiles, aves y mamíferos a nivel global, puesto que son depredadores invasores.
“Aunque los gatos asilvestrados cumplen todos los criterios para ser clasificados como especie invasora, las autoridades han evitado en gran medida reconocer esta designación. Si bien la UE posee el marco legal para abordar este problema, resulta evidente que actualmente falta el compromiso político para incluir a los gatos en la lista de especies invasoras”.
Además, algunos pájaros frecuentemente considerados animales de compañía también generan este problema, como la cotorra de Kramer o la cotorra argentina, que han establecido colonias en muchas ciudades europeas y compiten con las especies nativas por los lugares de nidificación y los recursos. El profesor de la Universidad de Valencia destaca que, pese a que existe cierto consenso en considerarlas invasoras, su gestión representa un complejo conflicto socioambiental.
La depredación y los gatos callejeros
Muchos perros cuentan en los hogares con acceso libre al exterior, al igual que los gatos domésticos deambulatorios. Estos animales interactúan con la fauna silvestre a través de la depredación, especialmente de aves y pequeños vertebrados, y la transmisión de enfermedades, con una fuerte dificultad para controlar o sancionar su impacto.
Gómez-Serrano destaca que, en el caso de los gatos callejeros, se suelen emplear programas como el TNR (atrapar-esterilizar-soltar, por sus siglas en inglés), que destaca que “ha demostrado ser caro e ineficiente para reducir la población”. Aquí es precisamente donde se ubica uno de los mayores conflictos en este sentido: mientras que parte de la comunidad científica centrada en la conservación de la biodiversidad sugieren que “los gatos sin dueño pueden controlarse eficazmente mediante la adopción intensiva y la eutanasia responsable cuando sea necesario”, el aumento de la sensibilidad con respecto al bienestar animal provoca una fuerte oposición ante este tipo de medidas, lo que supone un “detrimento de la vida silvestre”.
Espacios ‘pet-friendly’
Otro de los aspectos en los que el autor pone el foco es en las actividades recreativas con mascotas en la naturaleza. Por un lado, cada vez son más los espacios naturales catalogados como pet-friendly, en muchos casos en enclaves con hábitats sensibles que sufren fuertes perturbaciones. Gómez-Serrano señala que, incluso cuando no hay depredación directa, la simple presencia de un perro puede provocar que las aves abandonen sus nidos o reduzcan el tiempo de incubación.
Este es el caso, por ejemplo, de la playa de A Calzoa, ubicada en la desembocadura del río Lagares (Vigo, Galicia). En este enclave se forma la marisma de la Xunqueira, uno de los humedales más importantes del municipio, por lo que acoge cada año a más de un centenar de aves distintas. Sin embargo, la asociación ZOA, Ciudadanía y Biodiversidad denunciaba este verano que, desde que había sido designada como playa canina, la diversidad ornitológica se había visto seriamente afectada, así como su sistema dunar catalogado como Hábitat Natural de Interés Comunitario.
Por otro lado, a esto se suma el hecho de que en algunos enclaves en los que sí existen restricciones de acceso de estas mascotas, se producen frecuentes incumplimientos de las normas por la falta de control y vigilancia.
“A medida que disminuye la biodiversidad y aumenta la población de mascotas en los hogares europeos, el conflicto entre la conservación de la vida silvestre y el bienestar animal se intensifica”, señala Gómez-Serrano. “Es imprescindible un mayor compromiso de las autoridades europeas para fortalecer y hacer cumplir la legislación que proteja a los animales silvestres de sus inesperados compañeros domésticos”. Así, reclama la obligación de proteger la biodiversidad, especialmente en áreas y especies protegidas, y la necesidad de ampliar y reforzar las directivas ambientales, de establecer obligaciones claras para el control de mascotas ferales y deambulatorias y de integrar mecanismos de responsabilidad para dueños y autoridades.